Buganvillas de San Telmo

No sabéis lo liada que he estado. ¡Cómo se notan los recortes en la empresa! Hay que hacer de todo y en tiempo récord. Tanto, que tengo descuidado este blog más de lo que una quisiera, pero es que ya no doy más de sí. Bueno, ya está bien de quejarse, aquí estoy otra vez dispuesta a dejarme ver.

Para empezar, las buganvillas de San Telmo. Paso por allí todos los días camino del trabajo y la otra mañana no pude resistirme. Para mí, la primavera llega con las buganvillas, haga el tiempo que haga como es el caso este año, en que no se asoma el calor ni a la de tres. Sobre todo, porque las flores duran más que las de otros árboles y arbustos. Los paraísos ya se han desprendido de las hojitas blancas que simulan una nevada y le han tomado el relevo las jacarandas, ahora mismo teñidas de un malva precioso.

Pero las buganvillas de San Telmo son especiales. Su intensa tonalidad morada o granate resalta con el color almagra de la fachada del antiguo palacio de los Montpensier. Además, la poda sistemática del arbusto ha conseguido que las flores enmarquen los paños de reja por completo hasta dibujar un paisaje urbano que en otras ciudades sería motivo para dirigir a los turistas como si se tratara de un monumento más.

 

 

 

Cada uno cuenta la Feria según le va

Cada uno cuenta la Feria según le va. Qué gran verdad. Los periodistas se devanan los sesos con informes sobre el gasto medio y la ocupación hotelera estos días y en el Ayuntamiento se hacen balances moderadamente optimistas del funcionamiento de los servicios públicos.Pero, en el fondo, la Feria que importa es la que cada uno vive.Y la mía ha sido estupenda: no he faltado ni un día, es lo que tiene ser madre de dos niñas en edad de bailarlo todo.

Ahondando en la Feria, hay que felicitar a quien corresponda por haber acabado con el polverío en el real. Eso demuestra que cuando se trabaja con cabeza en solucionar un problema, es posible obtener el resultado esperado. Ojalá esa forma de trabajar se pudiera trasladar a tantas áreas municipales para tantos asuntos como hay que arreglar.

Pero a la Feria le sobran días. Uno por lo menos. Con tanta crisis y tan poco dinero que gastar, ¿por qué no se vuelve a la prueba del alumbrado el martes en vez del lunes por la noche como se hacía hasta que la fiesta se mudó al barrio de Los Remedios? De esa manera, al retrasar el inicio de la fiesta una jornada, se lograría estirar la animación el resto de días, en especial el fin de semana, en que el real da penita verlo.

Y otra cosa, por favor, eliminen para siempre el día festivo en medio de la semana. No hay cosa que más coraje me dé. Cuando una era chica -hace tanto que no sí ni cómo me acuerdo-, las niñas íbamos al cole hasta el miércoles por la mañana. Ahora, con el invento de hacer del miércoles día no lectivo e inhábil a todos los efectos, han conseguido que los colegios echen el cierre el martes al mediodía. Y eso, para los niños que van porque los hay a manojitos que ni siquiera acuden a clase. ¿Qué ejemplo les estamos dando?

 

 

 

 

 

Primavera

Primavera. El primer fin de semana de verdad bueno en ¿cuántas semanas? Cielo azul -ahora por la tarde del domingo ha empezado a estropearse un poquito- y árboles en floración, azahar en los naranjos, la vida renaciendo en cada esquina. Falta nos hacía después de tanta lluvia y tantos cielos grises.

Ya casi nos hemos acostumbrado a que la Semana Santa acabe pasada por agua y así ha sido un año más. Mojada y sucia, por Dios qué barbaridad cómo quedan los suelos tras pasar las cofradías. Da igual si se mira en los palcos, en las sillas de la carrera oficial o en cualquier esquina. La juventud -y los que no son tan jóvenes, la verdad sea dicha- ha importado la costumbre de los cines de tener un vaso gigante de refresco y una bolsa de lo que sea entre las manos mientras presencia el espectáculo. A ello contribuye no poco la moda de las sillitas para que el personal se siente descansado a ver lo que le echen.

Pero, en fin, todo eso quedó atrás. Para acreditarlo os pongo aquí esta foto de un árbol del amor junto a la tapia de la Cartuja por donde estuve el sábado dando un paseo. Ahora estamos en primavera de una vez, aunque todavía tiene que caldearse un poquito la temperatura ambiente para sentir que ha llegado el momento de volver a la vida. Como una con este blog, al que he tenido un tanto abandonado en los últimos tiempos. En mi descargo diré que no ha sido por voluntad propia, sino que el trabajo en la oficina nos comía las horas del día y cuando llega una molida a casa a descansar, le toca trabajar con las niñas… en fin que felicidades porque por fin los cielos son azules. A disfrutarlos.

 

Portaceli, Loyola, Roma

Ustedes me van a perdonar que hoy me aparte un poco de la temática habitual de este blog y me dedique a glosar la noticia de ayer en todo el mundo: la elección del nuevo Papa, un jesuita que habla español. Y ahí es donde saca una el orgullo de haber estudiado en Deusto, precisamente con los jesuitas: gente seria y cabal, cada uno de su padre y de su madre, pero siempre obsesionada con la excelencia en todo lo que hacen. Desde luego, no conozco a ninguno que deje las cosas a medio hacer: lo que se marcan, lo llevan a rajatabla, sea lo que sea.

No voy a comentar nada de teología ni de doctrina porque no soy quién, pero sí de gestos como los que vi anoche en el balcón de la basílica de San Pedro… y que me dejaron desarbolada, lo reconozco. Quizá porque habíamos hecho caso durante demasiado tiempo a tanta palabrería de los supuestos vaticanistas que nos habían imbuido de que la Iglesia necesitaba un consejero delegado con habilidades de comunicación, gestión de equipos, motivación personal y dominio de lenguas. Y lo que nos devolvieron los cardenales electores fue a un anciano que no responde a las aclamaciones y que se queda plantado como un pasmarote en su primer minuto de oro, reza un padrenuestro por su predecesor y luego le pide a la gente que rece por él, hincado de hinojos.

Desconozco si este hombre ha pasado por Japón, que es tierra de misión jesuítica desde San Francisco Javier y les ha influido muchísimo en la forma de entender la espiritualidad, pero esos comportamientos yo sólo se los he visto a los CEO japoneses cuando se plantan delante de los trabajadores en medio de la fábrica y los reverencian de modo ceremonioso como lo más valioso de la compañía. Pues eso fue lo que yo vi en ese Papa que imploraba a los fieles antes de bendecirlos.

Estoy muy contenta, como dice Burgos en su artículo de hoy, porque yo también soy antigua alumna de los jesuitas. Hay otro artículo en el ABC de hoy que también habla de los jesuitas y del Padre Arrupe, de Peter Hans Kolvenbach y de Adolfo Nicolás, el actual prepósito general de la Compañía. Es verdad lo que se dice: otros que no hubieran sido jesuitas, sometidos a las tensiones internas que han debido afrontar, habrían roto la orden porque entre ellos los hay muy avanzados y muy retrógrados, como dos almas de un mismo cuerpo que, pese a todo, se mantiene cohesionado por un sentido de la disciplina militar (está en su regla fundacional y lo llevan hasta el nombre) inculcado durante siglos.

Aquí en Sevilla, fueron los primeros en cederle la dirección del colegio a los laicos, fuera hombre o mujer, una vez que se decidieron a mantener abierto Portaceli, porque voces hubo -si algo le gusta a un jesuita es un debate abierto, una discusión bien fundada- en aquellos años convulsos a caballo entre los 70-80 que abogaron abiertamente por cerrar el colegio de la calle Eduardo Dato y centrarse en la parroquia de Torreblanca que llevan y que los de mi generación recordarán por aquel episodio nunca del todo aclarado del padre Briales.

Me alegro por ellos, por esa gente recia y curtida en las adversidades, pero con los pies en la tierra, que si de algo pecan es de soberbia intelectual. Me alegro por los jesuitas, que soportaron como un mal temporal aquella Congregación General 33 en que Juan Pablo II los puso firmes. Quién les iba a decir hace treinta años que uno de ellos, negro el hábito, se vestiría de blanco. Eso también habla maravillas de la capacidad de la Iglesia y sus integrantes para sobreponerse: lo que para nosotros resulta un contratiempo insalvable, para una organización con tanta historia detrás es apenas un inconveniente menor.

 

 

Atarazanas, volver a empezar

He tenido desatendido este blog un par de semanas en que he estado de cabeza con cursos de formación de la empresa tanto aquí como en Sevilla. Pero ya me he puesto al día después de excavar en la montaña de papeles que se me habían acumulado en el despacho y lo primero que me encuentro revisando periódicos atrasados y artículos sin leer es la polémica con las Atarazanas. Otra vez. Sevilla es como una inmensa noria donde los cangilones siempre vuelven al mismo sitio una y otra vez.

Lo que hace tres meses era una furibunda diatriba contra la caja de ahorros que abandonaba el monumento para trasladar el Caixaforum prometido a los alrededores del rascacielos de la isla de la Cartuja, se ha convertido ahora en un acuerdo al máximo nivel entre el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, y el de la Caixa, Isidro Fainé. Poderoso caballero es don dinero, si lo sabremos los que trabajamos en el mundo de la empresa.

Así que volvemos donde estábamos. El monumento sigue igual de abandonado o de cuidado, según como se quiera mirar; el Caixaforum sigue pendiente de que se acaben las obras en el rascacielos y su urbanización; y Sevilla sigue esperando. Solo veo dos perdedores natos en todo este proceso: el arquitecto, Guillermo Vázquez Consuegra, que muy seguramente se quedará sin ver su proyecto materializado, y el consejero de Cultura, Luciano Alonso, que un día arremetió con furia contra la entidad financiera y tres meses después se envaina la furia para saludar un acuerdo de mínimos por diez millones de euros.

Y los demás, como en la canción, a verlas venir. Lo dicho: volver a empezar.

 

La receta mágica contra el paro

La larga tradición de los arbitristas que durante el Siglo de Oro planteaban las más disparatadas opciones para cualquier problema parece actualizada estos días, cuando de un lado y de otro se escuchan soluciones mágicas para acabar con el paro en Sevilla. Puro arbitrismo, ésa es la verdad. Y modestamente, de esto sé algo.

La semana pasada, según he leído aquí porque yo estaba fuera, los chicos del PP en el Ayuntamiento de Sevilla prometieron reducir a la mitad el número de desempleados en la capital si se desbloqueaban algunos de los grandes asuntos pendientes que tiene la ciudad: o sea, si la Junta de Andalucía daba su brazo a torcer para permitir vender la antigua comisaría de la Gavidia, si consentía en que Ikea se instalara en los terrenos en frente del aeropuerto y si se dragaba el río. Así contaban, como el Gran Capitán, 46.000 nuevos empleos. Qué fácil.

Y este domingo, me asalta el alcalde de Alcalá de Guadaira con otra iluminación sobre el empleo en la provincia. Dice Antonio Gutiérrez Limones, a quien una no tiene el gusto de conocer, que formula otra receta mágica esta vez para acabar directamente con el desempleo en Sevilla. Nada de reducir la tasa, sino simple y llanamente lograr el pleno empleo, el mismo que nos tenían prometido para 2012 hasta que se torció la cosa.

Responde el alcalde en una entrevista con Diario de Sevilla: “Hay que mirar la economía desde un punto de vista local, no por sectores. Un ejemplo: si todas las empresas industriales que hay en el área metropolitana de Sevilla subcontrataran a empresas locales los productos y bienes auxiliares que necesitan se acabaría el desempleo en la provincia. Hay que fijar resortes en el mismo sistema productivo local que permitan generar riqueza y empleo. Con una bancarización del 80% en España hay que buscar otras formas de financiación, buscar alianzas empresariales para aliviar la tensión del no crédito”.

Y a gusto se habrá quedado el hombre. Qué minerva. Claro, si todas las empresas compraran los productos de las empresas locales, pues se acabaría el paro. Y cómo es que a los empresarios sevillanos no se les habrá ocurrido antes recurrir a proveedores locales con los consiguientes ahorros de transporte y tiempo. ¿Será tal vez porque el tejido industrial es tan reducido que no se encuentra aquí lo que las compañías demandan?, ¿será porque el precio o la calidad o ambas cosas no está en consonancia con lo que exigen las empresas grandes?, ¿será porque hay unas enormes carencias de personal debidamente cualificado?

La última noticia a la que voy a referirme hoy es de Cinco Días. Leo el titular: “Google crea un nuevo Silicon Valley en Israel”. ¿Creen que es gratuito que el gigante tecnológico haya elegido Tel Aviv para poner a pensar a sus creativos? ¿Creen que hay algún alcalde de alguna ciudad israelí diciéndole a sus empresas con quién tienen que contratar? ¿Creen que algún portavoz municipal en cualquier ciudad israelí se va a atrever a pronosticar una bajada del paro a la mitad si se hace lo que su partido defiende?

Por eso en Israel hay más de 250 centros activos de I+D de firmas como Facebook, Microsoft, IBM, Apple o Samsung y aquí peleamos para que Roca, Cargill o Danone no cierren sus plantas de producción y echen más gente al paro.

 

¡Qué bien aparcan algunos!

Me llega a través de un amigo la foto de otro amigo fechada el jueves pasado. Poco más hay que decir: dos automóviles aparcados en la Catedral de Sevilla, concretamente en la puerta de San Cristóbal, que es la que mira al sur, también llamada la puerta del Reloj, por el que hay situado justo encima del monumento funerario a Cristóbal Colón. Donde está situada la réplica del Giraldillo, que es esa enorme base circular que aparece en primer plano y que casi oculta uno de los dos vehículos que han tenido la inmensa suerte de encontrar estacionamiento.

Se supone que quienes han dejado ahí sus automóviles tienen algún tipo de permiso o autorización de los guardianes del templo catedralicio, tomando la expresión en el sentido literal del término (los vigilantes de la compañía de seguridad que cuidan de las puertas de entrada a la Catedral) y metafórico (los señores canónigos que forman el cabildo encargado de la gestión patrimonial del primer templo de la archidiócesis).O sea, que el aparcamiento -para el que no rige zona azul ninguna- es consentido.

Dice mi amigo, que es tela de guasón y trabaja en la Avenida de la Constitución a tiro de piedra de la puerta de San Cristóbal, que él pagaba gustoso por aparcar ahí si le garantizan que va a tener reservado un sitio donde dejar su coche, que además habrá tenido que entrar por la avenida de la Constitución, teóricamente peatonal y cerrada al tráfico rodado, para llegar hasta ahí.

 

 

 

Náufragos del Vía Crucis de la Fe

El cortejo del vía crucis por las naves de la Catedral

Ya pasó el vía crucis, supuestamente del Año de la Fe. Pasó a medias, esa es la verdad, porque no hubo pasos en la calle a pesar de que algún hermano mayor se lo planteó muy seriamente y otro asomó su misterio a la puerta de Santa Marina para que el público congregado lo contemplara. Tampoco llovió. O llovió mucho menos de lo que estaba previsto y que tanto asustaba. Pero ni por esas quitaron las vallas de la avenida de la Constitución, ¿qué se creerían, que íbamos a asaltar la Catedral?.

A la hora de la verdad, media entrada. Esa es la realidad. Tanto que las puertas del primer templo de la archidiócesis se cerraron cuando dio comienzo el acto piadoso y volvieron a abrirse cuando se había rezado la tercera estación, a ver si el público llenaba los huecos. Pero los fieles estaban a lo suyo, claro, haciendo cola a las puertas de los templos para contemplar las imágenes dispuestas en sus pasos con las flores y la cera como si fuera Semana Santa.

No voy a entrar en disquisiciones sobre el Consejo de Cofradías, el papelón de venga reuniones todo el fin de semana para después dejar libertad a los cabildos de cada hermandad para decidir si iban o no iban a salir. O sea, que a la junta superior le dejaron el siempre ingrato papel de correveidile para hacer de correa de transmisión de lo que pudiera pensar en cada momento la autoridad eclesiástica.

Así que me voy a centrar en lo que vi en la Catedral, que era propiamente el ejercicio piadoso en sí. Y lo que vi no me gustó en absoluto. De manera que todo el recorrido estaba vallado para la procesión con la cruz de guía del Silencio y el Lignum Crucis de la Vera-Cruz. Se supone que este objeto devocional, del que ni la misma Iglesia declara su incontrovertible veracidad como astilla de la cruz donde murió Jesucristo, era el centro del vía crucis, pero eso es suponer demasiado.

Si hubiera sido así, monseñor Asenjo lo hubiera portado revestido de capa pluvial en vez de figurar detrás vestido de sotana y acompañado de su corte episcopal. Y detrás de Asenjo, la junta superior del Consejo de Cofradías, otro grupito de curas de paisano -o sea, con alzacuellos-, el pregonero de este año que no se sabe a ciencia cierta qué pintaba allí en la rebullasca y nadie más. Por no estar, no estaba ni el alcalde, que no se pierde una. Las naves laterales por las que discurría la comitiva se quedaban despobladas y vacías en cuanto pasaba el reducido cortejo.

¿Participación de los fieles? Cero patatero. No había fieles siguiendo el rezo del ejercicio religioso, sino que éstos quedaban al otro lado de las vallas como espectadores de un espectáculo del que quedaban excluidos. Qué manía con las vallas y los aforos, por Dios.

Es más, ni las propias representaciones de las hermandades que habían prestado sus titulares para el frustrado cortejo en la Avenida de la Constitución seguían el rezo. Allí estaban plantadas delante de un cartelón con el número de estación y la imagen de Cristo   representativa hasta que la comitiva del señor arzobispo llegaba hasta ellos para escuchar el pasaje evangélico y su comentario, rezar el padrenuestro, el avemaría y el gloria de rigor y salir pitando con su cruz en sentido inverso al de la marcha del cortejo una vez que el prelado se hubiera acercado a saludar al hermano mayor con su correspondiente ración de cabezazos y besos al anillo pastoral.

Aquello era frío y desangelado. Ni la ilustración musical de la escolanía lograba caldear el ambiente. En la calle, con los altavoces emitiendo el rezo del vía crucis sin que nadie le echara cuenta, la gente seguía a lo suyo, azacaneada de una iglesia a otra para ver los pasos. La tradición litúrgica de la sede hispalense, el marco incomparable del tercer templo de la Cristiandad y la devoción popular a las imágenes más queridas de nuestra Semana Santa no se merecía ese ejercicio sin solemnidad alguna ni realce debido. Triste colofón a un fin de semana en el que Sevilla entera ha naufragado. Y eso que sólo cayeron un par de gotas. Ay, Dios.

Carteles de Semana Santa

Ya estamos en Cuaresma. Y, como cada Cuaresma, ya están aquí los carteles. Empezando por el de Nuria Barrera, qué encanto de chica: me la presentaron una vez en un acto en la Fundación Cruzcampo y da gusto oírla, con la pasión que habla de sus pinceles y de sus alumnas, porque da clases de pintura también. El cartel es muy suyo, de eso no cabe duda, aunque me temo que no ha llegado a romper como se esperaba. Eso sí, los seguidores de Nuria se cuentan por decenas, qué tirón tiene.

Si Sevilla llegó a competir con Amberes en el Siglo de Oro en el negocio de la impresión por el número de libros impresos aquí que se enviaban a América, ahora parece que el negocio de la cuatricromía lo mantienen los carteles de Semana Santa. Aquí todo el mundo saca un cartel, como todo el mundo saca una cofradía o como todo el mundo saca una cabalgata de Reyes Magos.Otro día hablamos de los vía crucis y los rosarios de la aurora que también están proliferando.

Ahora toca cartel. Y están todas las tertulias de Sevilla dándole vueltas a la foto que elegirán para confeccionar su cartel. Las cajas de ahorros también competían antes con los carteles, bien subvencionando la impresión de algunos más o menos honorables o dando ellas mismas a la imprenta su propia cartelería. Eso era antes, porque como ya no nos quedan cajas de ahorros, tampoco hay carteles. Otro tanto con las asociaciones de comerciantes y los distritos municipales, que encargaban unos carteles de pena con la foto de un aficionado que rondaba todos los días por allí y daba la tabarra en la junta municipal hasta que le hacían caso y le pagaban con la moneda de la vanidad, que es la más barata de todas.

Así que el relevo parecen haberlo tomado las hermandades, cada una a su aire, que también se están apuntando a la moda del cartel, sobre todo para darse el lujazo de sacar siempre a sus propios titulares o sus propios pasos y no llevarse el chasco de tener que pasar por una votación de resultado incierto. La única manera de asegurarse de que la imagen de la hermandad va a aparecer en un cartel de Semana Santa… es encargando tu cartel de Semana Santa. Los mexicanos lo dicen de una forma más apropiada: «Quien paga el mariachi, elige la canción».

Y en ésas estamos. Entre tanta quincalla, de vez en cuando se ven joyitas como la de Carmen Laffón para la hermandad de la Macarena. La imagen de la devoción más universal de las dolorosas sevillanas emergiendo de un revuelo de colores pasteles con una pincelada muy suelta.Qué hermosura, lo tienen aquí al lado por si no lo han visto todavía. Claro que para eso hay ser Carmen Laffón y haber vivido en Sevilla.

 

 

 

Cuidado, el museo se cae

Pasé la tarde del domingo en el parque de María Luisa con las niñas. Qué de gente. Se ve que el personal ha vuelto a los paseos del fin de semana que son cardiosaludables y, lo que es más importante, gratis, que no están los bolsillos para muchos trotes. ¿Por cuánto le sale una tarde de cine con palomitas a una familia con tres o cuatro miembros? En fin, que el día estaba precioso, lucía un sol magnífico y mis hijas se lo pasan pipa con los patines dando vueltas a la plaza de América.

Yo aprovecho para fijarme mucho en la gente y en los monumentos. Por ejemplo, hace algunos años casi no se veían familias españolas en el parque, sino sólo extranjeros que aprovechaban el día libre en sus extenuantes trabajos, muchos de ellos en la economía sumergida, que eso sí que lo sé a ciencia cierta. Ahora predominan familias nacionales y los inmigrantes son una minoría entre tanto público como está alrededor de las palomas, las barcas de la Plaza de España o el cochecito Lerén tirado por el burrito en el que me montaba mi padre cuando era chica.

Desde luego, da gusto ver los arriates con unas flores blancas muy vistosas y muy llamativas. Hace tiempo que no estaba tan cuidado el parque, esa es la verdad. Pero hoy quería hablarles de este hallazgo del que no tenía constancia hasta el domingo pasado. Se trata de unas barreras de protección que le han puesto a la crestería de piedra arenisca del museo Arqueológico para que no se vengan abajo y causen una tragedia a cualquiera que esté paseando por debajo.No sólo eso, sino que las esculturas también de piedra de las esquinas del edificio están también atirantadas para que no se desplomen sobre nadie.

El museo está pendiente de una rehabilitación integral según el proyecto del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra que se hizo con el primer premio del concurso de ideas convocado a tal efecto, pero el dinero no llega y ni el Ministerio ni la Junta de Andalucía terminan de dar el paso adelante de comenzar las obras, así que lo más perentorio que se les ha ocurrido a los responsables del inmueble ha sido vallar la crestería en evitación de males mayores y a la espera de tiempos mejores.