Salió a dar una vuelta… y se paseó por todo el mundo. Durante dos años, el joven empresario Fabián C. Barrio (Santiago de Compostela, 1973), licenciado en Psicología Social, cambió su vida «llena de privilegios» por la aventura. 63 países, 120.000 kilómetros y 749 días en ruta e infinidad de experiencias, anécdotas y vivencias han quedado plasmadas en su libro «Salí a dar una vuelta» de la editorial 2TMoto. 500 páginas que dan la vuelta al mundo sobre dos ruedas. Ha comido rata, serpiente, gusano, y otras «delicatessen». Y aún así, no descarta emprender una nueva huida. De momento, hoy martes 22 de enero este gallego desembarca en Sevilla para presentar su publicación en el Club Náutico, en el Paseo de los Remeros, a las 20.30 horas.

-¿Cómo surge el dar la vuelta al mundo en dos años?

-Creo que muchas personas se sentirán identificadas con el occidental medio que siente que su vida está siendo vivida por otra persona que tiene otros gustos, otras necesidades, otros deseos, otros intereses y otras responsabilidades. Más o menos yo me sentía así. Atrapado en una vida que me era ajena. Por fortuna, los occidentales disponemos de una herramienta valiosísima que ni siquiera valoramos: la posibilidad de cambiar nuestro destino. Así que me enfrenté a una especie de cruzada personal por cambiar mi destino, e intentar ser plenamente feliz. Confesar que he vivido, como diría Neruda. Y aquí estoy, dos años después.

-Cuando tomó la decisión, ¿a qué se dedicaba y dónde vivía?

-En Madrid. Tenía una empresa de internet, y la mantuve rentable durante cerca de once años. Pero de esos once años, aproximadamente siete me repetí «tienes que cambiar tu vida, tienes que hacer otra cosa». Y así fue.

-¿Qué le dijeron amigos y familiares?

-Mi familia lo tomó con alarma al principio y con resignación y preocupación después. Sin embargo, mis amigos lo vieron como una excentricidad más. No deja de sorprenderme que todos ellos estaban convencidos de que completaría la vuelta sin el más mínimo problema, estaban ellos más seguros que yo de que llevaría el barco a buen puerto.

-¿Volvería a repetir la experiencia?

-Por supuesto. Pero necesitas sedimentar las sensaciones. De otro modo, te pierdes muchas cosas que el mundo te ofrece, porque tu máquina de procesar esas sensaciones está saturada. Necesitas tomarte un respiro para ser consciente de que lo que estás viviendo es un extraordinario sueño que no todos pueden permitirse.

-¿Todo el viaje, visitanFabián en Tanzaniado más de 60 países, lo realizó en moto?

-Sí, en la misma moto. Escogí una moto japonesa de cilindrada media y bastante antigua, porque pensé que habría piezas en cualquier parte del mundo. Además, al huir de la electrónica, me aseguré de que incluso un técnico de cortacéspedes podría repararla, como así ha sido de hecho. La moto tuvo un comportamiento bastante agónico a lo largo de todo el viaje, pero al final resistió, aunque a doscientos kilómetros de Madrid, con cerca de setenta motos detrás de mí celebrando mi llegada, tuvo que ser resucitada limpiándole las bujías y vaciándole el carburador. Se ahogó en la cordillera del Karakorum y se le quemó el embrague, se quedó sin aire en la cima de los Andes… qué sé yo. Pero, ¿sabes qué? No cambiaría la sensación de viajar en ella por nada del mundo: cuando vas en moto, el sol te abrasa, el viento te tumba, el frío te congela, la lluvia te empapa. Eres mucho más consciente de los elementos, de cómo van cambiando a tu alrededor. La gente se comunica contigo de inmediato, causas curiosidad, intriga, y una peculiar sensación de solidaridad.  Además, es un instrumento de libertad y de sensaciones simplemente indescriptibles.

-¿Qué ha sido lo más divertido, la anécdota más llamativa?

-Ha habido decenas. Ten en cuenta que un viaje así se hace a muchos niveles: las comidas, los paisajes, las personas…  e incluso te permite viajar al interior de ti mismo, y analizarte mejor, tus miedos, tus deseos, tus inquietudes, tus límites. ¿Gente?… muchísima. Recuerdo a Rustam, un pastor de caballos kazajo con el que estuve hablando dos horas, él en su idioma y yo en el mío, y nos hicimos tan amigos. O Tahir, un pakistaní enamorado de las motos que me ayudó a encontrar un mecánico para mi moto en Islamabad, un hombre profundamente apasionado por las dos ruedas que, al vivir en Pakistán, jamás podrá conocer lo que es viajar por el mundo. O unos pastores turcos que me acogieron un buen día que mi moto se quedó varada en el barro en medio de ninguna parte.

-¿Y lo más duro?

-Atravesar África. Fueron seis meses muy difíciles, en los que cada día suponía una bofetada, una herida en el alma.

-¿Para qué le ha servido esta experiencia?

-Indudablemente, he cambiado mucho. Antes era un pijo urbanita, ahora sobrevivo con una mochililla y soy infinitamente más feliz que cuando necesitaba los grandes y caros placeres occidentales. Ese tan manido dicho de que no es feliz quien más tiene sino quien menos necesita, te puedo prometer que es cierto. Ahora rechazo los lujos. Y siento un inmenso amor por la gente, por sus peculiaridades, por sus inquietudes, y sobre todo por sus diferencias a menudo irreconciliables. He desarrollado un importante sentido de la supervivencia y de la orientación, soy mucho más abierto y sociable… y he aprendido que no hay mayor sacrilegio personal que desperdiciar ese frágil y limitadísimo elemento que sirve de pegamento a nuestras vidas: el tiempo.

-¿Cómo es posible estar dos años dando la vuelta al mundo, económicamente hablando?

-Muy sencillo: Lleva una vida monacal y ascética durante diez años, y gástate tus ahorros en ser feliz. Ni más ni menos.

-¿Ha estado siempre solo?

-Casi nunca he estado solo. La gente del camino se aproximaba siempre para saber quién era, a dónde iba, o si necesitaba algo. De hecho, la bondad y generosidad de la gente es lo que más me ha llamado la atención de este viaje. La soledad jamás ha sido una mala compañía para mí.

-¿Qué ha echado de menos?

-El sofá de casa. El tener un día predecible y aburrido. El café bien hecho. El jamón, y la familia.

-¿En qué país, de los que ha visitado, se quedaría a vivir?

-Yo soy muy de Asia, y en concreto Tailandia me parece un país simplemente asombroso. La gente, las costumbres, la cultura, la música, la gastronomía y los paisajes hacen que la experiencia sea redonda. Tiene un punto un poco alocado, y un punto ordenado y disciplinado también, en su justo equilibrio. Si tuviera que centrarme en América Latina, optaría por Perú, que por cierto disfruta de una de las mejores gastronomías del mundo. De África, destaco Zanzibar, una isla en el Índico que es la definición de paraíso en tierra.

-¿Cómo es la vuelta a la rutina?

-Regresé a principios de este verano, y la verdad es que no he tenido rutina desde entonces. Me encerré a preparar el libro, y a continuación he emprendido una gira por casi cuarenta ciudades, una de las cuales es Sevilla, así que realmente no he tenido tiempo para aburrirme. Es cierto que viajar engancha, es un bicho que te muerde y no te suelta. Cuando mi mente esté de nuevo despejada, sin duda las sirenas del mundo volverán a cantar y volveré a salir a dar otra vuelta.

-¿Cómo surge escribir un libro? ¿Caben todas las experiencias en esas páginas?

-Mi único trabajo ahora mismo es ser escritor. Realmente, siempre me ha gustado escribir. Siempre ha sido una vocación, de hecho recuerdo como, cuando apenas abultaba un palmo del suelo, perseguí por la calle a Gonzalo Torrente Ballester para pedirle consejo. «Rompe mucho», me contestó cuando le dije que quería ser escritor. Y lo he hecho, el manuscrito original del libro tenía casi mil páginas, que se han visto reducidas a quinientas. Realmente, el libro nació por aclamación popular: los seguidores de mi web insistieron tanto, que al final «Salí a dar una vuelta» tuvo que ver la luz.

-¿Qué encontraremos en el libro?

-En el libro se pueden encontrar temas candentes, como la situación de la mujer en el mundo, la crisis económica y los países emergentes, la violencia de género, los levantamientos de los países árabes, el conflicto israelí, la pobreza y el SIDA de África, la situación de los indígenas australianos. Pero también asuntos más lúdicos: comidas del mundo, costumbres excéntricas, personajes inolvidables, festividades exóticas. ¿Cómo es una cremación pública a orillas del Ganges? ¿Dónde se empieza a ver la miseria de África? ¿Qué lugares del mundo no pueden ser transitados por tierra? ¿Cómo se arregla un problema mecánico en medio de la nada? El libro narra la historia del tipo que se harta de todo y decide montar el chiringuito en la playa. Y descubre un mundo muy hermoso, caleidoscópico, extraño y acogedor.