Ángela Sanz Barrera es una joven de 26 años del barrio de Nervión. Farmacéutica de profesión y voluntaria de vocación. Alegre, extrovertida y sobre todo con una gran consciencia social. Por eso hace un tiempo decidió dejar su trabajo en una farmacia para viajar como voluntaria de Entreculturas a un país subdesarrollado.

Pregunta: ¿En qué sitio del mundo has estado de voluntaria?

Respuesta: He estado en Guatemala, es un lugar que tiene de todo, volcanes, selva, montañas, costa. Yo estaba en una zona de montaña donde había indígenas, ellos son la población más marginada allí por su analfabetismo.

P: ¿Qué fue lo que te animó a irte de voluntaria al extranjero?

R: No es una cosa que uno decida de repente. Yo ya había salido de casa, había estado de Erasmus en Francia y me llamaba la atención salir fuera. También había hecho voluntariado aquí y me llamaba mucho la atención. A partir de un curso que hice, me di cuenta que podemos hacer algo, que la pobreza que tienen los países subdesarrollados se debe a unas causas y que nosotros tenemos parte de culpa. Esto unido a que conocí a una pareja en Entreculturas que me contó que cuando se casaron se fueron dos años de voluntariado y cuando volvieron se fueron a vivir a los Pajaritos como opción de vida, me conmovió tanto que decidí apuntarme al curso de preparación Volpa para irme fuera. Yo tenía mi familia, mi novio, trabajo en una farmacia, no estaba huyendo de nada sólo quería ayudar.

P: ¿Cómo te comunicabas con ellos?

R: Allí se habla quiché, pero la mayoría de los hombres saben hablar castellano, de todas formas la comunicación no verbal funciona de maravilla.

P: ¿Cuál era tu misión allí?

R: Yo iba a un programa materno infantil, por mi preparación universitaria daba con el perfil para ese trabajo. Íbamos con un coche llevando comida de Caritas por las comunidades, además hacíamos una formación en salud y un control de nutrición a todos los niños porque donde yo estaba había un índice de desnutrición altísimo. Y por otro lado, dos veces en semana estaba en una farmacia en la que los productos se vendían a precio de costo.

P: ¿Qué se siente cuando llegas allí?

R: La verdad que nos acogieron muy bien, había allí un equipo para recibirnos. Lo que más me preocupaba era lo que me iba a encontrar, pero realmente hasta que no empiezas a trabajar y a meterte en el proyecto no te das cuenta del nivel de pobreza que hay, porque allí no hay gente pidiendo por la calle, es una pobreza diferente, te enteras una vez que empiezas a convivir y ves que no pueden comprar fruta o que el marido ha estado con cuatro mujeres y tienen un montón de niños y no pueden mantenerlos.

P: ¿Qué era lo que más te llamaba la atención?

R: Es impresionante porque te dan todo lo que tienen, cuando visitábamos las comunidades nos preparaban la comida, de lo poco que tenían, para que la compartiésemos con ellos.

P: ¿Cómo fue la vuelta?

R: Si soy sincera hace un año que volví y todavía estoy en la vuelta. Es muy dura porque todo es tan diferente a lo que tenemos aquí. Cuando llegué todo era nuevo para mí, era como redescubrir tu vida, como si acabaras de nacer y estuviera analizándolo todo. Sobre todo pensé soy súper rica y vivo en una mansión.