«Nací en un corral, llamado de «Los Sargueros», un 18 de Julio de 1949, cuando abundantes eran la hambre y la tristeza». Emilio Jiménez Díaz es un trianero de pura cepa, de los que llevan a Triana tatuada en el alma y por la que se deshace en incontables líneas a través de  artículos y conferencias. Escritor, periodista y poeta, especialista en temas flamencos, siempre ha escrito y vivido por y para el barrio. Desde hace casi dos décadas, por motivos profesionales, unos 140 kilómetros le separan -sólo físicamente- de su tierra natal. Córdoba lo acoge desde entonces pero a Triana regresa con frecuencia, a visitar la Señá Santa Ana, a respirar el sabor «a pueblo». Este año 2013, justo veinte años después de ser un «Trianero del año», vivirá la fiesta grande de Triana como «Trianero de honor».

-¿Qué significa este reconocimiento?

-Lo he recibido con mucha alegría e ilusión. Ya fui «Trianero del año» en 1993, por designación de Alberto Jiménez Becerril, y después de tantos años no me lo esperaba.

-¿Llega tarde o en el momento justo?

-Llega tarde, no por mi reconocimiento, ni por los miles de artículos, ni por las páginas del blog, ni por las conferencias que doy en nombre de Triana. Llega tarde porque para mí hubiera sido una ilusión grande que me lo hubieran dado antes de que hubiera fallecido mi mujer y que ella hubiera estado conmigo al recibir este garlardón, al que ya queda poca gente por dárselo. No se han acordado de mí antes, y no creo que tenga nada que ver con que resida en Córdoba, pero lo asumo con cierta resignación. De hecho, muchas personas me han comentado que pensaban que yo ya había recibido este reconocimiento.

-Usted ya ha pasado por estos galardones, y además fue el primer trianero pregonero de la Velá de Santa Ana…

-Sí, el primero lo dio José Luis Ortiz, y el siguiente lo di yo en el año 1980. Fue un pregón que quedará para la historia, ni mejor ni peor, pero se dijeron verdades como puños. Aquello resaltaba el valor de los hombres de Triana, que de cierta forma nostalgiaban esa Triana que habían vivido.

-Reside en Córdoba desde hace casi veinte años. ¿Cómo se vive Triana en la distancia?

-Sí, me vine a finales de 1995. Pero no he perdido nunca el contacto con Triana, he hecho muchas cosas por Triana. Igual que en Córdoba, donde el pregón más importante es el de San Rafael, y el ayuntamiento de Córdoba me designó como pregonero, que eso es difícil. Y Triana iba en todos los renglones. Hago visitas particulares, me subo al tren y me voy solo con mi cámara, no quiero ni ver a nadie, sólo a disfrutar Triana y a vivir Triana. La fiesta que más me gusta es el Corpus Chico, nunca me lo pierdo, ahí Triana sabe a pueblo. Es pueblo, es la Triana que a mí me gusta.

-Cuando vuelve a Triana, ¿qué sitios frecuenta, qué le gusta hacer en el barrio?

-Siempre cojo un taxi al llegar y voy directamente a la plaza Virgen de los Reyes. Veo los sillares de la Giralda, por ver si no me los han cambiado por plástico o acero, y me voy a ver la Virgen de los Reyes. Después desde allí andando a Triana, y la primera visita obligada a Señá Santa Ana. Siempre. Nací a 30 metros, allí se casaron mis padres, me casé yo, luego mis hijos, se bautizaron mis nietos, es preceptivo que tenga que ir a la iglesia de Santa Ana. Después, andurrear por el barrio, me encanta la calle Pureza, donde víví, Pelay Correa, Rodrigo de Triana, San Jacinto. Y al Cachorro cuando tengo tiempo.

-¿Qué le parece la Velá en los últimos años?

-Debería haber más actividades culturales, parece mentira que tenga las mismas o menos que en los años 50 o 60. Las veo flojas, no hay una exposición sobre el barrio que sea interesante, o recopilación de grandes cuadros de Triana, que muchos se pueden ver el museo Thyssen de Málaga, representaciones teatrales, zarzuelas con el nombre de Triana, mucho querer hacer pero sin mucha profundidad. Sin dar a conocer al visitante qué es Triana. ¿Qué le enseñamos al visitante? Apenas nada. Son tres días lúdicos, la gente va a divertirse y la juventud a pasarlo bien. La cucaña es lo que más me gusta, me siento en el malecón a las 18.00 horas y con una cerveza bien fría veo a los chavales intentando coger el pañuelo, aguanto bien el calor. Hay que ir, hay que verlo. Antes se denominaba la Velá del Carmen y de Santa Ana, y Santiago se añadió después pero no sé qué pinta en el barrio. No hay nombre de él por ningún templo. Creo que por la cercanía de la fecha de las dos conmemoraciones litúrgicas.

-¿Qué recuerdo tiene de la Velá en su infancia?

-Tengo muchos. Crecí entre la calle Pureza y Betis. Nos iluminaba a los niños ver levantarse esos mastiletes con banderas, las casetas, las calesitas, en el terreno terrizo de la futura plaza de cuba. Para nosotros iban a ser unos días lúdicos, nos iban a invitar nuestros padres a una gasesosa, comíamos barbos en adobo, por la noche los cantes en el altozano, el algodón dulce, las avellanas verdes, cosas que durante el año los niños no teníamos ocasión de conseguir. Y estar con nuestros padres en esos días de asueto. A mi madre la recuerdo con un vestido blanco de piqué, con un estampado, y su moña de jazmines en el pelo como casi todas las trianeras. Ellas mismas recogían los jazmines del patio.

-¿Cómo va a vivir la fiesta este año tan especial?

-Estoy esperando a ver la presentación oficial de la Velá, el programa, e irme para allá el día 21 y disfrutar con mis hijos y nietos, y con mis amigos.