Puede que, a simple vista, este alcalareño pase inadvertido, pero acapara todas las miradas cuando añade la frase «el hombre que salvó al Cachorro». Rafael Blanco Guillén (Alcalá de Guadaíra, 1944) entraña una de las historias más emocionantes del arrabal. El 26 de febrero de 1973 marcó un antes y un después en su vida, y prueba de ello es la cicatriz en su rodilla izquierda. Su juventud y valentía hicieron que no dudara un instante en sofocar el incendio que prendía al Cachorro. Una tragedia que redujo a cenizas a la Virgen, pero gracias a la pronta actuación de Rafael, mantuvo viva la imagen del Cachorro. Un reconocimiento que este año le otorga Triana nombrándolo «Trianero adoptivo» en la Velá de Santa Ana 2013 por aquella inolvidable labor que perdurará en la historia del arrabal.

-¿Cómo ha recibido este reconocimiento?

-Con mucha satisfacción al ver que Triana se ha acordado de mí, hasta que yo no vea lo que me van a hacer ni me lo creo. Ese día estaré rodeado de familiares y amigos. Toda la junta de mi hermandad -Nuestro Padre de Jesús Cautivo y Nuestra Señora de la Esperanza, de Alcalá- irán al completo. Estaré muy acompañado en una noche muy especial. Estoy muy orgulloso de que Triana se haya acordado de mí,  es un reconocimiento a una labor que yo hice.

-¿Qué signifca Triana para usted?

-Mucho, me he llevado 18 años trabajando en un polvero enfrente de la capilla del Cachorro. Y para mí significó mucho, y creo que es un mérito, que el Cachorro sale gracias a que lo pude salvar del incendio. Ocurrió el 26 de febrero de 1973 a las 15.00 horas, no se me olvida. Me acuerdo como si fuera ayer, lo tengo grabado en mi memoria. Una mujer llamada Carmen salió de enfrente gritando que estaba ardiendo el Cachorro y que había que llamar a los bomberos. Así que no me lo pensé dos veces y escalé para llegar al balcón, me agarré a la cornisa, y pude gatear hasta una ventana, que estaba cerrada pero sin mirar le pegué una patada a los cristales y los partí. Por ello tengo una herida en la rodilla izquierda. Yo no había entrado nunca en la capilla, a pesar de haber estado trabajando enfrente, porque no quería molestar. Como no conocía aquello, me pegué a la pared, y había una escalera que ya no existe. Yo tenía entonces 27 años y la fuerza de un toro. Bajé con la suerte de que me encontré con la puerta chica, y abrí para que entrara más gente, abrimos la puerta grande y nos fuimos para el altar, donde estaba comenzando a arder el Cristo. Estaba preparado para el quinario, en un pedestal, con su cruz, y de ahí no se podía mover porque pesaba mucho, así que le apagamos el fuego. Tenía un talón ardiendo, y cogí un jarrón que había con flores, le quité las flores y tenía agua, y se la eché en el pie. Pero la Virgen se quemó, quedó reducida a cenizas.

-Y desde entonces fue un héroe…¿qué le dijeron?

-Vinieron a hacerme un reportaje y para ello querían que me subiera por el mismo sitio, para tenerlo de recuerdo. Pero yo les dije que no me había caído antes, y no quería caerme ahora, porque lo que hice fue sin pensarlo. Si lo pienso dos veces no subo. Dicen que fue un cortocircuito, pero no sé nada más. Si se hubiera esperado a la llegada de los bomberos, el Cristo hubiese ardido, y es una joya, un monumento nacional en Sevilla. Cuando salí de la iglesia, tuve que ir esa tarde a la comandancia de la Policía Nacional que había en Triana, y yo preguntaba: ¿he hecho algo mal, por qué vengo hasta aquí? Y me dijeron que también las personas como yo iban, que en ese día había cometido una heroicidad. Y los vecinos me decía que gracias a mí seguían teniendo al Cachorro, me dolía la boca de decir gracias en Triana. La semana pasada estuve yo por la calle Castilla, por donde trabajaba, y allí había un hombre con un taller de tornero, y daba la casualidad que estaba sentado en la puerta de su taller. Y cuando le dije que era Rafael Blanco, el que salvó al Cachorro, se abrazó a mí. Me recuerdan con mucho cariño.

-¿Recibió algún reconocimiento por ello?

-Me hicieron hermano honorario de la hermandad de El Cachorro, y como entonces mi mujer estaba embarazada, me regalaron la canastilla, la cuna y un televisión en blanco y negro, todavía me acuerdo. Y también me han hecho un homenaje regalándome una reliquia del Cachorro, que tendrá 40 centímetros de altura, y lo guardo en casa con mucho esmero. Ese regalo no lo tiene cualquiera.

-Y este año especial, por ese galardón, ¿cómo va a vivir la Velá?

-He estado dos veces, pero este año nada más que por ser hijo adoptivo debo ir a la Velá. Me reencontraré con gente que no veo desde hace tiempo, con alguien de la hermandad del Cahorro, aunque ya ni los conozco. Pero siempre intento ver el Cachorro, voy con mi mujer y vemos la Semana Santa, nos gusta, si no lo veo por el puente lo veo por otro sitio.

-¿Qué sitios le gusta de Triana?

-Me gusta mucho Triana, me llevé 18 años trabajando, y conozco toda Triana, la calle Castilla, Alfarería. Me gusta visitar la calle Castilla entera de punta a rabo, llegar hasta el Patrocinio, que está muy modificado, aquello había un hoyo pasando la iglesia, había un surtidor, unas casas que estaban en un hoyo, eso no existe. Era donde hacían los ladrillos, me gustaba verlo.