Baja las escaleras hacia el sótano para adentrarse en su estudio, su rincón. Junto con sus dos perros, que le regalan compañía, Lola coge el pincel y así pasa las horas. En su caballete va aflorando Sevilla, un retrato diferente, separado de los tópicos, procedente de unos trazos con nombre y apellido, Lola Blasco.

Su imaginación es su compañera más fiel, allá donde vaya la acompaña y es la que le guía en todas y cada una de sus pinceladas. Por eso, aunque las circunstancias la alejen de su estudio, Lola, siempre vuela en las alas de una libreta o una acuarela.

Su escuela no fue la Facultad de Bellas Artes, su pincel ha sido guiado siempre por la intuición de su mirada. Un don con el que nació. Aún su madre recuerda aquella niña que siempre portaba un cuaderno para pintar cualquier objeto, paisaje o escena que se le antepusiera.

Cautivada por los trazos de Joaquín Sorolla y Antonio López, Blasco, que trabajó durante muchos años en una sucursal bancaria, cambió el mundanal trasiego del vil metal por la magia de los pinceles.

Su casa es su refugio pero también hace escapadas semanales a un estudio que comparte con unas amigas que, como ella, también aman el arte de la pintura. Lola declara que necesita consejos de sus amigas, «porque a veces tengo ideas que no sé cómo hacerlas brotar». Entre risas sostiene que estas reuniones son «como una terapia».

Sevillana por naturaleza, criada en el Porvenir y residente en Los Bermejales desde hace más de 30 años. Se define amante de su barrio, al que describe como un pueblo en el que todos se conocen. Y aunque a su barrio natal le tiene cariño y donde conserva muchas amistades, Lola afirma entre sonrisas que está enamorada de los Bermejales.

Los perros la alertan, ha terminado la sesión Lola vuelve a subir la escalera soñando con el momento de volver a bajarlas.