Entrar por su puerta y ser invadido por una energía especial. Colores por todos lados, dibujos infantiles por las paredes, fotos y carteles esconden los muros de esta fortaleza que refugia en su interior una actividad diaria que despierta en cualquier visitante un espíritu nuevo en el que una sonrisa permanente es la seña de identidad.

Comienzan a llegar los autobuses. De Lebrija, de Aznalcóllar, de la capital y de cualquier punto de la provincia. Con sus rampas adaptadas los monitores ayudan a bajar a los niños, algunos bajan por las escalerillas, pero son los menos. Son las nueve de la mañana y en el Mercedes Sanroma comienza la jornada lectiva.

«Mucha gente piensa en el Mercedes Sanroma y lo asocia con un centro de día y no tiene nada que ver» explica su directora, Carmen Tenor que nos abre las puertas para conocer cada rincón de este centro de educación especial.

106 niños con discapacidad motriz y otras discapacidades asociadas como pueden ser la auditiva, visual, motora y cognitiva, ésta última la padecen el 99% de los alumnos del centro. Para atender a estos niños el Mercedes Sanroma dispone de 46 profesionales fijos y uno discontinuo. Maestros, educadores, monitores, fisioterapeutas, enfermeros, médicos y psicólogos forman un equipo de trabajo individualizado en el que el cariño, la cercanía y la pasión por lo que hacen se ve en cada tarea que realizan.

En la planta de abajo se unen la inocencia de los más pequeños y la experiencia de los mayores. Un hall central rodeado de aulas da la bienvenida a los más pequeños, desde los 3 hasta los 8 años. Aulas llenas de colores, el ordenador a un lado, la mesa del desayuno a otro, la de trabajo en el centro y un rincón de descanso. Esa es la distribución de las aulas de infantil, en cada una de ellas un educador y un profesor enseñan, se divierten y educan a estos pequeños.

«Lo fundamental en la educación es la comunicación» explica Carmen, por eso en todas las paredes del centro hay pictogramas indicando funciones, tareas o lugares. «No hace falta que hablen, que mantengan una conversación oral lo que necesitan es comunicarse ya sea por pictogramas o gestos. Ellos, como todos, necesitan entender y hacerse entender».

En esa misma planta los mayores, desde 18 a 21 años, asisten al aula de PTVAL de sistemas de aplicaciones informáticas. Pepi, su profesora, les enseña mediante una rutina a desenvolverse en todos los ámbitos de la vida, a través de prácticas en la biblioteca del centro, la secretaría o los supermercados de alrededor, sus alumnos ganan en autonomía e independencia con el fin de conseguir la inserción en el mundo laboral.

En el otro ala de esta planta está el espacio para la rehabilitación. Tres fisioterapeutas y un médico atienden a los niños de manera individualizada para que vayan ganando en movilidad, «muchos de ellos llegan en carrito y al tiempo consiguen andar y soltarse». En la sala colindante estan las bañeras de hidroterapia, «los niños con mucha rigidez se sueltan mejor en el agua, tenemos un enfermero que hace rehabilitación con ellos dentro de las bañeras. Son niños que al no poderse mover tienen muchos problemas de osteoporosis por eso necesitan mucho cuidado y atención en la rehabilitación».

Arriba nos esperan los mayores. Los de PTVAL de tareas del hogar ponen sus lavadoras, hacen las camas, recogen el tendedero y preparan la comida. Mientras, en las aulas de los más mayores siguen con sus lecciones diarias: algunos con el ordenador, otros pintan y otros hacen los deberes. Leer es otra alternativa los chicos del PTVAL que presentamos en la primera planta, ahora están arriba haciendo las labores de bibliotecario.

Arriba también están los niños sordociegos. Unos alumnos que requieren una mayor atención por las dificultades que presentan a la hora de comunicarse y entender el entorno. «Alguno vino lesionado el primer día, porque en casa al no entenderse con su familia ni comprender nada de lo que ocurría reaccionaba lesionándose, hoy ya entiende muchas cosas incluso su madre y su abuela vienen una vez a la semana para aprender a comunicarse con él».

Saludos, presentaciones, sonrisas, satisfacción, bromas entre los profesionales y también con los alumnos, muchas risas, alegría. Al salir vuelves a pasar por esas paredes llenas de colores, todos se despiden de ti, sonrientes, felices. Es tal la sensación de acogida bajo los muros del Mercedes Sanroma que cuando sales y el portón se cierra tras de ti y miras alrededor todo parece más oscuro que antes de entrar.