¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿La Palmera o la avenida? La primera quizá no esté clara, pero la segunda pregunta tiene una respuesta marcada por la historia. Una palmera situada en la actual glorieta plus ultra le daría nombre a esta significativa avenida, pero la vía ya llevaría más de 100 años formando parte del dibujo de nuestra ciudad.

La avenida de la Palmera ha sido imprescindible para el desarrollo de la ciudad. Ha sido madre de una Exposición que cambiaría por completo a Sevilla, significa la unión entre el centro y la zona Sur de la ciudad, siempre será la vía que daba acceso a la carretera de Cádiz. Y es que, hasta los andaluces que pisan por primera vez Sevilla, al pasar por esta vía, rápidamente contestan: «¡ah, esta es la avenida de Las Palmeras!».

Pero como toda buena historia hay que empezar por el principio, el comienzo de un testimonio que no queda tan lejos. En 1910 una palmera situada en la glorieta que daba fin a la avenida marcaría un antes y un después en la ciudad, dicha planta daría nombre a una de las avenidas más importantes que tendría y tendrá Sevilla. Pero no fue este el único bautizo de dicha vía y e que debido a su especial significación por su amplitud y belleza, y por constituir la entrada privilegiada a la ciudad desde Cádiz, su nomenclatura sufrió cambios que reflejarían las circunstancias políticas del s. XX.

En 1920 pasó a denominarse avenida de la Reina Victoria, por ser lugar favorito de la esposa de Alfonso XIII. En 1931 se cambió por el de avenida de Mayo. En 1936 pasó a llamarse avenida de la Victoria, hasta la restitución de su nombre primitivo en 1980, con el que, sin embargo, nunca dejó de ser popularmente conocida.

Pero la avenida ya estaba ahí desde hacía un siglo. Esta avenida de trazado recto, se formó en el último tercio del s. XIX como una prolongación del paseo de las Delicias. En 1864 se acordó la construcción de un trozo nuevo de carretera vecinal que prolongaba dicho paseo hasta la venta de Guadaira, sustituyendo al camino viejo de Dos Hermanas. Se llevó entonces a cabo dicha prolongación en una longitud de 1.356 metros, con una glorieta desde donde continuaba el arrecife. En 1694 se reforma el final del paseo y en 1911 se efectúa la alineación de edificaciones, según un proyecto de Juan Talavera.

La Exposición Iberoamericana de 1929

La celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929 en esta zona fue un factor decisivo que contribuyó a la transformación de la avenida. Así, La Palmera fue incluida en el plan de obras conexas de dicha Exposición. En 1925 se sustituye el alumbrado de gas por el eléctrico, y en 1927 se lleva a cabo un proyecto de reforma y urbanización de la vía, cuyo autor fue el arquitecto municipal Leopoldo Carrera. El paseo es ensanchado mediante expropiaciones, lo que supuso al Ayuntamiento, junto a las obras de urbanización, un fuerte desembolso. En 1926, con objeto de proceder a su expropiación, se designa para campo de la Feria la parte izquierda de la avenida. Se amplia la calzada y se procede a su pavimentación.

La normativa para las edificaciones, que exigiría el tipo de vivienda unifamiliar rodeada de jardines con verjas o tapias de cerramiento para separación de la acera, provocaría que se construyesen lujosos palacetes que serían vivienda de las familias aristócratas más adineradas. Destacan entre otros, el edificio de la familia Luca de Tena, realizado por Aníbal González en estilo regionalista, con fachada de arcos, ladrillo visto y paramentos cerámicos, actualmente sede de la dirección regional del Banco de Bilbao-Vizcaya.

Con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929 se edificaron también en la Palmera algunos pabellones. El del Aceite desapareció durante la guerra civil de 1936-39 al explotar unas municiones que en él se almacenaban. Permanecen, aunque muy transformados, el de Cuba, alabado por sus músicas y olores por Joaquín Romero Murube, que durante unos años ha sido sede del Instituto Municipal de la Vivienda y hoy es propiedad de la Junta de Andalucía. También persiste el de la República Dominicana, ocupado por el Ministerio de Obras Públicas. Ambos presentan características propias de la arquitectura colonial de sus respectivos países. Continúan también en pie, adornando esta bella avenida, los pabellones de Guatemala, Brasil y Colombia.

El Estadio de Heliópolis

Y no por ser el último en nombrar, es menos importante. El estadio del Real Betis Balompié también fue hijo de la Exposición Iberoamericana del 29. Construido para tal evento, fue arrendado al club por el Ayuntamiento dos días antes del inicio de la guerra civil. Lo que provocó que el equipo heliopolitano no pudiese hacer uso de su nuevo campo durante todo periodo de la guerra ya que se utilizó como sede de los tanques y vehículos de las fuerzas militares italianas enviadas por la Italia de Benito Mussolini.

Cuando los verdiblancos empezaran a jugar en el Estadio se le fue conociendo más como «Estadio de Heliópolis». La importante remodelación que se produjo durante el mandato de Benito Villamarín, bautizaría al Glorioso con el nombre de aquel presidente que tanto haría por el equipo. Con este nombre recibiría a Brasil y Nueva Zelanda con motivo del Mundial del 82, siendo el Villamarín sede del histórico partido España-Malta, en el que los nuestros ganaron por 12-1.

En 2000, Manuel Ruiz de Lopera le pondría su nombre al estadio, nomenclatura que duraría tan solo 10 años tras los cuales, por votación de los socios, el estadio volvería a llamarse Benito Villamarín. Un nombre que parece traer bastante suerte a los jugadores y aficionados verdiblancos.

Actualidad

A pesar del volumen del tráfico, muy elevado por ser enlace urbano con la carretera de Cádiz, de la concentración de organismos y centros docentes y de la proximidad a la ciudad sanitaria, lo que supone un tránsito añadido de vehículos y estacionamientos, la avenida de la Palmera sigue conservando su atractivo de paseo peatonal. Y su belleza, que ha sido destacada por importantes escritores contemporáneos como Antonio Burgos o Alfonso Grosso han ambientado en ella algunos pasajes de sus novelas.

Lo que fuera un mero motivo estratégico para conectar Sevilla y Cádiz, una guerra de nombres entre una Palmera y la esposa del «Rey de Sevilla», sería tarjeta de visita para visitantes de infinitos rincones del mundo. Tarjeta de visita que aún hoy sigue recibiendo, cobijando y despidiendo a enamorados de la ciudad.