La imagen le resultará familiar. Seguro que en alguno de sus paseos por el centro de Sevilla, sobre todo por la antigua judería, ha podido ver  cómo las esquinas quedan achaflanadas para cubrir el espacio que queda entre ellas. Pero, ¿sabe por qué se hace? ¿Tiene alguna utilidad o es una cuestión meramente estética?

Hay chaflanes de todo tipo. De loza, de hormigón e incluso de forja, en casos muy contados. Están en la calle Mateo Gago, Fabiola, Ximenez Enciso… lo que un día fue la judería de Sevilla. A más intrincadas, a más esquinas, más remates en forma de triángulo se pueden ver. Los hay que llegan hasta el suelo y otros que cortan a escasos centímetros de la acera.

Al contrario de las ruedas de molino que en muchos casos acompaña, nada los hace llamar la atención de los viandantes. Los turistas apenas le prestan atención aunque para los vecinos cumplen una misión que agradecen en su día a día y que, en el pasado, tenía muchísima más importancia que en la actualidad.

Esquinas con chaflán

«Quizás para reforzar el muro de las casas que unen», contesta tímidamente Irene, una estudiante que pasa con prisas por delante de una. «No creo, ¿no?», añade su compañera. Ambas reconocen que nunca le prestaron atención a estas esquinas en sus innumerables peregrinaciones al Instituto Británico, donde reciben clases.

Segundo intento. «¿De adorno?», pregunta Carolina. Respuesta incorrecta. «¿Puede ser para evitar que los ladrones se escondan en las esquinas y sorprendan a sus víctimas?», podría ser. Su novio Pablo le da la réplica. «A mí me suena que pueda servir para evitar que se haga pipí en las esquinas». Respuesta correcta. 

Achaflanar las esquinas del centro es dar una solución arquitectónica a un problema de higiene. La fisonomía de las calles del centro, en el que las casas no gustaran una línea regular en su construcción, deja huecos en forma de ángulo recto, ideales para evacuar la orina en un momento de apuro, con la tranquilidad de no ser vistos.

Sin embargo, achaflanando las esquinas, el sujeto -por norma general hombre- con ganas de orinar ve difícil esta práctica al encontrarse con que, además de la imposibilidad de arrimarse al muro, el orín cae justo cerca de sus zapatos. Una situación que se agudiza en el caso de los chaflanes que se cortan a escasos centímetros del suelo, donde el pipí cae encima de los zapatos.