Sevilla es, y ha sido, cuna del arte. En sus múltiples disciplinas, pero especialmente en la pintura. Del Siglo de Oro surgieron figuras que se convirtieron por derecho en claves de la escena cultural nacional, e incluso internacional, del barroco: Velázquez, Herrera el Viejo, Valdés Leal

De entre todos destaca un nombre, el del pintor «más sevillano» de todos los tiempos: Murillo. Por el espíritu andaluz de su obra. Por la manera en que retrató al pueblo. Por afanarse en plasmar a la Virgen María, tan sevillana por otra parte, en una veintena de «Inmaculadas». Por la destreza de su pincel, pese a la apariencia de sencillez.

Y, lo más importante, porque prácticamente toda su producción la desarrolló en la ciudad que lo vio nacer, a finales de diciembre de 1617, y donde fundó la Academia de Bellas Artes.

Con el cuarto centenario de tal efemérides en ciernes, Sevilla prepara una serie de actividades que ya han sido calificadas, por el propio alcalde, como «el acontecimiento más importante desde la Expo 92». Entretanto, he aquí una ruta sobre las huellas que dejó el carismático pintor por su Sevilla natal.

1. «Iglesia» de la Magdalena

La extinta iglesia de la Magdalena se encontraba en lo que hoy es la plaza de San Pablo / Fran Piñero

La extinta iglesia de la Magdalena se encontraba en lo que hoy es la plaza de San Pablo / Fran Piñero

Bartolomé Esteban Murillo fue bautizado en el templo de la Magdalena el 1 de enero de 1618. Ojo, nada tiene que ver con la parroquia que conocemos actualmente, puesto que la iglesia en cuestión se encontraba en lo que hoy es la plaza de San Pablo.

La invasión napoleónica supuso el derribo de esta construcción medieval de estilo morisco sevillano en 1811. Una placa, que se salvó de la demolición, atestigua aquella administración de sacramento sobre la pila bautismal.

Y que se repitió en numerosas ocasiones con otros miembros de la familia. Para ser más exactos, con los otros 13 hermanos mayores del pintor.

Curiosamente, el segundo hijo ya fue llamado Bartolomé, pero al fallecer, y por el amargo recuerdo, los padres decidieron recuperar el nombre con el benjamín, que llegó 26 años más tarde.

También es llamativo que el artista tomase como apellido «comercial» el segundo de su madre, pues Esteban no era nombre propio en este caso. Y su madre se apellidaba Pérez.

El desaparecido templo acogió igualmente las nupcias de sus padres, en 1588, y sería el lugar donde Bartolomé se casaría con Beatriz de Cabrera y Sotomayor en 1645.

Para cerrar el ciclo, sus dos primeros hijos, María y José Felipe, también recibirían las aguas del Bautismo en la misma pila que su padre, ya que la esposa procedía de Pilas.

2. La collación de San Pablo

En la calle Bailén, entonces Dormitorio de San Pablo, residió la familia de Murillo / Juan Flores

En la calle Bailén, entonces Dormitorio de San Pablo, residió la familia de Murillo / Juan Flores

La vinculación con el templo se basaba, entre otras cuestiones, en la evidente cercanía de la vivienda familiar. Gaspar y María, padres del pintor, llegaron a vivir durante el arranque del siglo XVII en casas anexas, y propiedad, del convento de San Pablo.

En 1607 adquieren una casa en la actual calle Bailén, haciendo gala de la desahogada economía que le brindaba la profesión de «barbero cirujano» del padre de familia.

Y, cinco años más tarde, arriendan otra en la propia calle San Pablo, «frente al compás del antiguo convento», según «Murillo. Su vida. Su arte. Su obra», de Diego Angulo.

Se desconoce en qué domicilio nació el artista, aunque la distancia entre las tres es nula. Murillo debió conocer, desde su infancia, la plazuela de San Pablo, donde hubo «cruz grande de fierro con un retablo con forma de capilla en alto, y a sus lados dos pinturas que representan a la Virgen y a Santo Domingo». Al menos desde finales del siglo XVIII, como explica Angulo.

3. Estudio en San Andrés

Juan del Castillo, maestro de Murillo, tuvo su taller en la plaza del Pozo Santo / V. Gómez

Juan del Castillo, maestro de Murillo, tuvo su taller en la plaza del Pozo Santo / V. Gómez

La rama materna de la familia parecía estar muy versada en la pintura. Un tío de Murillo era pintor, y además estaba casado con la hija de Vasco de Pereira, fundamental en la escena pictórica hispalense del momento.

Si se le suma el contacto constante, desde la infancia, con el arte conventual de San Pablo, La Merced o San Francisco, la vocación tomó cuerpo pronto. Y se desarrolló bajo las directrices de Juan del Castillo, pintor de relativa relevancia, además de dorador y estofador de retablos.

Bartolomé llega a su taller, situado en el barrio de San Andrés, en la plaza del Pozo Santo, con una edad que rondaba los quince años.

Durante esta época, que concluye en torno a 1638 con su hipotético viaje a las Indias, conoció a Alonso Cano, íntimo amigo de Castillo y gran influencia de Murillo.

Es muy probable que el entonces aprendiz se prodigase por la iglesia de San Juan de la Palma, donde se encontraba la cofradía de San Lucas (Los Pintores), y por el convento de Regina, para el que casi se estrena pintando.

4. San Isidoro y San Nicolás

Poco después de la boda, en 1645, Murillo recibe su primer gran encargo: los lienzos para el claustro chico del convento de San Francisco, hoy Plaza Nueva.

Torre de la San Isidoro, templo en el que Miguel de Mañara ejerció de padrino de dos hijos de Murillo

Torre de la iglesia de San Isidoro

En esta serie, orientada a loar las virtudes y filosofía franciscanas, ya participó un joven como aprendiz. Murillo ya había alcanzado la notoriedad y el prestigio de Sevilla.

Es entonces cuando cambia su barrio de toda la vida por el de San Isidoro, afincándose en 1647 en el entonces número 69 de la calle Corral del Rey, probablemente en la esquina con Abades.

Más que por tiempo, pues abandonan el nuevo domicilio a los tres años, este periodo es clave porque pone en contacto con Miguel de Mañara, que incluso se convirtió en padrino de su cuarto hijo, ya bautizado en San Isidoro al igual que la tercera.

Entre 1650 y 1657, la familia de Murillo se estableció en San Nicolás, en el entorno de la calle Madre de Dios, nombre asimismo del desaparecido convento en el que, tiempo después, ingresaría como novicia una de sus hijas.

Aún así, seguiría cambiando de casa, lo que parecía venir por la personalidad de Bartolomé, más que por su circunstancia. En 1657 consta que residió en el 17 de la calle Botica, hoy Guzmán el Bueno.

De esta época datan «Los desposorios de Santa Catalina» (hoy en Lisboa), «La adoración de los pastores» (Sevilla), «La Sagrada familia del pajarito» (Madrid) o los primeros temas de la «Virgen con el Niño».

5. San Bartolomé y La Lonja

Cubiertas del Archivo de Indias, antigua Universidad de Mercaderes, con la Giralda al fondo / Rocío Ruz

La antigua Casa Lonja albergó la Academia de Bellas Artes creada por Murillo / Rocío Ruz

Murillo pasa en Madrid casi todo 1658. Su fama y destreza le preceden y se nutre de encargos en la capital. Sin embargo, para diciembre ya se encontraba en Sevilla, con una nueva mudanza.

La collación de Santa Cruz fue su residencia hasta 1663. Incluso en su templo se bautiza el último de sus hijos, después de que varios hubieran fallecido por diversos avatares. Y a ella volvería en sus últimos años.

Pero aún restaban un par de décadas en San Bartolomé, en la calle que hoy aparece rotulada como San Clemente. Una estancia que le convierte en vecino de poderosas personalidades como el canónigo catedralicio Justino de Neve, el marqués de Villamanrique y, sobre todo, Miguel de Mañara.

Otro de los lugares que más frecuentó Murillo durante esta etapa fue el actual Archivo de Indias, entonces Casa Lonja y sede de la flamante Academia de Bellas Artes que el pintor ayudó a crear bajo su auspicio.

Creación y fin. El de su mujer Beatriz, poco después de alumbrar a su última hija, a finales de 1663, en el momento en que Murillo alcanza su madurez artística.

6. Santa Cruz

Plaza de Santa Cruz, antigua iglesia donde fue enterrado Bartolomé Esteban Murillo / P. Ortega

Plaza de Santa Cruz, antigua iglesia donde fue enterrado Bartolomé Esteban Murillo / P. Ortega

Ya lo apuntábamos. El barrio de Santa Cruz fue el último lugar que habitó el pintor, que ya en 1681 era hermano de la Santa Caridad. Poco después de la muerte de Mañara residió en el número 8 de la calle Santa Teresa.

Murillo, ya sexagenario, se embarca en su último gran proyecto para la iglesia del convento de Capuchinos de Cádiz entre 1681 y 1682.

Durante su creación, y dada la envergadura del lienzo y al estar subido sobre un andamio, sufre un aparatoso accidente del que aparentemente resulta ileso.

Pero sólo en apariencia, pues en abril de 1682 Murillo muere en Sevilla. La caída le había provocado daños internos de gravedad, para los que tampoco puso atajo, «por no mostrar flaqueza».

Su enterramiento tuvo lugar en la antigua Sinagoga de Santa Cruz, destruida por las habituales circunstancias del siglo XIX, de las cuáles emerge la actual plaza de la cruz de cerrajería.