Todo empezó con un burro. Corría el año 1936, una fecha que no se olvida. Queipo de Llano lanzaba soflamas desde Radio Sevilla y una casa en la calle Almirante Apodaca costaba 200 pesetas. Nacía una institución en Sevilla, una panadería regentada por una tal Amalia, una desconocida por aquel entonces que poco a poco ha ido conquistando la simpatía de los sevillanos.

«Venía de Alcalá para vender pan en Sevilla», recuerda Amalia, escondida entre cajas en el actual despacho frente a la cervecería El Tremendo. «Poníamos unos tableros en la calle hasta que mi marido se enteró que se vendía esta casa, pidió el dinero a su padre y montamos la panadería», rememora. «Abrimos todos los días hasta que pagamos el préstamo», aclara Amalia Vallecillo Raimonde, una mujer entrada en los ochenta años, con canas en el pelo y un sinfín de anécdotas por descubrir.

Amalia y su hija María LuisaHippies, yupis, punkis, yonkis y pijos han pasado por su establecimiento a lo largo de estos años de actividad. «Aquí siempre ha habido tejemaneje, pero nunca una pelea», asegura. «Amalia, la de litros que me has vendido», le dicen los hippies que se acercan años después a visitarla. «Vienen a contarme las alegrías y las penas, esto es como un confesionario», explica Amalia.

Es tal la influencia que este negocio ha tenido en el barrio que hasta el grupo sevillano Mártires del compás le dedicó unas letras. «Estamos por San Pedro y vamos a la Amalia a comprar unos litros; y la Amalia dice: Ahora que estamos dentro, dale movimiento», recuerda. «Esto ha sido una institución», confiesa Amalia. «Sevilla era muy pequeña, pero ahora ha crecido», justifica.

«Los vecinos de ahora no son como los de antes, venían de los corrales; eran más llanos, ahora hay más pamplinosos, cada uno va a lo suyo», critica Amalia. «Mi abuela decía «Desgracia de Sevilla cuando se vuelvan las casas tiendas y tiendecillas», y no le falta razón», recuerda.

Clientes famosos

Entre sus clientes habituales, una nutrida nómina de reconocibles sevillanos. «A Lopera le gustan los picaditos; a la duquesa de Alba, los botos; a Nati Abascal, las viejas, pepitos y las rosquillas; y a Cocha Piquer, los rosquillos, que venían a comprarle los mariquitas», enumera Amalia. «Nuestro pan tenía muy buena fama, era muy bueno», destaca.

La panadería se convirtió en despacho cuando le obligaron a cerrarla. «No podíamos hacer pan por los ruidos, teníamos dos hornos de leña y prohibieron las pequeñas industrias en la ciudad», recuerda Amalia.

Hoy, el negocio, en manos de su hija María Luisa, ya no es lo que era, pero se mantiene. «Hay mucha competencia, muchos supermercados y muchos chinos», asegura la actual dueña, quien confirma lo difícil que es pasear con Amalia. «Hay que vestirla de nazareno para salir con ella», afirma.

Amalia sigue aguantando el paso de los años con una sonrisa. Quizás sea ese el secreto de su buen estado de salud. Su ánimo ha ido vinculado a un barrio que ha sabido recompensar con afecto el cariño de esta panadera de San Pedro.