Sevilla reparte los días del calendario en calor o frío. En esta ciudad apenas existe el término medio. La temporalidad también ayuda a que proliferen determinados negocios, castañeros en invierno y aguadores en verano. Pero ¿cómo se adaptan otros trabajadores a las bajas temperaturas?

Por un momento, sitúense en pleno mes de julio en una acera cualquiera de Sevilla. Una de la tarde, hora de la cervecita. Mirada a derecha e izquierda y ahí está. Un bar con una terraza dominada por sombrillas. Buena opción, si no fuese por los 40 grados que acompañan al refrigerio. La solución: aspersores con lluvia micronizada y ventiladores para crear un microclima en apenas cinco metros cuadrados. Solucionado, al menos aparentemente, el problema de las altas temperaturas. Pero, ¿y en invierno?

La solución es sencilla, tirar de ingenio. Si en casa se usa la estufita clásica de toda la vida, por qué no en la calle. Eso debieron pensar los dueños de la cervecería Giralda, a escasos metros del monumento del que toma el nombre. Obsoletas han quedado las setas de gas que tanto espacio ocupan y tanto dificultan el tránsito de peatones. Unos simples pero efectivos calefactores y listos para mitigar las inclemencias del invierno.

«No hay cables por medio, no molestan a los clientes y, al estar integrados en el toldo, pasan más desapercibidos», enumera Alberto López, el encargado de este establecimiento. «Nosotros fuimos los primeros de la zona en instalar este tipo de calefactores», detalla. «Si no lo hubiésemos colocado, el cliente no se sentaría en la terraza», confiesa.

Este establecimiento goza de unas magníficas vistas de la Giralda, un valor añadido que explotar en este tipo de negocios. «En invierno la gente se sienta más; en verano, por mucho aire que pongas, con el sol no se sienta nadie», detalla el camarero.

Innovadores y clásicos

Expuestos al frío y al calor, a la lluvia y al sol. Los cocheros, una de las figuras clásicas de Sevilla, viven los cambios del tiempo con resignación. «Venimos todos los días, se trabaje o no, y estamos expuestos a las inclemencias meteorológicas», relata Manuel, un cochero que monta guardia en la plaza de San Francisco.

Espera a sus clientes en el interior del coche de caballos. La única solución para mitigar el frío, una manta y desplegar la capota. «Cada cochero tiene varias mantas que ofrece a los cuentes», explica Isaac, otro de ellos.

«El extranjero no se queja, sabe a lo que viene y, en general, está acostumbrado a pasar frío», justifica Manuel. «El problema que tenemos no es tanto el frío, lo malo es que la gente está tiesa como una palanqueta y no es de las bajas temperaturas, no hay dinero», concluye.