La historia del comercio más antiguo de la calle Sierpes comienza con un barco que partió y un matrimonio que lo perdió. El inconcluso viaje, con origen en la localidad catalana de Capellades y destino Venezuela, de José Ferrer y Poch y Josefa Vidal y Fragoso allá por el año 1856 es el inicio de una andadura que sigue viva hoy en el corazón del centro de Sevilla. En pleno 2013, los biznietos de esa pareja de emprendedores sigue al frente de la papelería Ferrer, la más antigua de España.

En el año 1856, un joven matrimonio procedente de Capellades (Barcelona) llamados José Ferrer y Poch y Josefa Vidal y Fragoso llega a Sevilla para embarcar hacia Cádiz y poner rumbo a América con el fín de montar allí un negocio de papelería, ya que sus familias se dedican a la manipulación del papel. El barco acababa de salir y el próximo tardaría seis meses, por lo que deciden alquilar un pequeño local en la calle Sierpes, en la antigua cerería del Convento de Santa María. Allí van subsistiendo vendiendo papel, tinta, plumillas y cuerda de embalaje hasta la partida del nuevo barco.

Papelería FerrerPero, lo que fue un negocio provisional acabó convirtiéndose en una forma de vida de la que han vivido cinco generaciones, de momento. «Esta es nuestra América», pensó el matrimonio al ver los buenos resultados. Hoy, el negocio está en manos de María del Carmen y Estrella Ferrer, biznietas de los fundadores, y tras el mostrador ya se puede ver a Lucía y Alberto, la siguiente generación.

Entrar en la papelería Ferrer es viajar atrás en el tiempo. Los vetustos mostradores y vitrinas siguen albergando plumillas, tinteros y un sinfín de productos que, por mor de la llegada de la informática, han quedado relegados a los amantes de la escritura en papel. En su trastienda todavía se conservan las fórmulas para hacer la tinta, algo ya en desuso pero que sirve para recordar el origen del establecimiento.

Inmutable a pesar de los años

«Apenas hemos hecho reformas, y las que se han hecho han mantenido el aire antiguo que caracteriza esta papelería», explica Estrella Ferrer, una de las propietarias. «De lo contrario, perderíamos la esencia», añade.

Pero los años han terminado por cambiar el día a día de esta familia de papeleros. Estrella apenas llegaba a la altura del mostrador cuando empezó a despachar. Se cobraba en pesetas y los Ferrer vivían en el piso superior del establecimiento.

Hoy, la papelería se mantiene vendiendo artículos de escritura, agendas y regalos que trascienden el habitual sounevir. «Los proveedores de toda la vida han dejado de fabricar sus productos y, en buena parte, lo que vendemos viene de ferias internacionales», explica Estrella. «Huimos de lo convencional», confiesa.

«Nos hemos tenido que diversificar mucho», agrega la propietaria. «Antes surtíamos de material a las oficinas y colegios; ahora, con la llegada de las multinacionales y las empresas se suministros, hemos tenido que especializarnos y enfocar nuestro negocio al regalo y al turismo», afirma.

La nostalgia es otro atractivo más de esta casa de papeles. «De vez en cuando recibimos visitas de personas mayores que entran en la papelería para recordar instantes de su niñez cuando iban de la mano de sus padres», comenta Estrella. «Los muebles, el suelo, la familia… todo está igual», enumera.