Un oasis de creación en mitad de un desierto de viviendas. El casco antiguo de Sevilla hace mucho que vio cerrar sus fábricas, talleres y obradores para convertirse en un terreno yermo de producción. Bloques de pisos y comercios copan los metros cuadrados más codiciados de la ciudad. La panorámica sin embargo guarda alguna sorpresa en forma de reducto en donde el ritmo de sus quehaceres late lento, casi imperturbable como hace décadas. Pavimento de adoquines, fachadas encaladas por donde trepan las bugambilias y de donde cuelgan macetas con sus geranios y un silencio roto por las sierras, el taconeo de un tablao, el martillo golpeando el yunque… y el escultor charlando con el diseñador, y el pintor con el carpintero, y el ceramista con el mecánico. Así transcurren las horas en los corralones del Pelícano y en el Pasaje Mallol, un foco de creación en la zona de San Julián, que abre sus puertas este fin de semana para mostrar a sus vecinos todo lo que allí se hace.

El corral del PelícanoDe clases de moldeado de barro a un taller de circo o un paseo en zancos. Más de sesenta profesionales participan en la octava edición de ‘Se parte del arte’, una acción conjunta que desarrollan los corralones del Pelícano, Pasaje Mallol, y a la que este año se une la Casa del Pumarejo, que consiste en mostrar el trabajo de una de las zonas más activas del sector artístico de la ciudad, «que lleva así desde hace más de doscientos años», explica el arquitecto Luca Stasi, que tiene su estudio Ctrl+Z en el corralón.

«Tanto el corral del Pelícano como el Pasaje Mallol pertenece a una familia y, por fortuna para la ciudad, la propiedad ha velado por mantener esta actividad artesanal en la zona», detalla el pintor Ricardo Llinares, que enumera los usos recientes del espacio: «de acoger la fábrica de detergentes Los Tres Sietes o una conocida imprenta, además de imagineros, orfebres, tallistas». «Luego ha habido un reciclaje natural, como ha sucedido otras ciudades, donde los artistas y las nuevas profesiones se han ido adaptando a estos espacios manteniendo en esencia la apuesta por la creación», explica Llinares.

La singularidad del corral del Pelícano radica en la naturalidad con la que se ha llevado a cabo su adaptación. «No es un espacio impuesto, como sucede en otros puntos de Europa, donde principalmente se destinan a la exposición y a la venta; en nuestro caso hay profesionales que mantienen su producción durante todo el año», asegura Stasi, que llegó de Roma hace unos años y se siente plenamente integrado, no solo en el corralón, sino también en el barrio.

Eso llama la atención de este romano, quien mantiene que esta situación es fruto de la buena relación que existe entre los artesanos y los vecinos. «Espacios como el Pelícano favorecen un discurso transversal entre distintas generaciones que normalmente no se da en la sociedad», detalla el arquitecto. «El corralón no es un elemento aislado, es un espacio que está muy arraigado en el barrio, y todo de una forma muy natural», insiste Stasi, quien defiende que «si en todos los distritos de Sevilla hubiese un lugar como el corral del Pelícano, en la ciudad se viviría mucho mejor».

«A nivel internacional se están intentando recuperar este tipo de espacios, porque está demostrado que la diversificación de un barrio, que no sea solo de viviendas o compras, enriquece la vida y fomenta la convivencia de los que en él habitan», apostilla el romano Stasi.

El corral del Pelícano

El ambiente que se respira da la razón al arquitecto, que tiene su puesto de trabajo en ‘La bañera’, un coworking donde conviven 16 profesionales de actividades muy variopintas. De Tipográfiko, un estudio de diseño, a Territoria, una empresa de análisis y gestión del medio, o los hermanos Negrín, José y Manuel, dos arquitectos que aprovechan los escasos costes fijos que le brinda este espacio compartido para emprender con una marca de corbatas y pajaritas hechas con materiales reciclados.

El corral del Pelícano«Íbamos a bodas con nuestras corbatas hechas a mano y los amigos nos animaban continuamente a que las comercializáramos», recuerda José, que loa las ventajas de producir en el corral del Pelícano. «Cuando cruzo las puertas tengo la sensación de estar entrando en un pueblo dentro de una ciudad, todo el mundo se saluda, se conoce, se ayuda…». «Se da una sinergia real que invita a trabajar», añade José.

En los mismos términos se explica José Manuel Mera, un bonaerense que tiene un obrador de pasta y panadería en Tramallol, en el Pasaje Mallol, que también participa en las jornadas de puertas abiertas. En su caso, los 600 metros cuadrados de espacio albergan a diversas empresas. «Tratamos de interactuar mucho con el barrio, la gente del barrio nos compran, participan en las actividades que organizamos», explica uno de los primeros en ocupar esta nueva modalidad de espacios que este fin de semana muestra sus bondades a sus vecinos.

Fotos: Vanessa Gómez.