Impertérrito a pesar de los años. Si Sevilla es la ciudad de las dualidades, El Rinconcillo es el nexo entre las dos sevillas. Gentes de toda condición se han encontrado en la barra de este bar, toda una institución en la ciudad.

En Santa Catalina aguarda un bar centenario, el segundo mesón más antiguo de España. Hace esquina, quizás le viene de ahí su nombre: El Rinconcillo. Un local cuidado con mimo para que, como si de una conserva se tratase, continúen sin perturbaciones las tradiciones de la Sevilla que fue.

Por su barra han pasado (y pasan) tonadilleras, toreros, intelectuales, políticos o futbolistas. Del Betis y del Sevilla, de izquierda y de derecha, curristas y romeristas. Sus paredes han sido testigos mudas de agitadas discusiones, la mayoría zanjadas a sorbo de cerveza o vino. Los sevillanos podrían recitar de memoria las tapas clásicas de este reducto de tradición: pavía de bacalao, espinacas con garbanzos, arroz con ibéricos, tortilla de jamón… todas recitadas por sus camareros como si de un verso de Bécquer se tratase.

Detalle RinconcilloConocido en otros tiempos como el bar 4P, por dar cobijo a altas horas a periodistas, políticos, policías y prostitutas. El Rinconcillo es hoy un establecimiento familiar, en el que las tradiciones saltan de generación en generación.

«Raro es el sevillano que no haya conocido El Rinconcillo acompañado de su padre», destaca Javier de Rueda, propietario junto a su hermano Carlos de este establecimiento. Ambos aprendieron de su padre, Carlos De Rueda. «Es una tradición que se hereda», confirma este restaurador. Su familia adquirió el bar en el año 1858 aunque date de 1670. «Algunos historiadores lo fechan mucho antes, allá por el 1500», desvela. «Podría ser el Mesón el Rincón, situado en la muralla».

La historia la familia lleva asociada a este bar desde hace siete generaciones. «Es un orgullo el hecho de tener este negocio que tanto significa para Sevilla», confiesa De Rueda. «Hoy en día es muy difícil que se mantenga un negocio de generación en generación. Es muy sacrificado», asegura Javier. «Y hoy está bien visto pero antes no era así», insiste.

«No puede cambiar»
El tiempo apenas ha hecho mella en este bar, las paredes siguen vestidas de azulejos con sabor a antaño y sus vitrinas tienen la solera que dan los años. «El Rinconcillo no puede cambiar», asegura rotundo Javier. «Esa es la esencia de este negocio; no se puede vender porque te venderías a ti mismo», explica De Rueda.

Los camareros del RinconcilloEste hecho, que parece trasladar a sus visitantes a otros tiempos ya extintos, hace que El Rinconcillo sea una referencia obligada para los turistas que se acercan a la ciudad. «Aquí vienen aquellos que quieren descubrir la Sevilla en profundidad; la ciudad que hay más allá de la Catedral, los Reales Alcázares o el parque de María Luisa», asegura. Un patrimonio que es difícil de mantener. «Es difícil encontrar gente que trabaje como se hacía antes», explica.

Pero la innovación también ha entrado en este restaurante. «¿Quién nos iba a decir que hoy en día el 75 por ciento de las reservas que se hacen nos llegan vía correo electrónico?», desvela Javier. Aunque los cambios no son solo tecnológicos. La carta se ajusta a los nuevos tiempos. «El cliente va pidiendo más diversidad de tapas», asegura.

Los años siguen pasando, El Rinconcillo sigue invariable. Testigo de de la ciudad de ayer. Un museo para paladares tradicionales y punto de encuentro de la Sevilla dual.