En época de cierres, cumplir 75 años de negocio es todo un hito. El mercado de la calle Feria está de enhorabuena, uno de sus puestos celebra las bodas de brillantes. Rafael Ramírez, Rafaelito el del queso, heredó una tabla de su padre, un puesto de trabajo y el cariño de sus clientes. Este jueves lo celebra con sus compañeros y amigos.

«Mi matrona me dijo que nací al son del chatararátachán, con la virgen de la Esperanza pasando por la puerta del mercado de la calle Feria», explica Rafael. De ahí sus dos grandes pasiones: la Macarena y el mercado. El ha vivido en primera persona las transformaciones del barrio, hermandad y la plaza de abastos.

Rafael formó parte de la primera cuadrilla de costaleros de la Esperanza y vio la remodelación en 1983 de un mercado poblado de tablas a la división por puestos existente en la actualidad. «El barrio se ha movido siempre a través del mercado, de hecho, se crea en torno a esta plaza de abastos», asegura.

El mercado de la calle Feria data del siglo XVIII, «antes que la parroquia de Omnium Sanctorum, que está fechada en 1254», agrega Rafael. «La nave actual no se levanta hasta 1800», detalla. «Mi padre era ebanista y se quedó en paro; mi abuelo, sargento de los municipales, regía los mercados y tuvo la oportunidad de ofrecerle una tabla en la que empezamos a vender hace hoy 75 años», recuerda este placero.

Tres generaciones

Por el mostrador han pasado tres generaciones. «He vendido a abuelas, madres e hijas», explica. «Ellas se han ido pasado el mensaje de que les damos cariño y calidad», reconoce Rafael. Según devela, ese es su secreto. «Es lo que hace que sigamos manteniendo este trabajo a pesar de los tiempos que corren», afirma Ramírez.

Rafael lleva dos años jubilado. Es soltero y ha contratado a varios trabajadores para que velen por su negocio. Su día a día pasa por la visita al mercado. No sin morriña. «Me entran ganas de dar un salto, meterme detrás del mostrador, coger los cuchillos y ponerme a cortar jamón», afirma entre risas.

Sus compañeros miran a Rafael con envidia sana. «¡Ojalá llegase yo a los 75 años!», asegura Antonio Franco, un vecino de puesto. «Rafael es muy buen compañero y mejor amigo», asegura Juan Antúnez, otro de los compañeros. «Da envidia y satisfacción, que alguien consiga llegar a los 75 años es un orgullo y una satisfacción», explica María José Luján, también vecina. «La alegría se comparte», agrega. Los 100 años están a la vuelta de la esquina.