Hombros quemados, cremas bronceadoras a medio gastar, gafas de sol, toallas, pandillas jugando a las cartas, latas de cerveza desafiando el sol en neveras de corcho… la orilla del Guadalquivir ofrece estampas propias del litoral. A falta de playa, los sevillanos y, en gran medida, los turistas sofocan las calores tirando de ingenio. Cualquier cosa vale cuando el termómetro ronda los cuarenta grados.

Una tarde cualquiera. Inmediaciones del Puente de Isabel II (conocido popularmente como de Triana). Atardecer. El sol desaparece tras la Torre Pelli mientras que un grupo de jóvenes se tuestan, literalmente, al sol. El termómetro situado frente a la cercana estación Plaza de Armas marca 41 grados. Las sombras se cotizan caras. Pese a el inmisericorde calor, varias chicas aprovechan para broncearse.

Son estadounidenses. Brittany, Lindsey y Jesse. Su color de piel, que ya vira a rojo, denota la inexperiencia del trío para lidiar con la calor.

–¿Lleváis mucho tiempo al sol?

– «Varias horas», responden. «Alternamos sol y sombra», añaden mientras que muestran el bote de protector. De poco les ha servido.

Un cartel que dice Prohibido bañarseLlevan varias semanas en Sevilla. Vienen de Baltimore, en el estado de Maryland. Allí también tienen río, el Patapsco. «Allí es habitual pasar las tardes junto al río», comentan en un torpe castellano. «Pero aquí hace más calor», afirman. «Sevilla es muy calorosa (sic)», confirman.

Las americanas están constatando un hecho que es bien conocido por los sevillanos: en verano hace calor, mucha calor. Sin embargo, la interacción social manda y muchas pandillas eligen esta margen del río para intercambiar risas y echar las tardes estivales. Algunos grupos con guitarras, otros con litronas bien provistos de neveras y los más, hablando por hablar, que es gratis.

«Deberían poner duchas o pulverizadores, como los que hay en la Alameda de Hércules», reclaman unos veinteañeros. «Es una lástima que no haya más sombras y fuentes en las que poder beber agua, la más cercana está en la calle Reyes Católicos», advierte Susana. Son vecinos del Casco Antiguo, de la calle Arjona.

«Nos venimos a la orilla cuando se echa el sol y nos vamos bien tarde», asegura Joaquín. «Aquí se pueden ver muchas barbaridades, de gente en bañador y bikini a turistas rojos por el sol tras toda la tarde bebiendo cerveza; por lo general, los españoles buscamos más la sombra», confirma este joven.

Varias señales prohiben el baño. Pese a las advertencias, desde el parque cercano a la calle Radio Sevilla se divisan algunos jóvenes en el pantalán situado en el Paseo de la O, la orilla trianera del Guadalquivir. Cerca, una pareja navega a duras penas en una barquita de pedales.

No es la playa, pero lo parece. Es Sevilla en pleno mes de julio. Ola de calor. Una tarde cualquiera en la orilla del Gualdalquivir.