¡Arriba las agujas, el ganchillo ha vuelto! La austeridad ha rescatado tradiciones desvencijadas con el paso de las generaciones. La imagen de las abuelas cruzando agujas de crochet que muchos tienen en sus recuerdos está de moda. Desempolven sus acericos, están de nuevo en tendencia.

Es el nuevo boom del grito londinense «do it yourself» («hazlo tú mismo») pero a la española. El movimiento punk de los 70 llevado a las labores del hogar. Abuelas y nietas comparten secretos en torno a las madejas de lana o hilo. Una tradición remozada con nuevas aplicaciones. Atrás quedaron los tapetes en los sofás; ahora el punto se lleva más puesto que nunca.

Los economistas lo llamarían ciclos y bienes de sustitución; las abuelas, apretarse el cinturón. «El ganchillo está de moda por la situación de crisis actual», explica Penélope Melero, propietaria de Le Voila, un establecimiento situado en el Soho Benita de la calle Pérez Galdós, en plena Alfalfa. Cada lunes, en su pequeña pero coqueta tienda, se cuelga el cartel de cerrado para recibir a seis chicas con ganas de aprender a usar las agujas de ganchillo.

Lo que empezó como unas clases para las amigas cumple cuatro años. Cada tres meses, 50 personas reciben sus lecciones de un arte hasta ahora en desuso. «Afortunadamente no puedo atender a todas las personas interesadas en aprender», confiesa la profesora. «A todo el mundo le resulta gratificante hacer una prenda y ponérsela, o regalarla», detalla Penélope.

«Aprendí hace cuatro años con mujeres mayores, sus técnicas me parecían alucinantes pero no se adaptaban a mis necesidades; aprendí entonces a aplicar ese conocimiento a diseños que estuvieran de moda», recuerda Penélope. En el taller, de ocho horas al mes, enseña a sus alumnas a hacer puntos básicos. “Se dan cuenta que con estas nociones mínimas, y echando un poco de tiempo, pueden hacer muchas cosas en sus casas», concreta la profesora.

Terapia antiestrés

Aguja e hilo sirven para desmadejar las preocupaciones. Estrés, hijos, trabajo, estudio… todos se quedan en la puerta del taller. «Para mí es una terapia», confiesa Dioni Miguel, una mujer de 84 años alumna de Penélope. «Tenía olvidado el ganchillo y me ha alegrado recuperarlo», explica. «La gente tiene mucho interés en la aguja de gancho; pensaba que estaba pasado de moda, pero veo que no», recalca.

Junto a ella, cruzan agujas chicas apenas entradas en la veintena. El ganchillo es una afición transgeneracional. «Nos hemos criado viendo a nuestras abuelas haciendo punto y ganchillo», recuerda Marian Rodríguez, otra de las alumnas. «Nos hacían vestidos de punto inglés», explica. «Habíamos intentado aprender con ellas pero nunca lo conseguimos; el año pasado conocimos a Penélope y así es como nos hemos enganchado al ganchillo», asegura Marian, quien comparte su afición con su amiga Ana Lora, también alumna.

«El ganchillo es una afición que me relaja y me ayuda a desconectar de todo; además me gusta llevar cosas que he hecho yo misma», detalla Ana. «Ya tengo cola de pedidos», explica entre risas Paula, otra de las alumnas de Penélope. «La gente está deseando que le hagas cosas”, asegura. «Por favor, tened paciencia estoy aprendiendo», responde.

Cubretazas, cojines, alfombras, jerséis, guantes, gorros, bufandas o mantas. Todos tienen en común tres elementos: hilos en sus diversas variables, habilidosas agujas y ganas de conservar tradiciones recuperadas del destierro de los años.