Sobra el tiempo a los que menos tienen. Los minutos pasan despacio en las puertas del comedor social de San Juan de Dios. Allí aguarda su turno Jesús. Tiene 57 años y ha trabajado toda su vida en una fundición. Hace mucho que dejó de sentir el estrés del tic tac. No lleva reloj, tiene todo el tiempo del mundo. Su mujer, dedicada a las labores de su casa, espera pacientemente junto a él. No hay prisa. No hay nada que hacer, nada que limpiar, nada que cocinar. Nada. Demasiados jóvenes para una pensión, demasiado viejos para encontrar trabajo. Sin ingresos y con un secreto que tímidamente brota de sus labios como un susurro: engañan a su hijo. El joven estudia en Córdoba veterinaria y desconoce la situación de sus padres. Le mandan el poco dinero que sacan y los alimentos que les dan. El secreto no puede desvelarse, su hijo debe de terminar la carrera.

Es uno de los tantos secretos que guardan las paredes del comedor social de San Juan de Dios. La historia de Jesús es real, el nombre -por motivos obvios- no. Podría ser Juan, Pepe, Alfonso, Lucas… Tantos como los dramas que aguardan en las puertas antes de cada comida. «Esto se llama comedor, pero lo que menos importa es el alimento», confiesa Ana, la trabajadora social. «Vienen rotos, han tocado fondo, y aquí tratamos de dignificarlos y buscarles una salida», detalla. Ella conoce todos los casos.

Roberto. 37 años. Casado. Acude en busca de ropa. La suya no le sirve. Los trajes de chaqueta de más de mil euros tienen poco uso en su nueva vida. Llevaba una vida de lujo. Chalet en una zona exclusiva, coches de alta gama y pisos por toda España. Su inmobiliaria iba viento en popa hasta que llegó el año 2007. La empresa quebró y no sabe qué llegó antes, si la depresión o la separación de su mujer. Su historia también es real; su nombre, no.

Relatos anónimos aunque la pobreza tiene nombres y apellidos. Todos se los conoce Mario, uno de los trabajadores. Es el primer contacto entre la calle y el comedor. Recibe a los usuarios por sus nombres. No se les escapa ninguno. «Se van quedando, la mayoría son asiduos», argumenta. Por su puesto pasan unas 160 personas al día. En total, unos 1.200 usuarios registrados. De ellos, 600 llevan acudiendo más de un año. La mayoría de ellos son hombres de unos 50 años de media.

Orden y silencio

Un usuario come en el comedor de San Juan de Dios de SevillaA pesar del trasiego, no hay una palabra más alta que otra. Todo es silencio. «El orden lo da el empaque de la casa palacio», asegura Cristina, la presidenta de la asociación Tú sí puedes, que colabora con la Orden de San Juan de Dios en este comedor. «No suele haber problemas, no vienen borrachos y rara vez hay alborotos», explica.

En esta casa palacio de la calle Misericordia, en pleno centro de Sevilla, se les ofrece un servicio de comedor, ropería e higiene personal. «La comida es un cebo, no solo queremos llenarles el estómago; queremos trabajar con ellos para que dejen de venir, para que salgan de esta situación», detalla Ana, la trabajadora social.

«Les marcamos una pauta, unos objetivos y les hacemos el seguimiento», afirma Ana. «Les buscamos alojamiento, les conseguimos una pensión o cursos de formación; les enseñamos a hacer un curriculum, a enviarlo allá a donde tienen oportunidades y los preparamos para las entrevistas», asegura. «Y de aquí se sale», garantiza. Desde que abrieron sus puertas el 5 de octubre de 2010 ya les han conseguido trabajo a 37 personas. Una cifra aparentemente baja pero que hay que celebrar.

Pero el comedor es un «arma de doble filo». «A veces, fomentamos la vagueza; y ahí es cuando apretamos para que reaccionen», desvela Ana. «La calle es un mundo de libertad, aunque sea peligrosa, engancha», explica Cristina. «Es muy fácil caer y muy difícil salir», detalla.

Los voluntarios, imprescindibles 

Un voluntario sirve un plato a un usuario en el comedor de San Juan de DiosLas 44 plazas del comedor se van llenando. Los usuarios entran, comen, se van y dejan su lugar a otros nuevos. Una y otra vez. Un día tras otro. Ahora, también los sábados. Un logro que se aplaude. «Los más necesitados comen todos los días, también los sábados», comenta Ana. Un hito que se ha conseguido gracias a la labor desinteresada de los voluntarios.

Cada viernes, Diego sirve el agua a los usuarios del comedor. Bajo su bata blanca se esconde un traje de chaqueta. Zapatos impolutos y pantalones con la raya de la pinza perfectamente planchada. Acaba de quitarse la corbata. Hace un esfuerzo para ausentarse dos horas de su trabajo como economista para ayudar como voluntario.

«Es una satisfacción enorme; me llevo mucho más de lo que doy», confirma Diego. «Es gente educada y agradecida», detalla. «Al contrario de lo que se pueda pensar, aquí hay mucha gente de clase media», desvela. «Hoy somos voluntarios y tal vez mañana usuarios, nadie está exento de pasar por una mala racha», argumenta. «He conocido aquí muchos casos de éxitos profesionales que se han diluido con los años», advierte el voluntario.

La crisis ha disparado la demanda de servicios como el del comedor social, pero también la solidaridad. Hambrientos, de alimento y de ayuda, los más necesitados de Sevilla seguirán apostándose en la entrada del comedor social de San Juan de Dios. Historias anónimas pero con nombres y apellidos para Ana, Mario, Cristina o Diego.