Cerca del mayor icono de modernidad de la ciudad se esconde un reducto de la Sevilla que fue y ya apenas es. La calle Puente y Pellón guarece a escasos metros del Metropol Parasol un negocio que apenas ha variado con el paso de los años. Las costumbres, en Ultramarinos Lucas, se conservan como la caballa en aceite. Pueden pasar años, nunca caducan.

Testigo vivo de una transformación que apenas le rozó, Vicente Carrasco, es un nexo entre la actualidad y la historia reciente de Sevilla. Nacido en plena calle Puente y Pellón, justo encima del negocio familiar, este comerciante es un guardián de las tradiciones. Al cliente, siempre de usted, por muchos años de relación que acumule.

«Habitualmente se ofrecía un caramelito a los clientes; ahora, ya no solo no se tiene ese detalle, sino que se cobra hasta la bolsa», ironiza Vicente. Su familia gestiona este pequeño establecimiento desde los años treinta. En sus estantes siguen ofreciéndose las legumbres, la especialidad de la casa. Las morcillas y chorizos cuelgan junto a un cartel que reza: «Aun en los peores momentos, qué grande ser bético», porque Vicente es del club de las trece barras. «El socio 162 del Real Betis Balompié», presume Vicente.

Se hizo cargo del negocio en el año 1969, tras 20 meses de servicio militar voluntario y abandonar sus estudios de Aparejadores. Este pupilo de Alfonso Guerra renunció a su vocación por cumplir el deseo de su padre, conservar el comercio de su familia. «Me la jugué», recuerda.

Un detalle de Ultramarinos LucasSu padre, Lucas, de quien toma el nombre este establecimiento de ultramarinos, vivió una de las grandes transformaciones de la zona. «Almacenes Vázquez se hizo poco a poco con los negocios de toda la vida, menos con nosotros; mi padre rechazó muchas ofertas, yo no tantas», explica Vicente. También ha visto cómo las calles del centro se han ido vaciando poco a poco.

«Antiguamente en Puente y Pellón estaba la fonda de la Montaña, y la zona era frecuentada por señoritas que hacían la calle, lo que atraía a muchos muchachos de los pueblos», recuerda Vicente. «En la plaza de la Encarnación paraba el tranvía, o los autobuses, conocidos como ‘el Pegaso’, con la gente de la comarca», detalla. «Llevaban las pellizas a coser a los Almacenes Siete Puertas y de paso aprovechaban el paseo para comprar en los muchos ultramarinos que había en el entorno», asegura.

Rápidamente enumera a compañeros que dejaron su misma actividad. «Casa Marciano, en la calle Liñeros; El Grano de Anís, en Laraña; Las Canarias, en Santa María de Gracia; Los Tres Leones, en Cerrajería; o Sosa, en la plaza de la Encarnación», recuerda. Los únicos que quedan, ellos: Ultramarinos Lucas.

La despoblación de las calles del centro también ha dejado al borde del precipicio a este tipo de tiendas. «En la calle Goyeneta y en Compañía existían corrales de vecinos, ahora apenas hay vecinos viviendo en la zona», argumenta el tendero.

La competencia de las grandes marcas, asumible. «Mi padre decía, he visto cerrar negocios por vender mucho», recuerda Vicente. «Nosotros ofrecemos calidad y tenemos nuestro margen para poder subsistir», afirma el dueño de este ultramarinos. Pero lo peor ha sido la crisis actual. «2012 ha sido el año en el que menos se ha vendido desde que entró el euro», confiesa. «Nos mantenemos, que no es poco», afirma.

Vicente tiene 64 años, le restan escasos meses para los 65. Y de la jubilación, ni hablar. Su sobrino le echa una mano. Es la próxima esperanza de la familia. A él le corresponderá mantener un legado fraguado al ritmo del soniquete de la caja registradora.