En la barriada La Rosaleda de Transportes Urbanos hace 14 años que nació un local diferente: Bodega Mi Tierra. Su novedad está en que este negocio, que regenta su dueño, Carlos Alberto Fernández, ha sabido conjugar tradición y vanguardia, o como lo define su propietario «ofrecemos comida clásica pero tuneá». «Le damos una vuelta de tuerca al clásico bar de barrio ya que tal y como están las cosas en el mundo de la restauración, o te diferencias o tienes poco que hacer aquí», declara el titular.

Su apuesta ha sido muy bien recibida por los vecinos del entorno, quienes acuden al establecimiento buscando ese punto creativo y original en sus platos, entre los que destacan las croquetas de gambas al ajillo, de rabo de toro o de jamón y almendras; el solomillo de ternera o  el entrecot de Ávila, así como el plato estrella: la «Gamba-burguer». «Nuestra hamburguesa de gambas se hizo con el primer premio en la sección de montaditos del concurso ‘Sevilla en boca de todos’ en 2012. Tiene mucho éxito entre los clientes», señala Fernández.

Los orígenes de Bodega Mi Tierra están vinculados al Bar Maruja, «el establecimiento que tenían mis padres y en el que yo empecé a trabajar con sólo 13 años, dando mis primeros pasos en este mundo cuando terminaba el colegio y me daban vacaciones», apunta Carlos Alberto.

Tras un periodo de tiempo empleado como botones en el sector hotelero, «a los 25 años me vi con la madurez suficiente como para montar este negocio, así que en 1998 me lancé a la aventura y hasta el día de hoy no me arrepiento lo más mínimo», señala el propietario.

Bodega Mi Tierra cuenta con unos 50 metros cuadrados de establecimiento, decorado con azulejos sevillanos y motivos taurinos. La plantilla de trabajadores la componen cuatro personas, sin contar «a la cocinera, que es mi madre, que me echa un capote con el que torear en cualquier plaza», destaca.

Carlos Alberto asegura que le «encanta» su trabajo y que «soy feliz haciendo lo que hago». Es posible que este entusiamo sea el que haya contagiado a su hijo pequeño quien, pese a tener sólo ocho años, se reafirma ya en que «quiere ser concinero».