La vanguardia de la cocina en miniatura exportada a la confitería tiene su máximo exponente en la pastelería artesana El Petisú, una cadena cuyos orígenes se remontan al año 73 y al barrio del Cerro del Águila.

«El linaje pastelero de mi familia viene de mi bisabuelo, pero fue mi padre, Rafael Gavira, quien junto con mi madre, Blasa Álvarez, se embarcaron  en noviembre de 1973, antes de ser matrimonio, en la aventura de abrir un negocio dedicado exclusivamente a la pastelería artesana, en la antigua calle Santuario de las Cabezas (hoy Párroco Antonio Gómez Villalobos)», declara Adán Gavira, gerente del local.

Desde entonces, la presencia de El Petisú en el barrio ha sido una constante. Actualmente la central se sitúa en la calle José María de Pereda, donde se ubica también la fábrica que surte de pasteles al resto de locales, ya que la marca ha ido creciendo e implantándose en distintos barrios de la ciudad. Hoy, además de la pastelería-cafetería del Cerro, la familia Gavira cuenta con establecimientos en Rochelambert, en la Avenida de Los Gavilanes, en La Juncal, en Felipe II, en El Porvenir, en Luis Montoto y, fuera de la capital, en la localidad de San Juan de Aznalfarache.

La especialidad de la empresa son los «mini pastelitos»: «Fuimos los pioneros en este tipo de pastelería fina y, esta señal de identidad aún hoy marca la diferencia de la empresa», señala el hijo del fundador, quien añade que «uno de los pilares del éxito de la marca está en saber combinar las mejores materias primas con una exquisita presentación del producto», ya que, asegura, «si un pastel no entra por el ojo no hay quien lo venda».

La crisis ha hecho mella también en el sector de la pastelería mermando, «casi en un 30 por ciento», los ingresos en la empresa. No obstante, según el gerente, «el mejor contraataque a la época de las vacas flacas es saber adaptarse a las circunstancias». Así, señala que «El Petisú ha evolucionado pues, en un principio, se dedicaba sólo a la venta de pasteles artesanos. Pero iban pasando los años y nos dimos cuenta de que la gente ya no quería tomarse los pasteles en su casa, sino que quería salir fuera. Por eso, acabamos implantando el servicio de cafetería en todos nuestros locales».

Para Adán Gavira la mayor satisfacción de su negocio es «poder mantener los puestos de trabajo en estos momentos tan difíciles», aunque lamenta «el enorme sacrificio que supone llevar adelante la empresa, que no existen los descansos ni los festivos y que hay que aprender a vivir con las preocupaciones». Por ello afirma que, aunque le gustaría que sus hijos continuaran con la larga tradición familiar, «no quisiera que su única actividad fuese la confitería, así que les animo a estudiar otras carreras».