No está durmiendo. Sigue velando con y por nosotros. El pasado día 21, don José Moreno Vega, «nuestro Cura Pepe», nos dejó tras una experiencia vital sumamente interesante. Los que tuvimos la suerte de conocerlo más próximamente y gozar de su amistad, sabemos de su dedicación a «lo religioso» pero «desde lo humano», matiz que resalta su bonhomía. No es momento de hacer un recorrido por su -rica- biografía; sólo resaltar algunos aspectos de ésta.

Su atención a la Secretaría del cardenal Bueno Monreal en unos tiempos difíciles, su desempeño como rector del Seminario Menor de Pilas, su primer contacto como responsable parroquial en Huévar, su nombramiento como párroco de la actual parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles y Santa Ángela de la Cruz, caracterizan su optimista, fuerte y creativa personalidad. Su mente bullía permanentemente en proyectos que tenían como objetivo fundamental la mejora de la parroquia como fórmula para integrarla en el barrio al que se debía.

La parroquia ha sido su vida: llegó cuando sólo existía su nombre. Su trabajo y empuje arrastró a un buen puñado de fieles y amigos, a los que comprometió en una «operación ladrillo» con la que se levantó el templo, y día a día, domingo a domingo, fue construyendo una comunidad parroquial viva, proyectada en actividades orientadas tanto a los más mayores como a los niños, a jóvenes y adultos.

Un paseo con él por el ámbito geográfico de la parroquia se hacía interminable por las múltiples salutaciones que efectuaba, con independencia del compromiso religioso de los saludados.

Su labor pastoral la centraba en una teología -cristología- próxima a la persona, fundamentada en un Dios, Padre y Madre, que perdonaba siempre y al que, en consecuencia, había que amar y no ofender, en la apertura al Espíritu de Dios para que nos iluminase y nos orientase, y en el servicio a los demás, basado en el seguimiento de Jesús como concreción de su amor a Dios en la humildad («yo no soy el pastor del rebaño -decía-; me conformo con ser sólo el perrillo que se preocupa de que las ovejas no se desperdiguen»). Muy simple pero, a la vez, muy profundo. Y todo con un lenguaje sencillo y accesible. Como era él.

Su cariño hacia todos los que le rodeaban, y decimos todos , «sus ocurrencias» y su buen humor, mantenido hasta el final de su estancia con nosotros, su inteligencia aunque, en muchas ocasiones, hacía gala de una calculada ingenuidad, evidenciaban -como se ha dicho- una gran personalidad. Una personalidad al servicio de Dios y de las personas.

Todas la eucaristías las finalizaba con «Dios nos quiere infinitamente, por lo que ¡háganme el favor de ser felices!»

No lloréis ante mi tumba. No estoy ahí. No morí. Te haremos siempre caso, Pepe. No has muerto para nosotros. Procuraremos ser felices.