Autismo Sevilla abre sus puertas para adentrar a los interesados en un mundo tan igual como distinto, en un universo tan duro como gratificante. Conocerlo es sentirlo y sentirlo es integrarlo. Daniel López es el guía y la visita comienza ya.

La charla empieza y tras ella un video explicativo y emotivo sobre el autismo y la labor que se desarrolla desde la asociación. Uno de cada 166 niños nace con autismo. Comunicación, integración e imaginación son la triada, estas capacidades se desarrollan muy deficientemente en las personas con autismo. En mayor o menos grado cada una de ellas son la seña principal de que una persona sufre esta patología.

Las creencias sobre esta discapacidad, los mitos, la falta de información y de recursos terminó jugando a favor porque fue lo que empujó a un grupo de padres a crear Autismo Sevilla, una asociación gracias a la cual más de 400 personas han mejorado su calidad de vida. Acogida y atención a la familia, evaluación y diagnóstico, colegio de educación especial Ángel Rivière, atención temprana, gabinete, servicio de autonomía personal, integración en la comunidad y la unidad de estancia diurna Ángel Díaz Cuervo son los servicios que abarca esta asociación.

Una vez se ha comprendido todo, hecho preguntas y aclarado cada de talle de la labor que realizan desde Autismo Sevilla, comienza el paseo por las instalaciones. Al atravesar el patio se encuentra un pasillo, paredes blancas y jaleo propio de un centro educativo. Del fondo del pasillo, de la puerta de la izquierda, llega un olor a comida que a cualquiera abre el apetito. Los niños comienzan a salir por turnos al comedor, primero los más pequeños y después los más mayores.

Una pegatina de un lavabo, otra de un plato de comida y otra de un cepillo de dientes establecen qué es lo próximo que hay que hacer. En una pizarra individual a modo de agenda, los alumnos del colegio Ángel Riviére ponen con imágenes lo que tienen que hacer «es como nuestra agenda solo que mientras nosotros escribimos lo que tenemos que hacer ellos lo entienden mejor mediante dibujos, la organización es fundamental para una persona con autismo, no saber qué hacer les puede producir agobio», explica.

El pupitre mira a la pared, porque hay que aprender a concentrarse. El ordenador es la herramienta fundamental «eso de darle a un botón y que se hagan las cosas les encanta». Un rincón para el descanso con una colchoneta, algun que otro juguete y música. Con variaciones según el nivel, así son las clases del Ángel Rivière, adaptadas a sus necesidades, motivaciones y dispuestas a conseguir el desarrollo de los alumnos.

Atravesamos otro pequeño patio y entramos en la unidad de estancia diurna, aunque lo de «estancia» es relativo, los usuarios están siempre haciendo actividades fuera del centro. El interior es cirular, en el centro un pequeño invernadero donde los usuarios hacen sus labores de jardinería. Las paredes del patio son de cristal, de este modo se puede ver en todo momento lo que ocurre en el pasillo que le rodea.

Al entrar también huele a comida, aunque esta vez a postre. A Rafa se le ha ido la mano con el brownie de chocolate, un par de minutos menos en el horno le hubiesen dejado buen color. Con sus instrucciones visuales en la pared, Rafa ha hecho un brownie y un pastel de chocolate en la cocina de la unidad. Es en esta cocina donde en unos meses «desayunarán los compañeros de aquí, en vez de pagarle al bar le pagamos a ellos y a su vez los usuarios se habituan aun horario, a un saber estar en un trabajo y a realizar una tarea con cotidianeidad».

El pasillo está lleno de puertas, unas de colores y otras en tonos crema que son las informativas, es decir, donde los usuarios entran organizan lo que hacen ese día, se cambian de ropa y manos a la obra. Las de colores son las de serigrafía, la de informática, la cocina, la de descanso o la del botiquín, donde cada semana los monitores se visten de médicos (con bata, mascarilla y fonendo) para simular una situación tan corriente como ir al médico y que a las personas con autismo puede parecer muy violenta si no la conocen.

Al entrar en la sala de ocio un joven se levanta, «hola, yo soy David» y ofrece su mano en señal de saludo, posteriormente vuelve a sentarse en su sitio a seguir viendo la tele. Un gesto que parece corriente y sencillo pero que esconde años de esfuerzos que nacen de esta asociación. Como David son muchos los que hoy han ganado la lucha entre «vida plena vs vida plana».

Es la hora de marchar, la salida es diferente existe la sensación de haber aprendido algo muy importante, de haber conocido un mundo tan igual como distinto, un universo tan duro como gratificante.