Hace pocos días, Luisa Solano, cumplía años. Hubo que reservar un gran salón porque su familia es muy grande: seis hijos, diecinueve nietos, veintiún bisnietos y tres tataranietos. Una herencia humana que no quiso perderse cómo «la abuela» soplaba 105 velas.

Luisa es todo corazón. Una mujer que ha trabajado como nadie ya sea en el campo, lavando o pintando que a duras penas tenía para comer y darle de comer a sus hijos. Un esfuerzo, un sacrificio que se le ha devuelto en forma de años. La vida le ha regalado la alegría de conocer a sus diecinueve nietos, a sus veintiún bisnietos y hasta a tres tataranietos.

Cuando le preguntan su edad, con mucho arte contesta: «un siglo y cinquito más, ¿esto cómo puede ser?». Si no lo sabe ella, no lo saben los demás. Ni dietas perfectas, ni gimnasios, ni cremas milagrosas es «su fortaleza» como dice Paca, su nieta. Para ella, su abuela es «lo máximo» todos dicen que se parecen mucho y a la nieta se le llenan los ojos de lágrimas cuando piensa lo que significa Luisa para ella.

«Era la criada de su casa» cuenta Rosario, su hija, haciendo referencia a lo dura que ha sido la vida de Luisa. Lo que más desea es tener su casa, en cien años no ha tenido un hogar en propiedad, un lugar que fuese realmente suyo «siempre hemos vivido de prestado» dice su hija, lamentando que, desgraciadamente, en tantos años de vivencias Luisa nunca habrá recogido ese sentimiento.

Siempre dispuesta, siempre con cariño, esta centenaria ha creado una familia de las que ya no quedan. «El concepto de familia que tiene ella, ya no existe» explica Paca, «ese sentimiento de estar siempre unidos, de que en todos los grandes momentos tenemos que estar todos, esa unión que nos ha inculcado la mantenemos gracias a ella». Una vida de lucha que ha dado para y por los suyos. Pero como es lógico ha vivido muchos nacimiento pero también fallecimientos. Su marido, sus hermanos, una hija y dos nietos ha dejado Luisa en su largo camino.

Luisa es el pegamento de esta gran familia, en sus ojos esconde un centenar de historias que no cabrían en un libro pero que, con los brazos abiertos y el corazón en la mano, ha querido compartir con Sevilla Ciudad. Otro alumbramiento, el de esta casa, que vive Luisa y que, como todos los anteriores, queda impregnado de su esencia.