El negocio ya no es lo que era. Cada vez hay más gente que, como usted está haciendo ahora, querido lector, repasa las noticias del día en Internet. En estos tiempos, lo gratuito prima sobre lo oneroso, y esto bien lo sufre el papel con olor a tinta que cada día sale de las rotativas. Testigo y víctima del importante descenso de ventas de prensa diaria es Miguel Ángel Delgado. Su quiosco, en la avenida de República Argentina, junto a Plaza de Cuba, se mantiene en pie desde el año 1966.

Casi 50 años han pasado ya desde que su padre, Juan Delgado, fundara este establecimiento ubicado en un «lugar estratégico», según declara uno de sus clientes más veteranos, Francisco, al recoger el periódico que siempre le guardan.

Miguel Ángel Delgado lleva varios años al frente del negocio, desde que su padre tuvo que retirarse por problemas de salud. Reconoce que la ubicación es inmejorable, zona de paso para muchos, lugar de residencia para otros. «Ahora hay menos prensa que antes, son más fascículos, revistas, etc. En total, vendemos unos 180 periódicos al día. Y 200 ejemplares sólo de ABC era lo que solíamos vender en las épocas buenas», explica Delgado.

Este joven quiosquero ha visto cómo poco a poco se han ido incorporando más productos a la venta. Empezaron con diarios y hoy día ponen a disposición del cliente una mayor oferta: mecheros, tabaco, golosinas, patatas fritas, bebidas, recargar el móvil o el bonobús… Una variedad que atrae a más público y pone remedio a la crisis del papel.

Pertenece a la Asociación de Vendedores de Prensa y es consciente de la difícil situación que atraviesa el sector. Muchos quioscos han tenido que echar el cierre, pero éste, resiste. «Para mí es un lujo que sigamos vendiendo aunque las ventas hayan descendido», confiesa.

Delgado asegura que es un trabajo «sacrificado», con un horario ininterrumpido desde las 06.45 hasta las 21.30 horas. «No podemos cerrar a mediodía porque tardamos una hora en montarlo todo, y otra hora en desmontar», expone. Además, cuando la mayoría disfruta de los días festivos, a ellos les toca vender.

Ante el ajetreo incesante y el ir y venir de chucherías, mecheros o periódicos, Delgado aclara que el verdadero problema que sufren los quiosqueros son las distribuidoras. «Lo bueno del papel es que devuelves lo que te sobra, pero no hay control sobre ello. Dejamos los ejemplares en la taquilla, y la distribuidora abre desde fuera y los recogen, pero normalmente las cuentas no cuadran», explica. Y es que, por esos periódicos o revistas que no se venden, les descuentan el dinero del importe a pagar. «Pero suele haber diferencias y no coinciden los ejemplares que yo dejo con los que ellos me descuentan, la mayoría de las veces, ellos afirman que he dejado menos», apunta. Sin ningún tipo de control ante el cálculo de estas cifras, este colectivo se encuentra desamparado. Según manifiesta Delgado, no hay forma de demostrarlo, y por ello muchos pierden dinero. «Si hubiera algún tipo de control, funcionaría todo mucho mejor».

Miguel Ángel Delgado continúa atendiendo. Augura que se venderán pocos periódicos en un futuro. Una señora le pregunta por unas sartenes. Se marcha, volverá cuando lleguen los tan ansiados recipientes. Confirma, así, la conjetura. Efectivamente, el  quiosco de prensa ya no es lo que era… y la prensa, tampoco.