La historia de Ángela es una de esas que difícilmente pasan inadvertidas. Posee una fuerza de voluntad que la ha llevado a dar un paso tras otro hasta alcanzar su objetivo. Sus ojos color miel son tan expresivos que en cada mirada transmiten ilusión. Su gesto, firme y educado, es muestra del tesón que ha puesto para saltar cada obstáculo que la vida, por su origen, le haya podido dificultar en la conquista de su sueño. En el trato, desprende nobleza. Ni pestañea cuando dice que es «gitana» y de «las Tres Mil viviendas». Nunca lo ha negado, ni lo niega, ni lo negará. Renegar de sus orígenes sería traicionarse a sí misma. Pero ella ve más allá. Siempre será gitana, aunque es consciente de que puede ser y hacer, además, otras muchas cosas.

En su primer día de prácticas en el Centro Cívico Hogar San Fernando, en La Macarena, asegura que la Escuela Taller le ha abierto las puertas. Ángela Fernández lleva años en la Fundación Secretariado Gitano, y desde hace dos participa en la Escuela Taller «Dinamización de Servicios de Información y Atención Comunitaria». Un curso creado por la Fundación en su labor y empeño de promocionar y dar a conocer los valores de la cultura gitana, por lo que han organizado las denominadas Rutas Culturales. «Principalmente nos encargamos de hacer las rutas a pie y vamos explicando los monumentos o edificios, muchos de ellos desconocidos porque no tienen placa identificativa», explica Fernández. Desde la red de Centros Cívicos del Ayuntamiento de Sevilla, el área de Participación Ciudadana y Coordinación de Distritos colabora en la promoción de estas rutas apoyando la realización de prácticas laborales.

Así, 20 jóvenes pertenecientes al curso van rotando en sus prácticas profesionales por diferentes Centros Cívicos para atender al público, dar publicidad a las rutas y ejercer como guías turísticos. «Casi todos los jóvenes pertenecemos a barrios marginales, como yo, que soy de las Tres Mil Viviendas, pero también hay chicos de Torreblanca, de los Pajaritos, de la Macarena e incluso una compañera es de Ecuador», apunta Fernández.

La suya ha sido una historia de superación. Aunque obtuvo el Graduado Escolar con 16 años, tuvo que dejar el colegio. «Unos años después volví a estudiar, y para mí es un gran orgullo, le doy las gracias a mi padre porque me ha dejado hacerlo y he podido relacionarme con otras personas», manifiesta. «La Fundación ha buscado sacarnos del barrio, para que trabajemos, seamos alguien en la vida, que sepamos lo que valemos, que servimos para más cosas, no sólo para ser gitana y ama de casa», expone orgullosa. En el curso, afirma que le han enseñado a expresarse, a hablar en público y a relacionarse, incluso han recibido algunas nociones básicas de inglés. «No se trata del dinero, sino de lo que aprendemos y de la formación que nos dan, y de valorarnos como gitana y como persona, que eso es mucho para niñas gitanas como yo. Los estudios abren muchas puertas y es bueno que no se encierren en el entorno familiar», sentencia.

Partiendo barreras
Gracias a las Rutas Culturales, toda la historia que han aprendido y los conocimientos adquiridos pueden difundirlo a los ciudadanos que deseen realizarlas. Para ello, hay dos opciones: la Ruta Centro – Alameda «Un siglo de cante en el centro de Sevilla», y la Ruta «Triana, un mundo de arte», tanto en horario de mañana, tarde o la ruta nocturna. El ciudadano interesado puede solicitar de forma gratuita estas visitas, y para ello debe inscribirse previamente. Así, dan a conocer lugares casi olvidados, por lo que esta labor cultural desempolva parte de la historia de muchos personajes y lugares históricos para su divulgación.

Además, en sus prácticas, los alumnos de la Escuela-Taller han pasado por oficinas de turismo, la bienal de flamenco e incluso el festival de cine europeo.

«Hemos aprendido mucho, sobre todo a expresarnos, porque aunque no queramos, entre nuestra raza y encima el barrio, ya te discriminas tú misma», apunta esta joven. Tanto es así, que Ángela asegura que nota la diferencia cuando vuelve a las Tres Mil Viviendas después de su jornada laboral. «Mi gente me dice que me estoy volviendo payita, pero no es eso, es que ahora soy más educada, te tratan de otra manera, tú hablas de otra manera, corriges a tus hermanos… Y si yo voy partiendo barreras, mis hijas las irán partiendo también», sostiene. Ella es la cuarta de seis hermanos, y sólo ella y su hermana mayor han continuado los estudios. Afirma que ha conocido gente que, de haberse quedado sólo en el barrio, nunca hubiera llegado a tratar.

Ahora tiene otra percepción de la vida y de todas sus posibilidades. No descarta llegar a ser auxiliar de clínica, lo que siempre ha soñado pero su padre, «por miedo», no la dejó. «En la Fundación nos hacen hincapié en que por ser gitanas no somos menos, no por eso tenemos menos valor que otra persona. Podemos trabajar también», expone.

Su empeño por formarse le ha llevado a esforzarse todo lo que ha podido para aprender las rutas, estudiarlas, «y alguna palabra que no entendía, la buscaba en el diccionario». Ángela Fernández nunca negará sus orígenes. «Estoy muy orgullosa de venir de donde vengo, pero sin los estudios no somos nada, y hay que salir a la sociedad para tener un trabajo y relacionarte con otra gente, si no te abres puertas, te cierres a ti misma». Por ello, concluye con una frase clara y concisa: «animo a todas las niñas gitanas y no gitanas a que estudien y se sigan formando como mujer y como personas, para que el día de mañana sus hijos y ellas mismas tengan un mejor futuro».