Decía Federico García Lorca que «el más terrible de los sentimientos es el de tener la esperanza perdida». Ellos pueden estar tranquilos porque su lucha diaria para ayudar «al que nada tiene» les hace mantener bien viva la esperanza por «transformar» las zonas más desfavorecidas. Sin más remuneración que la de la satisfacción por el «deber social» cumplido y por ayudar al que más lo necesita, la Asociación «Aliento» continúa, 20 años después, atendiendo a familias desamparadas. Jóvenes, estudiantes y profesionales de distintos sectores componen esta asociación benéfica, que nació sin ánimo de lucro en el año 1993.

Mª Ángeles Moreno fue su fundadora y tras su fallecimiento, dejó la asociación en las buenas manos de otros voluntarios. Entre otros proyectos, se creó uno muy especial dedicado a los más pequeños en una barriada marginal de Sevilla, la Guardería Mª Ángeles [en honor a la fundadora], ubicada en el asentamiento chabolista de El Vacie. «Todo empezó porque Mª Ángeles trabajaba en la cárcel, en el módulo de madres con niños, y allí conoció a una chica del asentamiento chabolista, que estaba presa y tenía a sus hijos solos en El Vacie. Visitó la zona para comprobarlo y desde entonces, se empezó a trabajar en una guardería», explica Begoña Benjumea, tesorera y una de las responsables de la entidad. Una guardería que se creo en una de las chabolas para poco a poco, y con la colaboración del Ayuntamiento de Sevilla, de la Junta de Andalucía y las ayudas recibidas, llegar a unas «magníficas instalaciones» como las que tienen hoy día. «Antes teníamos una más pequeña, ésta es la tercera guardería, con modulares prefabricados que se inauguraron hace 4 años», apunta Begoña.

Este centro se convierte en un oasis en mitad de tanta pobreza. A primera hora, las madres traen a sus hijos con edades comprendidas entre los 0 y 3 años. Aquí toman el desayuno, se les baña y cambia de ropa, y asisten a las clases de las educadoras. Tras el almuerzo, sobre las 14.30 o las 15 horas, sus madres los recogen para llevarlos de nuevo a otra realidad bien diferente, apenas a unos metros de distancia. Por la tarde les toca el turno a los niños escolarizados del asentamiento, que asisten al taller de lecto-escritura. «En total, asisten 60 niños entre mañana y tarde. Desde que empezamos, esto ha evolucionado mucho, ya que no es sólo el trabajo con los niños, también se ha creado un proyecto de apoyo a los menores y a las familias», afirma la responsable. Todo sin coste alguno para los usuarios, a quienes también se les gestiona a través de la Guardería Mª Ángeles, según apunta Begoña, unos cheques canjeables para alimentación e higiene por valor de 100 euros que aporta la Caixa.

La integración hecha realidad

El fin es conseguir que «salgan del asentamiento, que tengan una vivienda normalizada». Para ello, se les hace un seguimiento a las familias con el objetivo de que puedan mejorar sus condiciones de vida. Todo ello coordinado con el Ayuntamiento de Sevilla. «La integración es posible. Se les hace conscientes de que tienen que salir de allí y para ello tienen que cumplir unas normas mínimas de convivencia e higiene, y el éxito de este trabajo se ha conseguido al cien por cien», sostiene orgullosa la tesorera. «Además, todos los niños de El Vacie están escoralizados, cada mañana alguien de nuestro equipo va casa por casa para que nadie se quede dormido y se monte en el autobús para ir al colegio», prosigue.

En todos estos años, la Guardería Mª Ángeles ha sufrido algún que otro incidente. Asaltos que se han producido en el propio asentamiento pero que no es más que «una manera de manifestar su disconformidad por parte de un grupo determinado de personas, para llamar la atención. Pero todos hemos llegado a un acuerdo», afirma Begoña Benjumea.

Poco a poco y granito a granito, la Asociación «Aliento» está consiguiendo su objetivo. Con la ayuda desinteresada de decenas de voluntarios, porque aquí todas las manos son pocas, van construyendo un mundo mejor, más integrado, más servicial, más solidario. ¿Que el proyecto dure mucho? La respuesta de Begoña es rotunda, y sus palabras resuenan como si las entonara en letras mayúsculas: «no. Que se acabe, porque eso significaría que se acabaría El Vacie». 25 familias han salido ya de este asentamiento chabolista. «Es posible», continúa. «Con esfuerzo y dinero se puede, pero es un trabajo que va muy despacio, en silencio, financiado y para el que se necesita mucho personal». «Aliento» no les falta. Y la esperanza, por supuesto, no está perdida.