Se lo propuso y siguió el camino para alcanzar su sueño. Con tan sólo 17 años, Juan Valdés dejó atrás su Badajoz natal para estudiar Bellas Artes en Sevilla gracias a una beca. Huérfano, sin padre ni madre, sólo al amparo de sus abuelos, tuvo que «abrirse camino» y trabajó en varios oficios. «Trabajé en una agencia de publicidad, damdo clases en un instituto, y en varias cosas que iba alternando con la pintura, hasta que fui profesor en artes aplicadas», explica Valdés.

Y hasta hoy, este artista sigue la estela de los pinceles sin cesar en su arte. «De esto no hay jubilación, el artista no se jubila nunca», asume sin pesar alguno. En varias ocasiones han pintado al Rey Juan Carlos I. «Me encargaron los retratos de los Reyes de España con motivo de la Exposición Universal del 92. Y los conocí en persona y para un evento tan importante tuve el honor de que posaran para mí, para hacerles el retrato», comenta. Retratos ha pintado muchos, y asegura que es lo más difícil. «Me gusta más la figuración, componer con figuras me llena más».

Desde que se instaló en Sevilla, su barrio «adoptivo» ha sido el de la Macarena. «Aquí tengo mi casa y también mi estudio. Me identifico más con este barrio que con Bajadoz, porque uno es de donde quiere, el nacimiento es un accidente, y yo aquí es donde quiero vivir», apunta contundente. 53 años en Sevilla que le han dado una familia: mujer, dos hijas y tres nietos.

Admira a todo el mundo del arte. «No quiero caer en los tópicos de Murillo, Velázquez o Goya, que por supuesto, los admiro, pero también a todo aquel que se pone delante de un lienzo y tiene la inquietud y la sensibilidad para pintar», expone. Y es que, como asegura Juan Valdés, la carrera artística, del género que sea, es vocacional. «Indudablemente, todo eso hay que llevarlo a una disciplina, un rigor basado en un oficio, aunque hay muchas formas de aprender. Los estudios hay que tenerlos y también depende de la capacidad de cada uno», sostiene. De su amplio legado pictórico, no podría elegir una sola obra. Y para ello, pone un ejemplo remitiéndose a unas conocidas letras: «si me enamoro algún día, me desenamoraré, para tener la alegría de enamorarme otra vez». Lo dicho, busca el encuentro constante y vocacional con su arte porque «cada idea va supliendo a la anterior».