Gustavo Adolfo Bécquer quiso dejar su huella en la historia en un lugar muy particular situado en la Avenida Sánchez Pizjuán, junto a la barriada que actualmente se denomina Las Golondrinas.  En la etapa de 1890 a 1910 se crearon diversas ventas en las cercanías de la ciudad. Fundamentalmente, tenían una clientela dominguera y matinal y, con frecuencia, de carácter familiar; si bien, existían otras con un matiz más propio de adultos de la nocturnidad.

Estas verdaderas «instituciones sevillanas» se situaban en muchos lugares de la geografía de Andalucía, la carretera de Carmona y Alcalá y las que delimitaban caminos de Utrera, Dos Hermanas y San Juan de Aznalfarache. Dentro del catálogo nominal figuran las de Antequera, Eritaña, Charco de la Pava, Pinichi, Los Gatos, La Conejera, La Manigua… También poseyeron un rango similar: El Recreo de Victoriano, El Bodegón de la Pañoleta y el recreo de la Barqueta.

Las impresiones de este escritor célebre quedan plasmadas en sus obras de rimas y leyendas e impregnan el sabor de esa Sevilla de huertas y terrenos sin construcción alguna. El progreso y el inevitable paso del tiempo dio lugar a la llegada de la industrialización con el aumento de la producción y las necesidades propias de una ciudad en pleno desarrollo.

Todo en la barriada que se sitúa junto a la venta de los gatos hace alusión a la obra artística de Bécquer: las Golondrinas, la calle Rayo de Luna, Gota de Rocío, Romanticismo, Rosa de Pasión entre otras. Así las rimas y leyendas del autor también quedan reflejadas en estas calles.

Bécquer, dejó así el testimonio del nacimiento de aquel famoso ventorrillo y que gracias a su descripción exhaustiva podemos saber algo más de aquella época dorada de este lugar emblemático y el carácter de las personas que lo frecuentaban, así, cuenta la leyenda que «En Sevilla, y en mitad del camino que se dirige al convento de San Jerónimo desde la puerta de la Macarena hay entre otros ventorrillos célebres, uno que por el lugar en que está colocado y las circunstancias especiales que en él concurren, puede decirse que era, si ya no lo es, el más neto y característico de todos los ventorrillos andaluces».

También esta otra, «figuraos una casita blanca como el ampo de la nieve, con su cubierta de tejas rojizas las unas, verdinegras las otras, entre las cuales crecen un sinfín de jaramagos y matas de reseda. Un cobertizo de madera baña en sombras el dintel de la puerta, a cuyos lados hay dos poyos de ladrillos y argamasa. Empotradas en el muro que rompen varios ventanillos abiertos a capricho para dar luz al interior, y de los cuales unos son más bajos y otros más altos, éste en forma cuadrangular, aquél imitando un ajimez o una claraboya, se ven, de trecho en trecho, algunas estacas y anillas de hierro que sirven para atar las caballerías. Una parra añosísima que retuerce sus negruzcos troncos por entre la armazón de maderas que la sostiene, vistiéndose de pámpanos y hojas verdes y anchas, cubre como un dosel el estrado, el cual lo componen tres bancos de pino, media docena de sillas de enea desvencijadas y hasta seis o siete mesas cojas y hechas de tablas mal unidas. Por uno de los costados de la casa sube una madreselva agarrándose a las grietas de las paredes hasta llegar al tejado, de cuyo alero penden algunas guías que se mecen con el aire, semejando flotantes pabellones de verdura. Al pie del otro corre una cerca de cañizo, señalando los límites de un pequeño jardín, que parece una canastilla de juncos rebosando flores.

Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras, de hombres, mujeres, chiquillos y animales formando grupos a cuál más pintoresco y característico: aquí, el ventero, rechoncho y colorarote, sentado al sol en una silleta baja, deshaciendo entre las manos el tabaco para liar un cigarrillo y con el papel en la boca; allí, un regatón de la Macarena, que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla mientras otros le llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos; más allá, una turba de muchachas, con su pañuelo de espumilla de mil colores y toda una maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta, y chillan, y ríen, y hablan a voces en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos árboles, y los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y las bandas de gentes del pueblo que hormiguean en el camino; dos borrachos que disputan con un majo que requiebra al pasar a una buena moza; un gallo que cacarea esponjándose orgulloso sobre las bardas del corral; un perro que ladra a los chiquillos que le hostigan con palos y piedras; el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado; el chasquear de los látigos de los caleseros que llegan levantando una nube de polvo; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, y golpes en las mesas, y palmadas, y estallidos de jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraños y discordes que forman una alegre algarabía imposible de describir… De esto ya hace muchos años: diez o doce lo menos…

Pocos días después abandoné a Sevilla, y pasaron muchos años sin que volviese a ella y olvidé muchas cosas que allí me habían sucedido; pero el recuerdo de tanta y tan ignorada y tranquila felicidad no se me borró nunca de la memoria. Como he dicho, transcurrieron muchos años después que abandoné a Sevilla, sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo pasaba algunas veces por mi imaginación como una brisa bienhechora que refresca el ardor de la frente.

Volvimos a la ciudad y pasó aquel día y pasaron algunos otros más sin que yo pudiese desechar del todo la impresión que me había causado una noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi historia de la muchacha morena no tenía ya fin, pues el inventado no podía concebirla, antojándoseme inverosímil un cuadro de felicidad y alegría con un cementerio por fondo».

Se distingue el contraste entre el tiempo pasado y presente, las buenas impresiones del pasado se tornan ausentes y nostálgicas en el presente. La imagen de aquel ventorrillo en medio de las huertas quedó para el recuerdo, inmóvil a los designios del paso del tiempo, sus paredes hablan de plenitud y decadencia, de alegría y desazón, en las sobrecogedoras palabras de Bécquer fluyen los intensos recuerdos cargados de simbolismo.

También el recuerdo a Bécquer ha llegado a diferentes puntos de la ciudad, el Parque de María Luisa ha sido el escenario de una representación teatral para conmemorar el 178 aniversario del nacimiento del poeta, escritor y novelista Gustavo Adolfo Bécquer, que nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836.