Procedente de Manila, de ahí su nombre, el mantón llegó a Sevilla hace ya muchos siglos. Protagonista de «tablaos» flamencos, de ferias, de tardes de toros, de fiestas, y estrella de los talleres del distrito de Nervión. Es uno de los cursos más solicitados, ya sea por su tradición, belleza o alto precio en el mercado, muchas vecinas del barrio solicitan aprender a coser mantones.

Más de 20 son las afortunadas que cada lunes se reúnen a partir de las cuatro y media de la tarde en el Centro Cívico La Buhaira para formarse en este legendario arte. Mujeres de todas las edades, desde los treinta a los ochenta. Cada una con una finalidad, unas los confeccionan para lucirlos ellas mismas, otras para que lo paseen sus hijas y las más mayores como regalo de recuerdo para sus nietas. Lo mejor de todo: «El orgullo de saber que lo has hecho tú misma», ese es el sentimiento que tiene Nuria, una de las alumnas, cada vez que alguien le pregunta qué quien ha hecho el mantón. Ella es una veterana, lleva siete años acudiendo al taller, actualmente está bordando el tercero.

Siete años, lleva también impartiendo los cursos Rosario Solís en Nervión, ella es de Villamanrique de la Condesa, una de las cunas del bordado, se crió entre agujas, sedas, hilos y bastidores. Es una experimentada profesora porque además de «haber nacido cosiendo», como ella dice, lleva desde el año 1991 impartiendo estas clases en los diferentes distritos de la ciudad. Según cuentan sus alumnas, es muy buena profesora, además de enseñar, les hace pasar un rato agradable.

Los halagos y las buenas palabras se suceden durante las tres horas que dura el taller. Es un grupo muy amable, se llevan bien, Rosario dice que es como una terapia, «muchas trabajan y tienen cosas que hacer, incluso no pasan por sus casas al mediodía, directamente se vienen para acá, tienen mucha fuerza de voluntad». «Yo tenía depresión, no tenía ganas de nada y no quería volver a venir, entre todas me han animado, sigo viniendo y aquí me olvido de todo», cuenta una de las alumnas.

No sólo es terapia, es aprendizaje, es la satisfacción hacer un trabajo que necesita muchas dedicación y horas. Rosario destaca que la mayoría de las asistentes repiten un año tras otro, «si una profesional tarda en hacer un mantón un año, una principiante tarda tres». Las aprendices se llevan la tarea a casa. Declara Carmen que a ella no le da pereza, todo lo contrario, que le relaja, «mi marido no entiende como no me canso, pero es que me entretiene mucho».

Para Rosario es su vida, y esta pasión se la trasmite a todas sus alumnas que desmienten con sus declaraciones todas las viejas creencias de que la vista se pierde cosiendo mantones y que la espalda se resiente. Todas están perfectas y deseando seguir muchos años más rodeadas de bocetos, tejidos y colores.