En la calle Almonacid 9, en San Bernardo, existió durante más de cuarenta años el «Colegio Doña Nati», regentado por Natividad Martínez. Esta vecina del barrio, que nació en 1900, se encargaba de dar clases a las niñas del barrio. Han pasado ya unos años desde que esta profesora  falleciera y sus antiguas alumnas y familia quieren rendirle un homenaje poniéndole una placa en el lugar donde compartió tantos conocimientos.

Allá por los años 20, Natividad decidió montar una escuela en su propia casa para los niños de San Bernardo, en un hogar donde vivía con su hermano y la familia del mismo. Todos participaban en un proyecto que nació de la buena voluntad de esta querida profesora. Las puertas de la casa siempre estaban abiertas para el aprendizaje, matemáticas, lengua e incluso materias como costura hacían de este lugar un improvisado colegio.

Antes de la guerra niños y niñas asistían a las clases de «Doña Nati»» por una peseta. Tras la guerra el colegio pasó a ser sólo para niñas. Las antiguas alumnas recuerdan que ellas se encargaban de llevar la sillas para sentarse, todo lo demás corría a cargo de Natividad. Ella daba clases, limpiaba, pintaba las paredes del aula, incluso hacía los arreglos de la electricidad, una mujer «todoterreno» que dedicaba su vida a estas niñas. «Cada tarde, al finalizar la jornada lectiva, se arrodillaba y con una bayeta fregaba el patio donde impartía clases para que estuviera impecable para el día siguiente». Lola Martínez Jiménez, sobrina de Natividad, cuenta que no tenía pereza por nada. Desde muy temprano acogía a las niñas en su hogar para enseñarlas a través de juegos.  Clases durante todo el día, de diez de la mañana a cinco de la tarde, Lola cuenta orgullosa que, «las niñas de Nati leían periódicos con cuatro años».

Estas pequeñas estaban más preparadas que cualquier alumno de otro colegio, las madres sólo querían llevar a sus hijas a esta casa del barrio de San Bernado. Enfrente estaba el colegio público,«el de la calle ancha», como lo recuerda Lola. El colegio y Natividad tuvieron que llegar a un acuerdo para que las escolares asistieran a este centro homologado. Cuando hacían la comunión  pasaban a formar parte de la escuela. Tanto echaban de menos sus horas en casa de Nati, que cuando llegaba el verano, el zaguán de la residencia de la maestra se llenaba con más de ochenta niños para jugar y aprender.

Cumplido los sesenta sus sobrinos «la jubilaron», cada uno de ellos le pasaba mensualmente un sueldo y dejó de impartir clases. Lola dice que siempre se arrepintió de haberlo dejado y que tenía una gran vocación por la enseñanza. «No tenía estudios reglados, pero educaba como si hubiese estudiado en la mejor universidad», destaca su nieta, Reyes Roldán Marínez.

Esta vecina es recordada con mucho cariño por sus alumnos, que se reúnen cada Miércoles Santo en la casa donde estaba el colegio para ver pasar la cofradía de San Bernardo, por eso se están movilizando porque quieren colocar donde estuvo la
escuela una placa para homenajearla.  El distrito de Nervión ya ha dado su consentimiento, ahora  están en trámites con los dueños de la casa actual para que esta distinción se pueda llevar a cabo.