Juan Pérez Baena tiene 92 años «93 en julio» aclara. Es bético «hasta la médula, el socio número 205» apunta. Aficionado a los toros «estuve apuntado a la escuela taurina pero no pude seguir con mi carrera porque estalló la guerra» indica, y es un gran amante del teatro «desde chico he visto muchas obras desde la butaca y a la vejez he decido a subirme a las tablas» apostilla, hace tres años decidió apuntarse al taller de teatro del centro de día de Ciudad Jardín en el distrito Nervión.

A su edad asiste dos veces por semana a los ensayos, los lunes y los miércoles coge el autobús muy temprano para estar a las diez de la mañana, junto a sus compañeros de reparto, interpretando la obra Sandias y melones  de Carlos Arniches. Durante un periodo de tiempo preparan un espectáculo que representan tras unos meses de ensayo. «Soy muy vergonzoso pero cuando estoy actuando me siento muy a gusto, la única vez que sentí nervios fue cuando representamos El Cristo moderno en el salón de actos de la Caixa, ahí si me quedé un poco bloqueado pero cuando me tranquilicé todo salió a pedir de boca».

Su primera obra la vio en Ubrique, su pueblo de nacimiento, allí tuvo su primera toma de contacto con el mundo de la farándula. Ha sido siempre una persona muy activa y actualmente lo sigue siendo, reconoce que le encanta pasear por el centro de Sevilla y que los achaques de la edad no impiden que siga saliendo. «Tengo una mujer y tres hijas que son unos soles y ellas me dan vida para que siga luchando».

Un luchador incesante

A los 21 años, por motivos familiares se tuvo que trasladar con su madre y sus hermanos a la capital hispalense. Hasta ese momento había trabajado en una marroquinería en Ubrique. Cuando llegó a Sevilla siguió ejerciendo su profesión en una fábrica pero a los tres años se quedó parado. Y sin dudarlo ni un momento, según cuenta, cogió una bici rumbo a Madrid para buscar un empleo «no podía estar sin trabajar, así que decidí probar suerte en Madrid, me acuerdo perfectamente que sólo llevaba una mochila con una lechuga, un trozo de tocino y un duro que me había dado mi madre para el viaje» declara Juan. Tardó unos días en llegar a la capital pedaleando, pero lo consiguió y también consiguió el trabajo «pero decidí volver a Sevilla porque sólo la fonda en la que me quedaba a dormir me costaba más de lo que ganaba». Ésta tan sólo es una de las anécdotas de una vida llena de aventuras, 92 años de historias que Juan ha relatado con orgullo.