Entre 19 y más de un millar casetas han pasado 168 años, que han recorrido un paisaje de animales, polvo y diferenciación radical de clases sociales nacido en el Prado para llegar a ser tablero de la estructurada ciudad de geometría efímera y la cierta uniformidad que equipara la superficie humana que se concentra hoy en Los Remedios.

Volver la vista atrás, gracias a escritores y crónicas periodísticas, al siglo del nacimiento de la feria puede llegar a ser, además de un ejercicio apasionante, un argumento imprescindible contra el talibanismo de los defensores de un hipotético purismo de los usos y costumbres de una de las dos contrapuestas fiestas con más repercusión fuera y dentro de la ciudad.

Porque ha sido una constante tan recurrente la apelación a mantener el clasicismo de la feria que hasta el propio Gustavo Adolfo Bécquer, en 1869, sólo 22 años después de la primera feria, publicó un texto antológico en «El Museo Universal», en el que con su romántica brillantez describía. «Se compra, se vende y se cambalachea; se toca, se come y se bebe; hay palmas, cantares y borracheras más o menos chistosas, pero todo ello como adulterado y compuesto con la mezcla del elemento que llaman elegante y que algunos, tratándose de esta clase de fiestas, se atreverían a calificar de cursi». El poeta criticaba el uso del sombrero hongo y el miriñaque, frente al traje de la gente del pueblo; los preceptos de los figurines, los vestidos traídos de París, los ponis, las carretelas grand dumont, «con sus postillones de peluca empolvada»; los cafés con patés, trufas y helados frente al tenducho de venta de manzanilla; el piano contra la guitarra. Tildó todo ello de «inarmónicos detalles»… Y es fácil, por medio de la pintura, los grabados y alguna placa fotográfica, sentir el batiburrillo estético, la mezcolanza de gentes, lo variopinto de aquel escenario de la Feria. La obra de Rodríguez de Guzmán que ilustra esta página es buena muestra de la estética de los primeros años. Pueden verse en el cuadro desde los típicos tratantes a señores con sombreros de copa y trajes de corte centroeuropeo, a vestimentas de majos y majas con madroñeras y hasta una buñolera con su anafe vestida de impecable blanco al fondo.

Trajes cortos, o de majos, derivados de las clases populares, son los que vistieron las clases pudientes en aquellas primeras ferias decimonónicas, como bien puede comprobarse en las pinturas de los costumbristas con personajes sobre fondo del perfil del caserío y la Giralda. El mismo duque de Montpensier fue uno de los primeros aristócratas que se hizo retratar de esta guisa por Joaquín Domínguez Bécquer a su llegada a Sevilla para crear su Corte chica con la Infanta María Luisa Fernanda, cuyo recuerdo estará siempre ligado a la ciudad en el parque que le legó.

La primera Feria

Es de sobras conocido que el bilbaíno José María Ybarra y el barcelonés Narciso Bonaplata, empresarios emprendedores y pujantes asentados en Sevilla, inventaron para la ciudad una feria ganadera, que concedió la Reina Isabel II para los días 18, 19 y 20 de abril, y que se inaguró en 1847. Ambos eran concejales y el primero llegaría a ser alcalde entre 1875 y 1876 y primer conde de Ybarra por concesión del Rey Alfonso XII en 1877. Aquel gran acontecimiento de puro negocio estaba pensado a la perfección y tenía todos los mimbres canasteros para ser foco de atracción no sólo de ganaderos, tratantes, reses y cambalaches -carácter que iría perdiendo y que propiciaría que en 1875 se creara la feria de San Miguel-, sino de toda Sevilla y más allá de ella en las visiones de aquellos años de viajeros románticos que buscaban el tipismo por Europa.

El éxito de aquel encuentro agropecuario fue rotundo, y no sólo por su pervivencia. El mismo Ybarra se mostraría satisfecho. Hubo 19 casetas, «que vendían buen vino traído de Valdepeñas, así como en otras casetas se vendía mucho aguardiente de Cazalla y de otros lugares de la Sierra [...] Puso una caseta la acreditada buñolería del Salvador y también se pusieron los gitanos que viven en la Cava». En seis casetas se vendió chacina fresca, dos estuvieron dedicadas a los viajantes [...] En los «Arados» y en «La Fonda» se dio bien de comer: caldereta, chorizo, menudo, pescado frito y migas». Volvió locos a los sevillanos aquella primera feria, en la que la calle San Fernando fue su via principal, y tanto «El Independiente» como «La Gaceta de Madrid» lo vieron y lo reflejaron, augurando que fue un feliz «ensayo» de lo que sería en adelante.

Foto publicada en «Blanco y Negro« en 1894. Se ve a la buñolería del Salvador y junto a ella una caseta que vendía menudo y caracoles

Foto publicada en «Blanco y Negro« en 1894. Se ve a la buñolería del Salvador y junto a ella una caseta que vendía menudo y caracoles

El ecijano Benito Mas y Prat dejó a finales del XIX en «La Ilustración Española y Americana» páginas llenas de belleza y costumbrismo dedicadas a la Feria. En una de sus crónicas, de 1888, hablaba de que la Feria había alcanzado fama europea, y describía un paisaje foráneo que acogía al «despreocupado yankee, al presuntoso lusitano, vendedor de dátiles, al mercader de pieles de Australia, al ruso y el germano, el moro y el judío, el blanco y el negro». Por aquellas calendas, el Ayuntamiento alquilaba por 100 reales el esqueleto de las casetas, que se transformaban «como por encanto en nidos de palomas y camarines de Oriente», merced a un ejército de «asturianos y mayordomos de casa grande». Damasco, flores, alfombras, asienntos cómodos, armoniums, pianos y guitarras, mesas cubiertas de manteles para «la hora solemne del banquete de la familia», llenaban «estos castillos de tablas» en los que «cada señor feudal» se entregaba a sus aficiones favoritas «sin que le importen un bledo las del vecino».

En el primer «Blanco y Negro», de mayo de 1891, Salvador Rueda publicaba un «Apunte de Feria» en el que hacía convivir la tijera del esquileo con la gitanería «de cháchara pintoresca» y «gente elegante» en sus refugios de las «casillas». La revista ilustrada de ABC acudió fiel a su cita con lo que se conocía como «las ferias de Sevilla» en aquellos finales del XIX. El fecundo dramaturgo José de Velilla escribiría en 1894 una remembranza de los días feriales, con el «innumerable gentío que andando, en ómnibus, tranvía, carruajes, a caballo… acudía a la «movediza ciudad de los tres días», llena de tiendas de lona listada, casetas de madera labrada, puestos de juguetes, teatros mecánicos, barracas de saltimbanquis, tíovivos, fieras domeñadas, los polichinelas Rosita y don Cristóbal y figuras de cera, cafés y restaurantes, y detrás, aún permanecía el mercado con «chalanes y corredores de cuatropea». Remataba Velilla sobre aquel cuadro: «Andalucía es la tierra del pipiripeo, y así es el andaluz, aun en las clases humildes y trabajadoras: gasta hoy sin mirar el mañana, con rumbo de príncipe…».

Bastarían pocos años para relegar aquel germen puramente económico ligado a los sectores ganaderos en el Sur de un país que aún tardaría casi un siglo en enterarse pragmáticamente de la primera revolución industrial, cuya primera visión precisamente se localizó en el País Vasco y Cataluña.