Si la muerte iguala a todos los hombres, el 1 de noviembre, la visita al cementerio de San Fernando consigue un efecto similar. Las diferentes condiciones sociales, económicas o culturales se disipan en la peregrinación que lleva al reencuentro con los restos de los que un día partieron.

El Día de Todos los Santos es, para muchos sevillanos, un día de visita al cementerio de San Fernando. El preámbulo al Día de los Fieles Difuntos se vive desde primera hora del día con un trasiego constante por las angostas calles que separan tumbas y nichos. Los visitantes entran pertrechados con cubos, escobas y un sinfín de productos para dejar las lápidas escamondadas. No faltan las flores, ya sean de plástico o naturales.

Apostados a las puertas del camposanto, los floristas esperan el día de mayor negocio. La bulla se agolpa a la espera de ser atendidos. En días como este hay que contratar personas de refuerzo, otros arriman el hombro para ayudar a la familia. «Mi bisabuela empezó a vender flores hace 90 años, después mi abuela, mi tía y ahora nosotros», explica Javier Mejías mientras despacha flores. «Desde cinco euros las de plástico o las margaritas a 30 euros la docena de rosas», apunta.

«Se venden flores, pero menos que antes», asegura. «La gente se incinera, ya no se entierran», razona Mejías. «Además, si la gente no tiene ni para comer; para flores, menos», confirma. «Aunque estos días, el público se anima», concluye.

Gran afluencia de visitas

La imagen del cementerio el 1 de noviembre difiere mucho de un día corriente. Los transeúntes se multiplican convirtiendo el camposanto en una muestra de eclecticismo sociocultural. Personas de diferentes edades o estatus económicos comparten un mismo fin, honrar la memoria de los fallecidos allegados.

«Siempre me sorprende el ambiente del cementerio, se ve a muchas y diferentes clases sociales», confiesa Carmen mientras da lustre a la lápida de un familiar. «Me llama la atención ver a las familias gitanas con los niños y las tumbas tan barrocas y exuberantes con tantas flores», relata.

La cercanía con los restos de los fallecidos reconforta por igual a payos y gitanos. Aunque no todos vivan esta jornada de forma similar. «Los gitanos no comemos carne hoy, un pan tostado con aceite y poco más», explica Rosario Molina, una gitana de las Tres Mil Viviendas que va acompañada de su hija y su nieta a visitar la tumba de su marido. «Lloramos muchas lágrimas, los gitanos lo sentimos más que los castellanos», asegura.

Apenas se llega a ver el mármol de la lápida que no deja de mirar Rosario. No cabe una flor más. La ornamentación se complementa con figuras de cristal y un sinfín de detalles que hacen que el azul de las flores resalte por encima del blanco que predomina en el horizonte. «Si no tenemos, vamos juntando un poquillo de aquí y otro de allá», explica. «Así te vas más conforme, más aliviada y alegre a casa», confiesa.

Según avanzan las horas el público va desalojando el camposanto. «Volveremos el año que viene, si no venimos es porque estaremos  muertos, y entonces ya estaremos aquí», razona con cierta sorna Félix.