El Templete de la Cruz del Campo puede presumir de haber sido durante muchos años, desde 1630 hasta 1873, el punto y final del recorrido del único Vía Crucis callejero del mundo, y parte de lo que muchos historiadores consideran el origen de la Semana Santa. Aquí finalizaba este camino, en este lugar se realizaba la décimo cuarta y última estación.

Esta historia se remonta al año 1521, cuando Fadrique Enríquez de Rivera, I marqués de Tarifa y gran devoto de todo lo rodea a la religión, llega a Sevilla desde Tierra Santa. El marqués se había quedado prendado del Vía Crucis que se realizaba en Jerusalén y quiso celebrarlo cada año en la capital el primer viernes del mes de marzo. En un principio este Vía Crucis se iniciaba en la «Capilla de las flagelaciones», que estaba dentro de su palacio, Casa de Pilatos, y finalizaba en un pilar ubicado en la Huerta de los Ángeles, a pocas manzanas del humilladero de la Cruz del Campo, cumpliéndose así los 1.321 pasos que separaba el pretorio de Pilatos del Monte Calvario, de ahí que al actual Palacio de los Duques de Medinaceli se le llame la Casa de Pilatos.

Fue en el año 1630 cuando se cambió el origen y el final del recorrido. Comenzando entonces en la cruz que está ubicada en la fachada de la Casa de Pilatos y terminando en el humilladero de la Cruz del Campo, construido en 1380 por una cofradía de negros, y cercano al pilar donde anteriormente finalizaba.

Por el año 1950 los descendientes de Fadrique Enríquez de Rivera crean una Pía Unión junto con catorce cofradías sevillanas para recuperar dicho Vía Crucis. Entre todos pagaron los azulejos que representan las estaciones y se ubicaron en diferentes edificios de la ciudad. El paso del tiempo provocó el deterioro y la desaparición de algunas de estas cerámicas, y en el año 1995 la Duquesa de Medinaceli se encargó de reconstruir las que estaban estropeadas y renovar las perdidas.