La asociación de vecinos Raíces ha solicitado a la junta municipal del distrito que la palabra polígono desaparezca del rótulo oficial de la barriada. A su entender, el nombre actual, Polígono San Pablo, se correspondería más con un entorno industrial, «pero no es el adecuado para una barriada» compuesta por 8.826 viviendas y una población en torno a las 22.000 personas, según el último censo.

Lo que hoy suena a denominación empresarial, en absoluto tiene ese origen. A principios de los años 60 del pasado siglo, desde la creación del Ministerio de la Vivienda en 1957, el régimen franquista se propone decididamente atajar el problema de déficit de viviendas que padecían las grandes ciudades españolas. Y lo hace con una figura de planeamiento urbanístico por entonces desconocida -excepción hecha de algunas colonias obreras- en España: el polígono residencial como agrupación de viviendas generalmente en altura al margen de alineaciones y viarios preexistentes.

Lo que ocurre con la denominación de polígono es que se ha contaminado de connotaciones indeseables para sus moradores, que ven asociado en el imaginario colectivo el rótulo de polígono a conductas incívicas cuando no abiertamente delictivas por la contaminación sufrida con los otros dos polígonos residenciales construidos en la ciudad: el Sur y el Norte. Decaído el nombre, aparecieron en escena eufemismos como conjunto residencial o residencial a secas y más recientemente, parque.

Las denominaciones históricas también hablan de los valores que las inspiraron en cada época. A las ciudades jardín le siguieron los polígonos cuando se impuso la sistematización matemática hija del mecanicismo como valor que orientaba la actuación política y a ésta le siguieron los parques como evocación de las zonas libres cuando el ecologismo impregnó la acción de gobierno.

Hasta 1970, el Instituto Nacional de la Vivienda había financiado en toda España la construcción de 180 polígonos residenciales con una superficie total delimitada de 15.000 hectáreas con densidades de población muy elevadas, del orden de 500 habitantes por hectárea.

Las primeras experiencias de este tipo se dan en Madrid con el Plan de Urgencia Social de 1957, ampliado en 1958 a Barcelona y Asturias y en 1959 a Vizcaya. La construcción podía ser de iniciativa pública, a través de los instrumentos del régimen, o privada. En Madrid, Moratalaz, la Ciudad de los Ángeles en Getafe o San José de Valderas responden a este modelo. En Sevilla, la iniciativa privada se concentró en levantar el barrio de Los Remedios, dirigido a clases pudientes, mientras los poderes públicos se encargaron de atender la demanda de las clases populares.

La gran operación urbanística del polígono de San Pablo arranca en 1960 cuando el Ayuntamiento hispalense inicia las gestiones para delimitar los terrenos baldíos sobre las huertas de Santa Teresa, San Buenaventura, los Flamencos y los terrenos de Ramírez.

Sin embargo, será la terrible inundación del Tamarguillo en noviembre de 1961 la que marcará el destino del polígono residencial. Con un parque de viviendas calamitoso por insalubre tras la riada, Sevilla descubre en el polígono de San Pablo la salvación de la acuciante falta de pisos de realojo para los damnificados. Se constituye entonces (a partir de 1962) una Secretaría Municipal de la Vivienda a cuyo frente se mantuvo durante 17 años el recientemente fallecido Gregorio Cabeza.

La construcción del barrio
La Obra Sindical del Hogar y Arquitectura se encargó, a partir de 1963, de su construcción empezando por las 2.006 viviendas del barrio A, ya que el polígono residencial se dividió en cinco barrios a los que se les dio de oficio el nombre de las cinco primeras letras del abecedario. El conjunto estuvo en obras hasta 1976 en que se remató el barrio C, para lo que fue necesario levantar los refugios provisionales para los afectados por la riada que había tenido lugar quince años atrás. Los proyectos arquitectónicos los firmaron Luis Recaséns (barrios A y E), Rafael Arévalo (B y D), Daniel Valdiviseo, Pedro A. Soro y Evaristo Muñoz (el barrio C).

Entre 1965 y 1968 se procedió a rotular el viario interior, agrupados por barrios. Cantes y palos flamencos para el barrio A con la avenida de la Soleá como vía principal; cantaores legendarios como Antonio Mairena para cuatro plazas del B y toreros para el barrio D con la avenida de Pedro Romero como eje principal. El perímetro de las distintas fases de construcción se rotuló con lugares ligados a San Pablo, el apóstol de los gentiles que había dado nombre al polígono, como Antioquía, Tarso o Tesalónica.

A pesar de la nula relación de este santo con Sevilla, salvo el convento de los dominicos hoy convertido en parroquia de la Magdalena, el aeropuerto y la primera y más importante operación de expansión de la ciudad llevan su nombre. Caprichos del destino como esa avenida de Kansas City bautizada en honor de la ciudad norteamericana con motivo de un hermanamiento que da nombre precisamente a la principal arteria de acceso a la ciudad y que la corporación de 1991 estuvo tentada de cambiar.

La historia de los polígonos residenciales acaba en 1970, cuando el Ministerio de la Vivienda adopta una nueva figura urbanística que también tendrá recorrido en Sevilla: el ACTUR, acrónimo de Actuación Urbanística Urgente como el que se delimitó sobre 887 hectáreas de la Cartuja para una población calculada en 78.000 personas. Pero eso ya es otra historia.