Los vecinos del edificio Trento, situado en la Carretera de Carmona número 5, disfrutan de un museo arqueológico de puertas para adentro. Alrededor de 60 familias conviven a diario con los restos de una necrópolis romana del siglo II al VII d.C. en el patio de sus viviendas, un importante hallazgo que salió a la luz con la construcción del edificio y que dio más de un quebradero de cabeza a la promotora -Grupo Insur-, que se vio obligada a cambiar los planos para conservar el monumento funerario.

La Necrópolis de La Trinidad -llamada así puesto que el edificio se sitúa a los pies de la iglesia del mismo nombre- está abierta al público pese a que los vestigios se levantan en una propiedad privada. El encargado de gestionar las visitas, así como de cuidar de los restos arqueológicos es el conserje del edificio, Luis Martínez, quien declara que «yo tengo trabajo gracias a este monumento, pues si los restos funerarios no fueran visitables, la comunidad no habría contratado a un conserje».

Luis lleva tres años la conserjería, controlando quién entra y quién sale del edificio aunque señala que «las visitas no suelen superar las cinco o seis personas a la semana, ya que la necrópolis no es muy popular, pese a su importancia». De hecho, añade que «son muchas las personas que se quedan mirando tras la verja, pero en el momento en que les preguntas si quieren acceder al interior y verla, muchos se cortan porque saben que están entrando en un recinto particular, donde viven personas. No es lo mismo que si estuvieran en un museo al aire libre», explica.

El conserje se ocupa de que los paneles explicativos que hay cerca de los restos (uno en el patio y otro en el acceso al garaje, donde se conserva otro monumento funerario) permanezcan limpios, así como de «cuidar las plantas que hay junto a la necrópolis». Se trata de «vegetación que carece de adornos florales coloridos, siendo las típicas plantas que adornan cualquier lugar de reposo y descanso como los cementerios», añade Martínez, quien suma a sus tareas de conservación el «evitar que las malas hierbas crezcan en las piedras».

Asegura que el monumento no le da «ningún problema» en cuanto a su trabajo, aunque sí supuso «una preocupación» para muchos de los vecinos. De hecho, Ignacio Granell, propietario desde hace tres años, declara que «la aparición estos restos funerarios supuso un retraso en la entrega de nuestras viviendas de al menos dos años» y confiesa que «el hecho de que cualquier persona pudiera entrar en el bloque para ver los restos me creó cierta inseguridad», una sensación venida a menos debido a que «las visitas que recibimos de momento son muy pocas». Además, añade que «el monumento copa una parte importante del patio que dejamos de disfrutar los propietarios y los niños, pues de no estar, podrían colocarse juegos infantiles por ejemplo», señala.

Opinión bien distinta manifiesta Juan Almodóvar, quien declara que «me enamoré del bloque en cuanto vi los restos arqueológicos, así que hice todo lo posible por comprar la vivienda aquí». Este residente, propietario desde hace un año y medio, afirma que «me encanta salir al patio y verlos» y bromea diciendo que «el tener un cementerio romano en el patio es la excusa perfecta para asustar a los niños y que se suban pronto para casa».