La seguiriya, la soleá, la petenera, la toná, las bulerías, la malagueña, las carceleras, el fandango… Son todos palos del flamenco y también nombres de calles y plazas del Polígono San Pablo, barrio en el que creció y donde reside la bailaora Carmen Montiel. «Amo este barrio, que para mí es mi casa, donde vivo rodeada de calles que aluden al flamenco. Aquí he pasado mi niñez, mi juventud y mi vejez, y es donde continúo haciendo lo único que sé: bailar flamenco», declara Carmen.

Montiel llegó al barrio con unos 10 años. «Yo vivía en la calle Enladrillada, a la espalda del Cristo de los Gitanos. Pero a mis padres les cogió la gran riada de Sevilla y se nos anegó todo, por lo que nos pasaron primero a las casitas bajas y de ahí al Polígono de San Pablo». Cuenta que «nuestro piso fue de los primeros que adjudicaron en la zona», por lo que sonríe al decir que «yo inauguré el Polígono San Pablo».

Actualmente, la bailora continúa muy vinculada con su barrio ya que reside en la Plaza del Polo y regenta su academia en la Plaza del Martinete. Además, lleva más de 12 años impartiendo el taller de baile flamenco del distrito San Pablo-Santa Justa, en las instalaciones del local social de la asociación de vecinos Raíces. «Los lunes y los miércoles, de 17:00 a 20:00 horas, estoy en los talleres y los martes y jueves trabajo en mi academia», señala Carmen. «He vivido toda mi vida para bailar. No sé hacer otra cosa. Nosotros no hemos estudiado como la juventud de hoy. Yo sé lo básico, hago las cuentas con los dedos, pero nadie me engaña», subraya.

Carmen Montiel empezó a bailar con tan sólo 12 años. Procede de una familia vinculada al mundo del circo aunque «a mí me dio por el flamenco», apunta. Una disciplina en la que ha triunfado, conquistando los tablaos de mayor renombre tanto en España como fuera de ella. Comenzó a trabajar en el tablao El Guajiro, al lado de figuras como Rafael El Negro, Matilde Coral, Farruco o Manuela Vargas. «Antiguamente no había dinero para academias. Así que yo me quedaba detrás, mirando a artistas que ya despuntaban en aquél entonces en el tablao e intentaba aprender de ellos todo lo que pudiera», destaca.

Su aprendizaje fue fundamentalmente autodidacta aunque recuerda que «de chica me iba a la puerta de la academia de Enrique El Cojo y me ponía en su puerta. Sabía que él echaba a todos los niños de allí, pero como yo no daba ruido y era muy buena, a veces me dejaba entrar, y allí vi también a muchos artistas que han sido primeras figuras del flamenco», señala.

Carmen ha pisado con fuerza en los tablaos de Manolo Caracol, en Los Canasteros, en El Duende, en Las Brujas y en Los Gallos entre otros muchos, y ha tenido numerosos reconocimientos a lo largo de su trayectoria artística, entre los que destaca haber sido Premio Nacional de Baile en el año 1971.

Su saga no acabará con ella, pues una de sus hijas es también muy conocida en el baile flamenco. No obstante, Carmen asegura que es más «madre que crítica» ya que «hoy día se baila muy distinto a como lo hacíamos en mi época. No es que sea mejor ni peor, pero sí es diferente». Respecto a ello concluye que «para mí el baile flamenco es la expresión de un sentimiento íntimo, así que no me gusta corregir a nadie respecto a lo que siente».