El mercado Cruz Campo, en la calle Baltasar Gracián, está abandonado. Hace más de dos años que los puestos no muestran su mercancía y solo conservan los rótulos, algunos con letras caídas tras el paso del tiempo. La frutería de Miguel Caro es la única superviviente. Después de que en 2010 los últimos negocios desaparecieran, el que ya es la quinta generación de fruteros se mantiene luchando por una profesión que lleva «arraigada desde pequeño». «Esto me corre por la sangre», explica Miguel.

Este frutero lleva con el mandil puesto desde los 14 años y continuó con el negoció de su padre tras la jubilación, un negocio que comenzó en el mercado cuando este se inauguró en febrero del 62. Por aquel entonces los puestos se adjudicaron por subasta a través de la Compañía Vízcaína de Obras Públicas, que lo regentaba. Pero hace cerca de 30 años que la Compañía abandonó la regencia y fueron los comerciantes los que asumieron las obras y mejoras del edificio. «El Ayuntamiento se negó a hacerse cargo del mantenimiento cuando de ellos era el suelo, así estaba estipulado», cuenta Miguel.

Así transcurrió el tiempo de manera que los puestos fueron cerrando sin que nadie se encargara de ellos. «Los vecinos recuerdan constantemente como estaba», comenta Miguel, unos comentarios que confiesa que le entristecen. Precisamente ese es el objetivo que persigue. «Quiero que esto vuelva a ser lo que era, lo que yo he vivido y lo que ha vivido el barrio. Que venga todo el mundo a comprar, compañeros nuevos, más fruterías, pescaderías, carnicerías…», manifiesta Miguel, que mantiene la sonrisa y el optimismo.

Este superviviente lo ve claro. Darle vida a la plaza de abastos de la barriada Huerta de Santa Teresa sería la mejor forma de crear nuevos puestos de trabajo: «tenemos 45 puestos, que preparándolos serán 45 puestos de trabajo, más los ayudantes que cada uno necesite si todo va bien». Asegura que hay bastantes personas interesadas en que la restauración del mercado se lleve a cabo para venirse aquí, incluidas empresas privadas.

Cuando hace dos años se quedó solo, trasladó su puesto a la puerta de la plaza, donde ahora recibe a los clientes. Cuenta que es una manera de evitar todo el que acuda presencie el estado del edificio. En el improvisado puesto de frutas y verduras Miguel solo tiene de compañero el vacío tras suya: «Me encuentro solo, desprotegido por completo»