«Nos vamos porque nos echan, no porque nos hayamos rendido». Con esta afirmación, a modo de síntesis, se pone fin a más de medio siglo de actividad de la familia Juliá en el Puesto de los Monos, referente de la hostelería sevillana de finales del siglo XX. La crisis se ha llevado por delante el proyecto que inició Pilar García Alonso, con el que consiguió dos medallas al Mérito en el Trabajo. Ayer viernes echó por última vez la persiana por orden judicial.

El apellido Juliá lleva vinculado al Puesto de los Monos desde el 1 de enero de 1963, fecha en la que una antigua venta se reconvierte en un moderno negocio que encontraría en el mundo del cáterin una especialidad en la que destacar, también fuera de Sevilla. La responsable del éxito, e incansable regente de la empresa, es Pilar García Alonso, nacida en una familia de empresarios hosteleros que iniciaron su actividad profesional en el Café de París y en los ambigús de la Plaza de Toros Monumental de Sevilla. Titulada en Dirección de Empresas Turísticas, pronto empieza a florecer su vena de empresaria, que la llevó a montar la Terraza de la Cruz del Campo, la Cervecería Oriental de la calle Sagasta, el bar Gibraltar en Las Delicia, la Hostería del Prado, la repostería del Mercantil y del Labradores, el bar Juliá frente al Coliseo, la cafetería Juliá en el Edificio Elcano y, su gran apuesta, el Puesto de los Monos.

Un nombre que nunca terminó de gustar a la empresaria, que se casó con uno de los trabajadores de su padre, Eduardo Juliá. De ahí que, para desligarse de las antiguas actividades del espacio, otrora Venta de Los Monos —que tenía mala fama por sus encuentros y citas nocturnas—, cambió el nombre por el de Juliá. «Pero el nombre antiguo tenía mucha raigambre y poco a poco se quedó», detalla Eduardo Juliá Ruiz, nieto de la fundadora.

Venta Los Monos, año 1960

Venta Los Monos, año 1960.

El nombre sobrevivió pero los simios, los de verdad, se fueron. «Recuerdo a los monos entrando y saliendo a sus anchas del local», detalla Juliá. «He podido saber que llegaron desde Gibraltar en un buque, de ahí al muelle y, por la proximidad, a las palmeras de la venta», relata. «Eso sí, mi abuela advirtió a los propietarios de que los monos debían irse», aclara.

Más allá de la anécdota del nombre. La empresaria inició una actividad que trajo fama y más trabajo a la familia Juliá. «Mi abuela consiguió popularizar las celebraciones tal y como hoy se conocen. Hasta entonces las bodas o comuniones se festejaban en las casas», explica. «Antes de ella solo eran accesibles para la elite», añade el sucesor.

Ser pionera en su sector le valió la Medalla de Plata al Mérito en el Trabajo en 1971 y, por ascenso, la de Oro en 2008 a los 104 años de edad. Y, además de los galardones, el reconocimiento inmaterial de servir los convites en enlaces como los de la Infanta Elena, la boda de Paquirri con Isabel Pantoja o dar de comer a Eva Duarte Perón en el banquete del centenario de la inauguración de la Feria de Sevilla. Hitos que elevaron a los Juliá a lo más distinguido de Sevilla.

Medio siglo después, la familia está «hundida» al ver cómo esta parte de la historia de la hostelería en Sevilla cierra. «Nos da pena y es muy doloroso pero el negocio estaba herido de muerte», confiesan.