Un altar improvisado apareció durante el día del sábado en la avenida de Carlos V. Algunos vecinos que pasaron por la calle, enseguida pensaron que la noche del viernes, y todo lo que ella conlleva, se había saldado con la vida de algún joven desconocido. Pero pronto se dieron cuenta, al acercarse al lugar del homenaje y ver algunos epitafios, que se trataba de Manuel. Él era un mendigo, que desde hacía ya muchos años, pasaba los días junto a sus dos perros, una pequeña manta y un vaso de plástico en la puerta del Opencor de dicha avenida pidiendo limosna.

Durante todos estos años se había ganado el cariño de los vecinos de la zona, de los comerciantes y de todo aquel que pasó más de una vez por su lado. «La Ventolina», así la llamaba Manuel, reside en el barrio, según nos cuenta ha sentido mucho su muerte, ella se encargaba de suministrarle ventolín, cada vez que podía le acercaba este medicamento porque padecía de asma. Asegura que era muy buena persona, que aunque físicamente estaba muy deteriorado, tenía un gran corazón. Pero ella no es la única a la que le ha conmovido este suceso, cada uno de los transeúntes que pasa por el pequeño altar adornado con flores y velas se para a comentar lo querido que era Manuel.

«Yo la semana pasada, una noche de frío, le bajé una taza de caldo». «El jueves pasado cuando salí de hacer la compra le dejé leche y pan». «Hace poco me contó que no podía ir al centro de acogida porque tenía que abandonar a los perros y para él eran su familia». Estas son algunas de las conversaciones que presenciamos a la puerta de establecimiento donde Manuel pedía.

Muchos de ellos se pregunta cómo murió y, al mismo tiempo, se contestan diciendo que estaba malviviendo. Algunos esperan, que por los menos, allá donde esté se encuentre más «calentito y a gusto». Son muchas las palabra de cariño que le han dedicado, en una de las cartas que han dejado a los pies del escalón donde siempre se sentaba reza el siguiente texto: «Querido Manuel, siento no haberme podido despedir de ti, pero pienso que ahora estarás en un mundo mejor, donde no existe ni la tristeza, ni el hambre, ni el frío, ni el dolor. Espero que en ese lugar seas feliz. Intentaré localizar a tus perritos, los cuales te dieron más cariño y calor que muchos seres humanos. Descansa en paz amigo».

Hoy sus perros estaban allí, ya tenían nueva dueña. Al menos el recuerdo de Manuel perdurará en la mente de todos aquellos que hoy se agolpaban allí para darle su último adiós.

Triste precedente
Esta muerte del mendigo ha tenido un lamentable precedente. Hace poco menos de un mes falleció en plena calle otro mendigo en la Macarena. A plena luz del día, en horario comercial, falleció sin que nadie se parara a atenderle en un día de frío y lluvia. Cuando se acerca el invierno, el frío es un arma muy peligrosa para aquellos que no tienen refugio y, para ello, los servicios sociales se hacen cargo de estas personas que no tienen dónde dormir y nada que llevarse a la boca.