Los recuerdos mantienen viva el «alma» de Marifé de Triana en la calle Alfarería. Aunque su voz se apagara el pasado 16 de febrero, Mari, como la conocen sus más allegados, siempre estará muy presente en la memoria. Recuerdos, canciones, vivencias, anécdotas, fotografías que preservan con cariño para que nunca se derrumbe esa «Torre de arena» que hizo historia en el mundo de la copla. María Felisa Martínez López, conocida como Marifé de Triana, fallecía en Benalmádena a sus 76 años tras una grave enfermedad, y a su paso ha dejado una huella imborrable. Desde entonces, una rosa y un crespón negro en señal de luto destacan en un rincón de la placa de cerámica del número 94 de la calle Alfarería, donde residió Marifé durante algunos años. «Ella vivía en otra casa, casi enfrente, pero la dueña no quiso poner allí ninguna placa y nosotros ofrecimos nuestra fachada», explica Mari Valle Morales, ahijada de Marifé de Triana.

Mari Valle no pierde la sonrisa mientras relata las vivencias con su madrina. «Era muy amiga de mi tía Juani, y cuando me llevaba a sus espectáculos, me metía en los camerinos. A mí me encantaba ver cómo se pintaba, escucharla, porque tenía mucha cultura y me enseñaba muchas cosas. Era muy bonita por dentro y por fuera. Se ha ido una gran amiga y una gran persona», lamenta con los ojos empañados en lágrimas. «Para quienes nos gusta la copla, nos hemos quedado huérfanos sin Marifé. Para mí es la más grade», declara.

Quienes conocieron de cerca a esta artista la describen como una persona afable, sencilla, educada y, sobre todo, generosa. «Mari no podría tener un museo porque ella lo daba todo», comenta Alfonso de Miguel, uno de los amigos más íntimos de Marifé de Triana. «A Mari la ha hecho grande el pueblo, la gente abarrotaba los espectáculos. El artista se hace pero también tiene que nacer. Y ella nace, doña Emilia la pare artista», prosigue. Alfonso bien podría escribir un libro con la infinidad de historias y anécdotas que ha vivido junto a esta trianera de honor. Precisamente, él escribió el texto de la placa que en homenaje a Marifé se ubicó en la calle Alfarería. «Su madre le decía que antes de morir se debían ir a vivir otra vez a Triana». Porque aunque era natural de Burguillos, siendo muy jovencita se trasladó al arrabal que le dio su apellido artístico.

«Venía todos los años para ver a la Esperanza de Triana y en su apogeo casi se disfrazaba, con su abrigo, sus gafas grandes y su pañuelito, para estar viendo a la Esperanza y al Cristo de las Tres Caídas y que no la reconocieran», comenta Alfonso. Marifé era bética y socia de honor del Triana Balompié. Su discreción hacía que separara su vida personal de la artística, y nunca quiso ser «mediática». Porque como todos recuerdan, Marifé de Triana «más que artista era persona».