Entrar en el único taller de alfarería que subsiste en el barrio de Triana es todo un privilegio. Más de 20 años han pasado desde que Antonio Campos se instalara en este local, en la misma calle que hace honor a su profesión, para dedicarse a un oficio hoy día en vías de extinción. Y es que la alfarería, el arte de fabricar objetos de barro, apenas sobrevive en el arrabal.

Tanto es así que Campos es el único modelista del barrio que abastece a las cerámicas de Triana. «Yo vendo el barro en primera cochura, lo que se conoce como el bizcochado, y después de esmalta, se pinta y se cuece, lo que sería la segunda cochura», explica. En este pequeño local, el visitante se convierte en un testigo excepcional de un oficio emblemático en el arrabal. Rodeado de cientos de objetos de cerámica, ver a Campos moldear el barro en el torno cautiva los sentidos. La técnica es la misma, «lo único que ha cambiado es que el torno tiene motor, es eléctrico», y no hay que darle con el pie como antaño. Aquí se realiza todo el proceso para la creación de objetos de barro, ya que Campos dispone también de pequeños hornos donde se cuecen las piezas. Todo es hecho y pintado a mano, un legado de un valor histórico concentrado entre estas antiquísimas paredes. Pero al mismo tiempo, se convierte en un trabajo apenas recompensado económicamente, sólo para cubrir gastos, ya que el valor de estas obras de arte, afirma, es mucho mayor de lo que se pueda llegar a pagar por ellas. Ni siquiera el turismo, reconoce, les da para mucho. Esta complicada situación está incluso abocando al cierre a muchas de las cerámicas de Triana.

Antonio Campos, las manos del barro, resiste como único alfarero en Triana. Más de dos décadas como alfarero profesional, desde que dejara su Córdoba natal, le han valido para continuar en el gremio sin plantearse poder dedicarse a otro oficio. «Yo no sé hacer otra cosa, esta es mi profesión, llevo toda la vida como alfarero y seguiré siéndolo, sea donde sea, y no me importa marcharme a otro lugar si es para continuar con mi trabajo», confiesa.

Es el último superviviente en un barrio de tradición ceramista, un sector cada vez más afectado por la crisis. Ya no quedan muchos artesanos y, al no aparecer savia nueva ni nadie que incentive al sector, el oficio se va extinguiendo.

A tan sólo unos metros de distancia, en Antillano Campos, se encuentra Cerámica Rocío-Triana.  También varias décadas de trabajo avalan a estos artesanos, Dolores y Rafael. En ocasiones, trabajan codo con codo con Antonio Campos, ya que le piden a él que les fabrique los objetos de barro que necesiten, para luego ellos pintarlos. «Hacemos muchas piezas por encargo», explica Rafael.

En su tienda, también taller de trabajo, se observan multitud de obras pintadas a mano. La mayoría de las veces a pulso, sin más herramientas que el pincel, decoran las piezas de cerámica. «Para algunos trabajos como murales usamos el tiento para apoyarnos y mantener el pulso mientras dibujamos», expone.

Aquí, según afirma este pintor ceramista, los motivos más demandados son imágenes de Semana Santa, florales y de montería, éste último es el más característico de la cerámica en el arrabal, representado por liebres, pájaros, venados, cazadores, etc.

Todos estos artesanos tratan de salvaguardar el oficio, su oficio, que se ha convertido en el sustento de sus vidas. Y aunque la crisis está dificultando aún más la supervivencia de este sector, tienen claro que seguirán dedicándose a la cerámica, un oficio que grita auxilio y cuya historia de amor con Triana parece que se resquebraja.