Es uno de los lugares míticos y de referencia en el arrabal. Un pequeño «centro cultural» por donde han pasado, y lo siguen haciendo, artistas y vecinos que debaten y disfrutan de la esencia trianera. Y es que el Bar El Ancla, ubicado en la calle Pagés del Corro 43, es, como muchos lo definen, el «ágora» de Triana. Manuel Sánchez Pérez, cuando abandonó su Aznalcóllar natal hace ya más de 40 años, encontró en el barrio de Triana tanto su destino laboral como personal.

«Con 11 años empecé a trabajar en un bar en mi pueblo, y un día, llegó un señor que tenía un bar en Sevilla, le gusté trabajando y me trajo a la ciudad», explica Manuel. Y así, se adentró en el sacrificado mundo de la hostelería, hasta que montó su propio negocio en el arrabal: Bar El Ancla, que el próximo mes de agosto hará 29 años que se abrió en el mismo lugar que aún perdura, en la calle Pagés del Corro. En este local de unos pocos metros cuadrados, se concentran artistas, principalmente del barrio, del mundo del flamenco, escritores, periodistas, ceramistas, escultores, entre otros, y no sólo en sus paredes, repletas de fotografías de muchos de ellos. Según comenta Manuel, «todos los sábados se reúnen un grupo de amigos artistas para hacer una tertulia, y más de una vez, la gente me ha llamado por teléfono para preguntar a qué hora empieza el espectáculo, a lo que respondo: el espectáculo es de charla, si usted quiere venir y escucharles, pues adelante».

Y es que, como lo califican muchos de los amigos de Manuel, este lugar se ha convertido en el Ateneo, Ágora, Paraninfo… Así lo denominan muchos de los trianeros que lo frecuentan.  Una escuela improvisada donde se aprende cada día. Pero sobre todo, un cálido cobijo de clientes que se han convertido en amigos, «como si fueran familia». Manuel se deshace en elogios hacia ellos: «me gusta todo de Triana, la gente es maravillosa, el entorno, yo vivo y trabajo en el barrio, y aquí me quedaré ya toda la vida».
Al Bar El Ancla no le hace falta publicidad. Sus clientes son los mejores embajadores, allá por donde pisen, de este local cuyo nombre fue elegido por azar: «pusimos algunos familiares unos papelitos en una gorra y salió este nombre elegido», aclara su propietario.
No olvida «El Milano», apodo que recibe, su pueblo natal. Pero Manuel ya se siente trianero. Ha establecido su «Consulado de Triana», según reza una placa que le regaló su amigo Ángel Bonilla cuando la quitó de su casa. Y además, ya es hijo adoptivo de El Turruñuelo. Ahora sí, más «anclado» a este barrio que nunca.