Para ser voluntario hay que reunir unos requisitos. Porque aunque sea un trabajo no remunerado y benéfico, el voluntariado se rige por unos estatutos y reglamentos para que todo esté perfectamente organizado. Y así se lleva a cabo en el Voluntariado Consolación, en la residencia geriátrica Nuestra Señora de Consolación ubicada en la avenida de Coria en Triana. Concretamente, cuenta con unos 50 voluntarios, tanto jóvenes como mayores, que ofrecen su tiempo libre para echar una mano en el día a día de la residencia. Como es el caso de Paco Rueda, que desde hace 10 años es voluntario. «Yo lo llevo dentro. Escuchar a los mayores es lo más importante, lo echan en falta y están deseando hablar con alguien y contarte sus historias. Aquí hay mucha sabiduría, gente que ha tenido profesiones importantes, y siempre hay que respetarlos», explica Rueda.

El primer martes de cada mes se reúnen todos los voluntarios con la psicóloga del centro para tratar diversos aspectos, entre ellos, la inteligencia emocional al voluntariado. En el reglamento aparecen recogidas algunas características que deben poseer como ser comprometido, solidario, tener cualidades humanas, en definitiva, ser responsable en esta entidad sin ánimo de lucro. Para ello, el primer paso es mostrar su voluntad y aceptar las condiciones, tanto los deberes como los derechos. «Si alguien se compromete a venir a dar de comer a los mayores que tienen menor movilidad, no pueden decir un día que no vienen sin avisar o simplemente no aparecer y dejar a la persona esperando», sostiene Paco Rueda. Por ello, todos los voluntarios reciben información para su formación y, además, están asegurados. Esta residencia pertenece a la Fundación Carrere y las hermanas de Nuestra Señora de la Consolación son quienes están al frente de este centro geriátrico, que además cuenta con profesionales cualificados para el cuidado diario tanto de los residentes como del edificio en sí.

Tere vive muy cerca y cada día intenta venir. Es voluntaria y encargada de dar vida a todas las plantas que también habitan en este lugar. «A los residentes les encanta, están pendientes de las plantas, y a mí me satisface. Para mí las plantas son como mis hijos. Y los mayores si ven que falto un día ya están preocupados por si nos las riego», explica orgullosa. Y gracias a su trabajo solidario, y al de muchos otros voluntarios y profesionales, esta residencia luce en todo su esplendor. Pero lo más importante es que aportan algo tan valioso y preciado por los mayores que desean ser escuchados: su tiempo.