En la Hermandad de la O todavía recuerdan cómo el infatigable Miguel, segundo capiller, acarreó en una ocasión las sillas prestadas por la corporación vecina del Cachorro para los cultos del Quinario del Señor. Era un día aciago, llovía intensamente, pero él siguió andando calle Castilla abajo sin apenas importarle. Llegó con los zapatos empapados. Le daba igual. Era su cometido y nadie ni nada le impediría completarlo.

«Nunca dijo no», recuerda quienes lo conocieron. En pretérito, porque Miguel Vázquez falleció el pasado sábado a los 68 años de edad. Un cáncer logró doblegar a este hombre «servicial y voluntarioso que estaba en la Hermandad de La O para todo», confiesa el hermano mayor de la corporación, Antonio Palma.

Vívía en la trianera calle Pagés del Corro, en una casa de vecinos, con su hermana y su sobrina. La única familia que deja más allá de sus muchos hermanos de las distintas hermandades con las que colaboró en vida. En la Estrella encendía los candelabros de cola, portaba la escalera en el Rocío, llevaba el carro de cera en San Benito, se encargaba de los guardabrisa en el Baratillo, era aguador en el Valle y prestaba servicio junto a los Ariza en la Soledad de San Lorenzo. Y, por supuesto, tenía un papel relevante en su hermandad, La O, ayudando en la priostía y en todo aquello que se le pedía.

«No había quien lo cansara, era una persona increíble e incansable; su entrega y dedicación hacían de él una persona querida y valorada en el seno de la hermandad», explica José Luis Flores, prioste. Hoy, sus cenizas descansan en el columbario de esta iglesia de la calle Castilla, junto a los titulares por los que tanto trabajó. Se cumple así su último deseo. «Hermana, que no se te vaya a olvidad, que me lleven a parroquia de La O», dejo dicho antes de decir adiós.

A su partida, las muestras de reconocimiento han sido muchas. Desde las distintas hermandades a estamentos políticos, como el recuerdo del concejal Curro Pérez, que destaca su capacidad de trabajo en pro de su hermandad.

«Él nunca estaba malo, nunca dijo no; e incluso, hacía las cosas mucho antes de pedírselas», insiste el prioste José Luis, a quien no se le borra de la mente la imagen del incansable Miguel escurriendo los zapatos el día que, cargado de sillas, avanzaba por la calle Castilla sin paraguas para completar una de sus muchas encomiendas.