Quienes lo conocieron de cerca, lo definen en los mismos términos: bondad, alegría y una sonrisa eterna. Rafael Martín Holgado, trianero de la calle Castilla, fallecía el pasado miércoles 5 de febrero a los 51 años de edad tras 5 años de lucha contra el cáncer. Biólogo y antropólogo, deja una huella imborrable no sólo en el barrio que le vio nacer, sino también en el Instituto Maese Rodrigo de Carmona donde impartía clases y que próximamente realizará actos en memoria de este querido profesor.

El arrabal dice adiós a uno de sus trianeros más acérrimos que nunca caerá en el olvido, pues deja todo un legado no sólo en el blog Triana en la red, donde colaboraba desvelando todos los pormenores de los árboles y plantas del barrio, sino también a través de otros escritos y poemas que apenas vieron la luz. «Era muy aficionado a la fotografía y muy buen poeta. Lo único que tiene publicado es un texto en el libro «Desvelando Triana», donde dedica un artículo a la cucaña», explica José Luis Jiménez, amigo de Rafael. Infinidad de textos que serán recopilados y encuadernados por sus amigos para regalar a su único hijo, David, de 22 años.

Rafael Martín Holgado, el maestro de la flora trianera

Rafael y José Luis, en la final de la Copa del Rey 2010 en Barcelona.

Amante incondicional de Triana, sus otras pasiones eran «la lectura, el Sevilla F.C. y El Cachorro». «Como escribía Ángel Vela, con él estaba asegurado el trianerismo activo sin pausas ni olvidos. Alguien lo definía también como el cemento que unía a piedras desiguales. Era una persona aparentemente tímida, bohemio, siempre vestía informal. No le he visto con traje de chaqueta y corbata ni siquiera en Semana Santa o Feria, que ya es raro eso en un sevillano», expone José Luis con la leve sonrisa que la tristeza le permite esbozar.

Desde que se conoció la trágica noticia, las muestras de cariño y afecto tanto en redes sociales como en el blog no se han hecho esperar. Rafael ha dejado bien presente su estela en amigos, familiares, alumnos e incluso en aquellos que apenas rozó. Quizás por perder de vista cada día su enfermedad, siguió al pie del cañón, o de las aulas, ejerciendo como docente hasta el pasado mes de enero. Más de dos décadas dedicado a la enseñanza.

«Viajaba mucho, su segunda ciudad era París, pues su mujer, Regine, es parisina. Todos los años visitaba la ciudad», apunta José Luis. Era también asiduo de las muchas tertulias improvisadas y reuniones de trianeros que acoge el «ágora» de Triana, el bar El Ancla. Allá donde pisase, Rafael siempre evocaba su barrio. Un experto en la flora de su arrabal que con mimo difundía a través de sus textos. Su ausencia quedará colmada de recuerdos en cada rincón de Triana, con la imagen imborrable de su sonrisa eterna.

Fotografías: José Luis Jiménez.