Si a cualquier sevillano se le planteara el ejercicio de señalar, sobre un mapa, la posición de la Giralda, seguramente éste sería capaz de hacerlo hasta con los ojos cerrados. En cambio, ¿sabría si el nombre de sus autores rotula alguna calle de Sevilla?, ¿en qué barrio se localizan? ¿Conocería quién fue Ben Baso?

Al igual que ocurre con los pecados, de los que según se dice sólo importa el contenido y no quien los propaga, en el mundo del arte se suele producir un juego un tanto desagradecido, especialmente en el terreno de la arquitectura: el de conocer, valorar y casi venerar una obra pero no manejar el nombre de quien tuvo el talento para gestarla.

En este caso fue Ahmed Ben Baso, responsable del proyecto desde el inicio, en 1184. A este alarife, sobre cuyo lugar de nacimiento no existe pleno consenso de los historiadores, que lo sitúan tanto en Toledo como en Sevilla, se encomendó el califa Abu Yaqub Yusuf para realizar la obra más importante de la época: la mezquita mayor de la entonces Isbilya.

La ciudad, que se convirtió en 1171 en el centro administrativo del imperio almohade en Europa, debía tener un grandioso templo, que llegó a abarcar 15.000 metros cuadrados y constar de hasta 17 naves.

Aunque la mayoría del edificio, construido con sillares del Palacio de Mutamid y con inscripciones romanas, sería derruido en época cristiana para levantar sobre él la actual catedral gótica, la maestría de Ben Baso aún queda patente en el Patio de los Naranjos, lugar de abluciones en la época, en la presente Puerta del Perdón, y en gran parte de lo que fuera el alminar, pues no llegó a concluirlo.

Dos maestros

Evolución de la Giralda, por Alejandro Guichot

Evolución de la Giralda, por Alejandro Guichot

Cabe destacar que, debido a la destitución del Gobernador, los trabajos quedaron paralizados. En ese impás, la muerte debió sobrevenir a Ben Baso pues en los documentos que hablan de la reanudación de la obra ya fue otro alarife, Alí Al-Gomari, el que tomó las riendas.

E imprimió, inevitablemente, su sello. Lo hizo a través del empleo del ladrillo como material principal, concretamente.

No obstante, Ben Baso también merece ser recordado por otro de los palacios con más encanto de la ciudad, el «de la Buhaira», con el que el califa pretendía embellecer al máximo la capital del imperio.

Para ello, no sólo no se escatimó en traer olivo del aljarafe sevillano, así como otros árboles y plantas frutales, sino que contrató los servicios del jefe «de lo construido en Al-Ándalus», como se conocía a Ben Baso, considerado como inspector de constructores.

Fue un trabajo de gran envergadura, que incluyó el traslado y rehabilitación de los Caños de Carmona, en estado deplorable, para garantizar agua corriente en los arriates palaciegos.

Todo este fragmento de la historia hispalense se concentra al final de La Palmera. Porque es desde la barriada de Pineda, en dos calles que convergen, del mismo modo que confluyeron sus diestras artes, desde donde Sevilla rinde homenaje a Ben Baso y Al-Gomari, a quienes hicieron posible que se alzara el símbolo de la ciudad.

Hernán Ruiz, el encargado de la apoteosis renacentista y de coronar la torre con la giraldilla en el siglo XVI, también tiene su calle, pero en el barrio del Cerro. ¿Sabría usted decir dónde?

Duplicidad

El homenaje de la ciudad se efectúa por partida doble, aunque no sea evidente. Desde los años 60, el barrio de Ciudad Jardín cuenta con dos calles, Bembaso y El Gomari, que hacen referencia a los dos alarifes que construyeron la «Fortissima».

Para más inri, en el barrio del Distrito Cerro-Amate también figuran los nombres de Almotamid, clave en la Sevilla almohade, y Bartolomé Morel, que realizaría posteriormente al Giraldillo.

La españolización en la rotulación, propia de la época, parece explicar esta duplicidad.