Pensar en la Exposición Iberoamericana de Sevilla es evocar arte regionalista, valiosas construcciones y llamativos ornamentos neocoloniales. Sin embargo, el Pabellón de Brasil hoy se antoja como la excepción de la regla. Un edificio que se abrió dos semanas tarde y que quedó clausurado a mitad de la muestra, pese a ocupar un lugar preeminente en el plano de la misma.

Para entenderlo hay que echar la vista atrás. Brasil no estaba invitada al evento. Ni Portugal. No en un inicio, allá por 1909, en que se trataba de una Exposición Hispanoamericana, destinada a loar a España y «su pretérito esplendor como metrópoli de Indias», en palabras de Alfonso Braojos.

Tras el obligado paréntesis que supuso la I Guerra Mundial, la exposición cambió su sentido en pos de una visión internacional, alentada por el interés luso en formar parte y, sobre todo, para apaciguar las relaciones internacionales con Brasil, que había votado en contra de la inclusión de España en el Consejo de la Sociedad de Naciones en 1921. La invitación a la muestra era un gesto de buena voluntad, aceptado en 1926 no sin cierta reticencia.

Demasiados aspectos en contra

Hasta la respuesta afirmativa de estas dos naciones, tan sólo EE.UU, Argentina y México habían confirmado su presencia, debido a una escasa y mal enfocada propaganda por parte de Sevilla. La imagen del acontecimiento en América no era muy popular y, en el caso de Brasil, la situación interna era además bastante frágil, con rebeliones populares, levantamientos militares, problemas de política interna y dificultades económicas.

A estas circunstancias habría que añadir que, en 1922, el propio Brasil había celebrado una «Exposición sobre el Centenario de la República», hacia la que España había mostrado un leve y tardío interés y que, con poco margen de separación, en 1926, se iba a celebrar la «Sesquincentennial Exposition of Philadelphia», que tenía prioridad sobre la sevillana por las relaciones comerciales con Estados Unidos, ideas que refleja Amparo Graciani en su libro «El Pabellón de Brasil en la Exposición Iberoamericana (1929-1999)».

Fachada del Pabellón de Brasil poco antes de la inauguración

Fachada del Pabellón de Brasil poco antes de la inauguración de la Exposición Iberoamericana

Demasiados actos para un presupuesto limitado. De los 5.000.000 reales brasileños iniciales, la cantidad quedó reducida finalmente a la cuarta parte, y de ese montante, sólo 750.000 reales se destinarían al inmueble. Paradójicamente, la representación de Brasil se haría en un edificio propio, no como parte de otro pabellón, y de manera oficial en vez de ir gestionada por iniciativa privada. El estilo sería el neocolonial (portugués), imperante en la mayoría de las construcciones de la muestra, y con más funcionalidad que virtuosismo artístico.

El terreno ofrecido para el levantamiento del edificio se situaba en el Paseo de las Delicias, vía privilegiada que el Comité organizador había proyectado como una «Calle de las Naciones». Sin embargo, una vez aceptada formalmente la cesión, Brasil quiso cambiar de emplazamiento, sin éxito, para estar más cerca de Portugal, que se había establecido en su actual ubicación. Una vez más, las decisiones brasileñas parecían realizarse por improvisación.

En desagravio, el Comité obsequió a Brasil con parcelas aledañas donde poder plantar especies vegetales autóctonas. Sin embargo, a última hora se les obligó a respetar la vegetación existente. Un nuevo desacuerdo entre ambas partes.

Por retrasos en el fallo del concurso de proyectos, la construcción del inmueble sufrió esa misma demora, algo que se tradujo en que el pabellón no estuviera a punto para la inauguración oficial, el 9 de mayo de 1929. Se entiende que no fueron muchos, ni muy prestigiosos, los arquitectos que presentaron proyectos para el caso de Brasil, dada la elección de Pedro Paulo Bernades Bastos, que a los veintisiete años se encontraba lejos de su madurez artística.

Es probable que el certamen no trajese a Brasil los resultados esperados, sobre todo, y con diferencia, en el aspecto comercial y transaccional, motivo último de su concurrencia a Sevilla. Al término de «La semana de Brasil», a mediados de noviembre, «el Gobierno brasileño empezó a despreocuparse de la muestra, especialmente ante la inminencia de las Exposiciones Belgas que se inauguraban a comienzos de 1930», explica Amparo Graciani. Para enero, el pabellón ya estaba cerrado y sus colecciones, en Amberes.

El edificio tras el 29

Lo lógico es que una construcción de estas características y contexto hubiese albergado la sede del Consulado de la nación. Sin embargo, desde el término de la exposición, el edificio ha estado destinado a diversas funciones, cada cual más alejada de su esencia original, sobreviviendo a múltiples cambios en la fisonomía del pabellón.

Tras la muestra, el inmueble pasó a ser de nuevo propiedad del Ayuntamiento por propia decisión del Gobierno carioca, que renunció a la gestión por 75 años que por contrato le correspondía. Inicialmente se convirtió en una escuela de párvulos conocida como la «Casa de Brasil». Este uso didáctico duró poco, pues en 1935 tornó en Cuartel de Sanidad, aunque lo más significativo de este momento es la profunda transformación externa que experimentó la construcción.

El Pabellón de Brasil en la actualidad, como Secretariado de acceso de la US

El pabellón en la actualidad, propiedad de la US

A grandes rasgos, se eliminaron la mayoría de los elementos neocoloniales y, en la fachada, el ladrillo se convirtió en el material protagonista, muy al gusto de la época. Las sinuosas formas de la cornisa, los adornos en forma de ménsula de las ventanas, los alféizares… todo pasó a ser una sucesión de líneas rectas, horizontales. Incluso las columnas pareadas del acceso al pabellón perdieron su estilizada figura al pasar a ser parejas de anchos pilares.

Desde 1960 y hasta la inauguración, en octubre de 1965, del edificio de las Escuelas Superior de Arquitectura y Técnica de Aparejadores en Reina Mercedes, el Pabellón de Brasil albergó la sede de esta facultad. La vinculación con la Universidad de Sevilla volvería en 1999, pero antes sería refugio municipal y Cuartel de la Policía Local. La «Hispalense» realizó unas necesarias obras de puesta a punto hasta que, en 2005, el edificio volvió a abrir sus puertas como Secretariado de acceso.

Esta es la historia de un edificio que nació desnaturalizado, carente de la calidad estética de sus homólogos en la Exposición Iberoamericana, pero lleno de anécdotas. Seguro que cuando vuelva a pasar por su recinto, que poco tiene que ver ya con el original, recordará su curiosa trayectoria.